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Ya que la cuestión del velo es otro de los temas que la ultraderecha ha introducido en el debate público, quizá sea un buen momento para atender a aquellas personas que saben de lo que hablan. Estos días, en La Casa Encendida de Madrid, puede visitarse una pequeña pero interesante instalación titulada The Fold de la artista iraní residente en Melbourne Hoda Afshar. Su trabajo elude el carácter testimonial que casi siempre se le presume a una artista de “Oriente” que vive y trabaja en “Occidente” y en su lugar nos devuelve, como en un espejo deformado, nuestros propios fantasmas coloniales.
Al principio fue un malentendido. Luego, una broma alentada por un músico sueco al que siempre le ha sobrado el buen humor. Y, a la postre, un soberbio disco doble (¡y hasta una novela homónima!) con 16 canciones nupciales. Imaginarias o no, pero casi siempre más ingeniosas que cualquier serie de medio pelo en esa plataforma televisiva que acaba de venirle a la cabeza.

De todos los datos que resumen la llegada de los españoles a América hay uno devastador: en 150 años, la inmensa mayoría de la población había desaparecido. El historiador estadounidense Greg Grandin, ganador del Premio Pulitzer, publicó en 2025 America, América. A New History of the New World (Penguin Press, todavía no traducido), una historia del continente desde Colón. Así resume lo que ocurrió durante la conquista y las primeras décadas de la colonización: “Entonces comenzaron a morir. La opinión generalizada es que la población se redujo entre un 85% y un 95% en el plazo de un siglo y medio. La conquista española, impulsada a un ritmo implacable por el Reino de Castilla en plena consolidación, inauguró lo que los demógrafos Alexander Koch, Chris Brierley, Mark Maslin y Simon Lewis denominan ‘el mayor episodio de mortalidad humana de la historia en proporción a la población mundial’, con una disminución de más de 56 millones de personas en 1600. ‘El mayor genocidio de la historia de la humanidad’, escribió Tzvetan Todorov en la década de 1980”.

Pablo R. Coca (Granada, 28 años) es conocido como Occimorons gracias a su cuenta de Instagram, donde tiene más de 200.000 seguidores. Allí lleva seis años hablando de salud mental a través de las viñetas de sus dos personajes, Occi y Morons. Psicólogo de profesión, especializado en terapia de familia, duelo y crisis vitales, imparte talleres y charlas sobre bienestar emocional, vínculos y prevención del acoso escolar a alumnos, docentes y familias. Esa otra carrera más visible empezó durante la pandemia, cuando se le ocurrió dibujar una viñeta para que su hermana, que padece una enfermedad rara, la copiase. “Como hermano, me planteaba cómo podía acompañarla. El hecho de vivir con alguien con un problema de salud mental grave hace ver una realidad que muchas veces es invisible, y muchas de las viñetas nacen desde la reivindicación de todo esto”, explica Coca.
Aunque ya se había ensayado durante la Primera Guerra Mundial, el bombardeo masivo sobre poblaciones civiles fue una de las novedades de la historia militar y una de las acciones más crueles durante la Guerra Civil española. Su objetivo era claro: causar el mayor daño posible con la pretensión de minar la moral del enemigo, advertir de consecuencias similares o peores en el futuro y, en última instancia, forzar su rendición. Jaén fue una de las primeras ciudades españolas en sufrir esa “guerra total”. El 1 de abril de 1937, la ciudad andaluza sufrió un terrible bombardeo del ejército sublevado que marcó el futuro de la contienda en esta provincia. Si hasta ese momento la ciudad y sus gentes vivían la guerra con tranquilidad, este bombardeo la transformó en un escenario de guerra con numerosas calles y edificios destruidos, además de las 159 personas fallecidas y más de 200 heridos.
Raphinha sintió un pinchazo en la pierna derecha durante el amistoso entre Brasil y Francia. No regresó al césped tras el descanso. Las pruebas médicas de la Canarinha confirmaron el viernes pasado lo peor: una lesión en el bíceps femoral que le apartará de los terrenos de juego durante cinco semanas. A miles de kilómetros, Hansi Flick estalló de rabia cuando recibió la noticia.

Este guiso de ave de corral con pelotas es uno de esos platos festivos de la cocina murciana que aparecen sobre todo en Navidad, aunque también se prepara en otras celebraciones familiares, en Pascua o cuando empieza el frío. En Murcia conviven muchas versiones: en unas casas se sirve más caldoso, en otras como guiso con patatas, y las pelotas cambian bastante según la zona y la familia.

Todo empieza frente a la pantalla, de la forma más inocente posible. Aceptando una solicitud de amistad en Facebook. Siguiendo a un influencer. Con la inscripción a un curso de técnicas de estudio, a uno sobre inversión y criptomonedas, entrando a un minijuego de Roblox. Es la puerta de entrada a un laberinto de manipulación psicológica que puede acabar, en cuestión de meses, con el inocente internauta atrapado en sociedades sectarias modernas. Aislado, arruinado, en un secuestro mental y físico que ocurre —esto es lo peor de todo— de forma voluntaria. Internet ha transformado el funcionamiento de las sectas. Los predicadores callejeros son hoy influencers o coaches de vida. Los líderes mesiánicos que profetizaban el fin del mundo han pasado a hablar de criptomonedas, coches de lujo, burpees y crecimiento personal. Han cambiado las formas, pero el fondo sigue siendo igual de turbio.
Pocas salsas gustan más que la salsa de tomate. No es de las que invitan a mojar pan; es otra cosa. Es uno de los ingredientes más versátiles que existen en cocina, cuyo origen se remonta a la época prehispánica en México, donde los aztecas preparaban salsas con tomates y chiles. Fue el germen de la actual salsa de tomate. En Italia es la estrella de muchas pastas; en España aparece en platos caseros como el pisto, en sofritos o en guisos de pescado. En Latinoamérica es la base de salsas criollas, rancheras o aderezos picantes. Su base es sencilla: tomates, aceite y sal. Y su elaboración, igual de simple: cocinar el tomate triturado hasta que se reduce y concentra su sabor. Esa reducción aporta dulzor natural, acidez equilibrada y una textura que puede ir desde muy fina hasta rústica o con tropezones.