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Acabo de regresar de Málaga, en donde he formado parte del jurado de su formidable festival de cine. En una semana vi 22 películas, a un ritmo de al menos tres al día. He sido jurado de otros festivales y en los últimos años del franquismo fui a los fines de semana cinéfilos que se organizaban en Francia, en Perpiñán, justo al otro lado de la frontera; proyectaban hasta una decena de títulos prohibidos en nuestro país, así que te zampabas cinco largometrajes seguidos el sábado y otros cinco el domingo (así vi, por ejemplo, El último tango en París y La naranja mecánica). Con esto quiero decir que los atracones peliculeros no me son desconocidos. Pero he de confesar que en los últimos dos o tres años he ido menos a las salas de cine a causa de las consabidas justificaciones: demasiado trabajo, demasiada fatiga. Por ese caos vital que te emploma los pies y te llena de pereza, de manera que terminas viendo las películas en tu televisor, como si fuera lo mismo. Pero no lo es. Por eso la experiencia inmersiva del Festival de Málaga, y el montón de horas que pasé sumergida en esa oscuridad colectiva y vibrante, me han hecho recordar lo mucho que me gusta el cine de verdad, ese que no sólo se ve, sino que se respira junto a los demás.

El edificio está algo destartalado, debe remodelarse. El Ayuntamiento de Elna lo compró hace algún tiempo por una cantidad elevada y a duras penas ha podido terminar de arreglarlo. Da igual. Su presencia a medida que avanza la pequeña carretera, rodeada de invernaderos y del trajín de inmigrantes que entran y salen de los caminos de tierra, es imponente. La Maternidad Suiza es un símbolo eterno del éxodo republicano español, de la solidaridad francesa. Una institución fundada en 1939 por la enfermera suiza Elisabeth Eidenbenz que permitió el nacimiento de 597 niños cuyas madres, refugiadas de la Guerra Civil española, se encontraban internadas en campos de concentración del sureste de Francia. Lo mismo ocurrió con 200 hijos de mujeres judías. Pocos lugares son tan transparentes con la historia de la resistencia contra el fascismo. Hace un semana, un partido calificado como de extrema derecha y liderado por un viejo militante de una formación petainista ganó la alcaldía.








Muchos en Hungría —y en Bruselas, Moscú o Washington— contienen la respiración hasta las elecciones legislativas del próximo 12 de abril. El ultraconservador Viktor Orbán se enfrenta por primera vez a la posibilidad real de perder el poder tras cuatro rotundos mandatos consecutivos. Las encuestas dan ventaja al único rival que, hasta ahora, parece capaz de destronarle: Péter Magyar, un disidente de sus propias filas que conoce a fondo la arquitectura interna del régimen moldeado por Orbán. Nadie se atreve, sin embargo, a anticipar el desenlace de los comicios más inciertos de los últimos 16 años.

Erik Prince (Míchigan, EE UU, 1969) siempre ha sido un mercenario sin complejos a la hora de monetizar el caos, preferiblemente si este ocurre lejos de las fronteras de su adorado Estados Unidos. El artífice de la privatización bélica durante los años negros de la guerra de Irak, al frente de la siempre polémica Blackwater, de la que fue fundador y presidente, ha descubierto ahora un filón más silencioso y rentable que el estruendo de los fusiles: la fiebre de la inteligencia artificial. Con la salida a Bolsa de Swarmer, apuesta tecnológica para dotar de cerebro y autonomía a enjambres de drones a través de la IA, Prince, que la preside, ha logrado lo que parecía un imposible: que Wall Street prefiera ignorar su biografía para centrarse en el potencial de sus algoritmos.
La biografía personal de Erik Prince está marcada por una estructura extensa y vinculada a su actividad profesional. Católico desde 1992, es padre de 12 hijos, cuatro con cada una de sus tres esposas. Tras el fallecimiento de su primera mujer, Joan Nicole (quien le introdujo en el catolicismo), en 2003, Prince contrajo matrimonio con Joanna Ruth Houck y, posteriormente, con Stacy DeLuke, quien fuera portavoz oficial de Blackwater.
El Banco Central Europeo se está extralimitando en su mandato en materia de política energética. Su presidenta, Christine Lagarde, ha argumentado esta semana que los Gobiernos no deberían gastar demasiado para proteger a los hogares del aumento mensual del 80% en los precios del gas y, al mismo tiempo, considera que la inflación podría descontrolarse si esos mismos hogares perciben que los costes están subiendo demasiado. Es una contradicción y otro ejemplo más de cómo los guardianes independientes del control de la inflación se entrometen en asuntos que no les incumben.
Hay noticias cuya gravedad parece llevar incorporada una conclusión. La escalada militar en Oriente Próximo, la amenaza sobre infraestructuras energéticas y el riesgo de una alteración en el suministro de petróleo invitan a pensar casi sin transición que, si el hecho es grave, su impacto en los mercados debería ser también inmediato, intenso y duradero.
“Yo tuve que hacer a la nueva mujer española. Arraigada a su tierra, sus costumbres y sus hijos, pero consciente de que el siglo XXI estaba cerca y había que estar preparados para abrir nuevos caminos”. A finales de 1990, Manuel Piña ajustaba cuentas con el pasado, sabedor de que poco le quedaba ya por coser (fallecería cuatro años después), y aprovechaba para colgarse la medalla a un mérito que también fue suyo. Publicada póstumamente en el número 192 de la revista Siembra, aquella ‘Carta a la nueva mujer española’ fue, antes que una misiva al uso, un testamento que daba fe del giro de guion femenino que se escribió durante la Transición. “Me hice cómplice de la mujer y jugué a su ritmo y a su pausa, la desnudé y la hice fuerte, soberbia y superior”, contaba el manchego de Manzanares, un creador telúrico que, más que vestir cuerpos, esculpía (preferiblemente en punto, los hombros marcados) identidades para unas mujeres que, por fin, no tenían que pedir permiso para existir. “Sin dejar de ser el patrón de la raza, se hacía moderna e innovadora”, continuaba, refiriendo la evolución de una feminidad poderosa a la conquista de la igualdad, pero que no renunciaba a la sensualidad y la sofisticación.
El análisis utiliza la base de datos de ACLED, una organización internacional que ha registrado los incidentes desde el inicio del conflicto. Se contabilizan 3.088 ataques entre el 28 de febrero y el 26 de marzo. Se incluyen tanto los ataques balísticos, aéreos y con drones. Se incluyen tanto los proyectiles que han llegado a su objetivo como los interceptados, que pueden dar lugar a metralla que cause daños. ACLED ha creado una base de datos específica para el conflicto entre EE UU, Israel e Irán, que es la que se muestra en los gráficos, pero también mantiene otra más amplia con enfrentamientos en Oriente Próximo, donde recoge por ejemplo los ataques israelíes sobre Líbano: estos últimos solo se muestran en el mapa. Cuando diferentes bombardeos se producen en el mismo lugar y el mismo día, ACLED los considera un solo evento.
El éxito instantáneo de todo aquello que toca Rosalía ha situado estos días la danza en la palestra. La artista arrancó el 16 de marzo en Lyon la gira mundial de su trabajo Lux, que recala en Madrid y Barcelona estas semanas, donde el ballet clásico y la danza contemporánea son epicentro estético de varios temas. Así que las opiniones, e incluso los análisis exhaustivos sobre su ejecución, no han tardado en ocupar las redes sociales que se han llenado de cientos de vídeos, a favor y en contra, del uso de la danza que hace la cantante.
Una leyenda del deporte, un hombre atormentado. La historia de Tiger Woods puede contarse tanto a través de sus gestas en un campo de golf como por su secuencia de percances al volante. Está el mito, el ganador de 15 grandes, el atleta que revolucionó su disciplina como nadie jamás en el universo deportivo. Está la persona, golpeada una y otra vez por sus demonios. El último episodio, un accidente de tráfico este viernes que acabó en su arresto y encarcelamiento, vuelve a situar a Woods en el ojo del huracán y del debate sobre su comportamiento y su vida cuando ha cumplido ya los 50 años y aún piensa en regresar a la élite. ¿Hasta qué punto Tiger destruirá a Tiger?