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Hoy se cumplen 15 años de una de las mayores movilizaciones ciudadanas a las que hemos asistido en nuestros casi 50 años de democracia. Pero su importancia no fue el número de asistentes, que también. Las manifestaciones contra la guerra de Irak en 2003 o contra la banda terrorista ETA han podido ser mucho más numerosas. En realidad, su relevancia está en que tras esa fecha, nuestro sistema político mutó. Desde entonces, hemos asistido a la primera repetición electoral —que no fue la última—, a la primera moción de censura con éxito, al primer Gobierno de coalición a nivel federal y vamos camino de la primera legislatura sin unos Presupuestos en cuatro años. Han surgido —y desaparecido— nuevas formaciones políticas.
Los tópicos son una maldición hasta que caemos en la cuenta de que quizá sea peor maldición el no tenerlos. Eslovaquia y Eslovenia han llegado a celebrar actos conjuntos para que la gente aprenda a distinguirlas. Sometida como pocos a la tiranía del cliché, este de la indistinción es un peligro que Andalucía nunca correría. Quizá con una excepción: “La confusión entre Andalucía y España” que, en palabras de Enric Ucelay-Da Cal, ha dominado nuestra imagen en el exterior. Francesc Macià la conoció bien: procesado en París en los años veinte, intenta internacionalizar la causa del separatismo catalán solo para ver cómo la prensa francesa dibuja a los indepes tocados con sombrero cordobés. La caracterización andaluza de lo hispánico tendrá, con todo, una peculiaridad: no hubiera sido tan exitosa fuera de no haber sido aceptada y retenida dentro. En el XIX, despuntaron otros casticismos posibles. Hubo, por ejemplo, una importante exaltación baturra (“Aragón la más famosa es de España y sus regiones”), y Unamuno dará un nuevo apresto a esa tradición de sobriedad castellana que había impresionado a Europa en otros siglos. El canon andaluz es, sin embargo, el que triunfa, y cuando Juan Pablo II visita Compostela, a alguien le pareció adecuado recibirlo con sevillanas.
A finales de abril, Palantir, una de las empresas tecnológicas más poderosas, opacas y omnipresentes del panorama tecnofeudal de nuestros días, sorprendía al mundo con un manifiesto de 22 puntos publicado en X. Fue muy comprensible el pasmo que el texto —un destilado del libro La república tecnológica, que el consejero delegado de la compañía, Alex Karp, publicó en 2025— causó en las redes: divide las civilizaciones entre vitales y disfuncionales, ataca el “pluralismo vacío”, llama a Silicon Valley a liderar al país que lo vio nacer (EE UU) y habla de prepararse para competir con China en términos casi bélicos.
Observo atentamente mis manos mientras se lavan la una a la otra con una diligencia inaudita. Me asombra la habilidad con la que manipulan el jabón a fin de obtener la cantidad de espuma deseada. Parece que hacen magia con la pastilla, que está mil veces a punto de escurrírseles para estrellarse contra la superficie curva del lavabo. Los dedos de la izquierda se confunden con los de la derecha y al revés, quizá cambian de mano durante el lavado para regresar cada uno a la suya al terminarlo. Mis padres me contaban que esas dos manos, cuando era un bebé, en la cuna, se buscaban con desesperación y que yo mostraba una alegría formidable cuando lograban encontrarse. Lo de buscarse las manos es propio de todos los bebés, pero yo, al parecer, no hacía otra cosa, aunque fracasaba mucho en el intento. Hoy ya se encuentran con una eficacia que tiene algo de pérdida. Cuando naufragaban dando manotazos al aire en el intento de tocarse, había una intensidad sin duda estimulante. El error como una de las formas del deseo. Hoy se alcanzan como si conocieran el camino de memoria, y en ese automatismo hay algo de rutina funcionarial, de hábito lleno de vacío.
Mi hijo tiene 10 años. Somos una familia monomarental. Y todavía clama al cielo que ni el Gobierno central ni el autonómico nos reconozcan oficialmente: sin censo real, sin políticas dignas, invisibilizándonos. Los datos son contundentes: los hogares monoparentales son el único modelo familiar en el que ha aumentado el riesgo de pobreza. Mientras tanto, las familias numerosas disfrutan de beneficios en polideportivos, colegios e incluso en la cesta de la compra en grandes superficies comerciales. ¿Y nosotras? La mayoría somos mujeres que sacamos adelante a nuestros hijos en solitario, sin apoyos institucionales, sin reconocimiento y, cada vez más, al borde del precipicio económico. Conviene aclarar también un error habitual: las familias divorciadas o separadas no son, por definición, familias monoparentales. Cuando existe una obligación legal del otro progenitor de contribuir económicamente, hay dos adultos responsables. La monoparentalidad real es otra cosa: es ausencia total de ese segundo sustento, legal y afectivo. Señores y señoras responsables: seamos serios. Igualar derechos y deberes no es un privilegio; es justicia.
Es difícil encontrar un oficio que la tecnología no haya transformado. Los mecánicos automotrices se llevaron las manos a la cabeza cuando aparecieron las máquinas de diagnosis, que aceleraron el hallazgo de errores, y los trabajadores del metal o de la madera ahora cuentan con equipos que recortan con milimétrica precisión y que les ahorran miles de horas al año en los talleres. En la agricultura, la transformación no se ha detenido. Los drones y los tractores que se pilotan solos son dos ejemplos de que el campo también abraza la automatización. Sin embargo, hay un elemento humano —de momento irremplazable— en los oficios tradicionales que provoca una sonrisa en trabajadores como Darío Valera.

La vista desde la finca de La Talaverona, en Las Rozas de Madrid, es amplia y llena de vegetación. Está ubicada justo al lado de la Dehesa de Navalcarbón, un parque de unas 120 hectáreas donde sobreviven senderos de tierra, encinas y pinos. En este espacio municipal se desarrolla el primer proyecto en España de prescripción verde desde la atención primaria. En los huertos urbanos y antiguas estructuras restauradas, los pacientes forman parte de un programa preventivo de salud mental donde la receta es la naturaleza.



“Déjalo estar, déjalo estar…”, se obtiene al preguntar a los parroquianos del bar del pequeño y recóndito Padrones de Bureba (Burgos) por qué el censo pasa de repente de 46 a 23 personas. No todos los clientes son del pueblo; nadie se pronuncia más allá de esa frase envuelta en un conflicto que divide al municipio, un pulso entre bandos. Uno lo lidera el alcalde, Miguel Ángel García (PP), y el otro el concejal de la oposición, Dariusz Tomasiak (Vía Burgalesa). El regidor sostiene que hay vecinos empadronados que no viven allí y que han sido eliminados del censo por tal motivo; su rival esgrime que García y sus adeptos denuncian ante el Instituto Nacional de Estadística (INE) a quienes no lo votan o lo critican. El resultado, tensión y reducción de empadronados que los agraviados consideran un ardid del alcalde para seguir gobernando y favoreciendo a los suyos.



“¿Hay algún motivo para creer que está viva?”. La estadounidense Denise Thiem llevaba más de tres meses desaparecida cuando sus padres enviaron estas palabras al entonces presidente de España, Mariano Rajoy. Lo último que sabían de su hija, de 41 años, es que realizaba el Camino de Santiago en las inmediaciones de Astorga (León). Desesperados y sin avances en la búsqueda, escribieron una carta desde el otro lado del mundo aumentando la presión sobre las autoridades españolas para esclarecer los hechos. Esto se sumó a una investigación policial que ya contaba con varios implicados y cuyo recorrido podrá verse a partir de este jueves en Peregrina. Un caso dividido en dos episodios que estrena la nueva temporada de True crime de Carles Porta en Movistar Plus.
