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España llegó al Mundial con un problema que parecía devastador y Luis de la Fuente lo solventó acudiendo a algo que había hecho Javier Clemente con él casi medio siglo antes en el Athletic. Nico Williams y Lamine Yamal, los dos extremos que funcionaron como factor diferencial de la selección en la Eurocopa de 2024 llegaron a la concentración de Chattanooga lesionados y sin ritmo de competición. Pero De la Fuente tenía a dos laterales con capacidad para aportar en ataque como una especie de falsos extremos. O laterales con pasado de extremo. Como él.

España llega a la final del Mundial con un once consolidado y con una idea clara de juego. Las redes de pases de cada partido muestran una España combinativa en el centro del campo, con una defensa alta y dos extremos abiertos. Repasamos la evolución de su dibujo desde el inicio a la final.
Con solo cuatro palabras —“eso sí, sin franceses”—, Mariano Rajoy logró enrarecer la antesala del España-Francia. Sabiéndolo o no, con su artículo había devuelto el foco a un asunto que ya había sido protagonista de otro Mundial. Fue el de 1998, justo en Francia, cuando la victoria del equipo liderado por Zidane fue celebrada como un triunfo de la diversidad gala y pareció zanjar —solo lo pareció— el debate sobre la capacidad de una selección étnicamente múltiple de encarnar a una nación europea.

Si los fenicios bautizaron a España por sus mamíferos más comunes, Is-pan-ya, el país de los conejos, en el mundo del fútbol España es el país de los centrocampistas. Siempre hubo Pedris en estos contornos. Pero hasta este siglo no se utilizaron apenas. Permanecieron aislados, dispersos, empequeñecidos en la atonía de la posguerra, ignorantes del poder que luego desarrollarían por medio de la asociación. Juan Señor, uno de tantos, fue el Pedri de su época. Su salto a la fama en la Eurocopa de Francia de 1984 con el 12º gol del 12-1 a Malta fue mucho más que un acontecimiento pop. Fue uno de los primeros indicios de que aquella multitud olvidada se estaba moviendo en el paisaje árido del fútbol nacional. La riqueza que exhibe hoy España en Estados Unidos no surgió espontáneamente de la nada.
El exalcalde del Gran Mánchester, Andy Burnham, se convertirá en primer ministro del Reino Unido este lunes, cuando reciba el encargo de Carlos III para formar Gobierno. La vieja monarquía parlamentaria demostrará de nuevo su acreditada capacidad de renovación y al mismo tiempo dará otra prueba de su reciente inestabilidad. Será el séptimo titular del cargo desde que los británicos votaron a favor del Brexit hace una década. Los diputados y afiliados del Partido Laborista, frustrados ante la impopularidad, los errores y la falta de visión política de Keir Starmer, han depositado todas sus esperanzas de renovación en Burnham, el más popular de todos ellos según las encuestas. El éxito o fracaso del nuevo inquilino de Downing Street resonará más allá de las islas: este país es, junto a España, uno de los últimos en Europa liderados por una socialdemocracia en crisis y en busca de referentes.
Podría poner infinidad de casos de dedicaciones ejemplares de alcaldes altruistas, de militantes de base, que han dejado lo mejor de su vida sirviendo a la sociedad desde su compromiso socialista, pero elegiré sólo uno: el alcalde de Chillón durante 28 años, Luis Toledano.
El artículo anterior no alude a la historia que los investigadores españoles (y algunos extranjeros, en particular sir Paul Preston) hemos ido reconstruyendo penosamente. Nuestro foco de la atención ha ido cambiando, merced a influencias exteriores (de la historia política y militar se ha ido pasando a la social, cultural y de género, con las aportaciones de la medicina, arqueología, ciencia de los suelos, psicología social, etc.) y al desplazamiento hacia los vencidos, a la represión y sus circunstancias.
Los ha descubierto en los discursos, en los comunicados de prensa, en las fotografías con la luz adecuada y el fondo institucional. Los pronuncia con la solemnidad con la que en Bruselas se pronuncian las palabras que serán automáticamente vaciadas de sentido, de acción, de compromiso. Derechos. Paz. Autonomía estratégica.
Esta semana el Departamento de Estado de EE UU ha puesto en marcha un proyecto para entregar fondos a proyectos que desarrollen vínculos civilizatorios, la resiliencia democrática y el Estado de derecho en Europa. El velo de la rimbombante palabrería es muy sutil y detrás de él no hay otra cosa que el vulgar intento de financiar al ideario MAGA en Europa, con la esperanza de cultivar y comprar socios. El asunto tiene múltiples facetas de interés. Esta columna tratará de enfocarse en uno de ellos, el que se oculta detrás del concepto de vínculos civilizatorios. Mirado con detenimiento, tiene las facciones monstruosas de la etnocracia, ese modelo de gobernanza diferente de la democracia, en el cual el kratos —el poder— no está en manos del demos —un pueblo de iguales—, sino del ethnos —una comunidad cerrada basada en el nacimiento, la descendencia y la sangre, que se arroga preeminencia sobre el resto del demos—.