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Con la final del Mundial de 2026 entre España y Argentina se pondrá el broche final a un torneo que también ha contado con focos de polémica intensa. Pero, a punto de terminar el evento deportivo, una cosa está clara: el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, sale más fortalecido que nunca, en especial por su gestión económica. Bajo el liderazgo del dirigente de 56 años, la organización espera recaudar cerca de 9.000 millones de dólares directamente del Mundial de 2026, unos 2.000 millones más que en la edición de 2022 en Catar.

La explicación más plausible es que un proyectil de al menos 105 milímetros de diámetro cruzó la Plaza de la Armería del Palacio Real de Madrid, rasando con la panza por el suelo y sorteando los arcos de uno y otro lado, para estrellarse en uno de los muros de la parte oriental. La explosión apenas dejó una marca en el sillar de medio metro de granito que forra el palacio. “Decenas de miles de personas pasan a diario por aquí y nadie repara en ello”, cuenta el jefe de departamento de la Real Armería, Álvaro Soler, mirando a esa especie de sol desdibujado, apenas a unos metros del acceso de los turistas al monumento. “Todos los que hubieran estado en un radio de 100 metros habrían muerto o se habrían lesionado gravemente por la metralla”, contextualiza el capitán de los TEDAX (técnicos especialista en desactivación de artefactos explosivos) de la Guardia Civil Salvador Serrano. La marca es solo una de las cientos de heridas que las tropas franquistas causaron al edificio, en la primera línea del frente durante la Guerra Civil, y que llevan décadas pasando desapercibidas.




Es la canción que escucharon los futbolistas Cristiano Ronaldo, Thibaut Courtois y Kylian Mbappé nada más ser eliminados del Mundial 2026. Suena tras cada victoria de la Selección Española de Fútbol masculina; también lo hará en el estadio Metlife de Nueva York si se acaba proclamando Campeona del Mundo este domingo, y en las celebraciones posteriores. Pero no solo funciona en el terreno de juego: en cuanto se intuyen sus sintetizadores en cualquier discoteca, fiesta de cumpleaños o banquete de boda, comienza la locura —quien lo vivió, lo sabe—. Y aunque no fue lanzada como sencillo, acumula 25 millones de visualizaciones en YouTube y 215 millones de reproducciones en Spotify, de las pocas puramente pop entre el mar de ritmos latinos que es el top 50 de España. ¿Qué tiene tan especial Superestrella, el megaéxito de Aitana que, lejos de quemarse, sigue moviendo masas?
Para llegar a los escondidos platós donde se rueda Fallout, hay que salir tanto de Los Ángeles (que no es una ciudad precisamente pequeña) que uno llega a ver campo y está, incluso, cerca de un par de cascadas. Tanto es así que los estudios se hacen llamar The Ranch (el rancho), con cierto sabor a lejano oeste y también a grandiosidad. No les falta ni lo uno ni lo otro, porque su inmensa extensión hace que el célebre Stage 8 sea uno de los más grandes para rodar de toda la industria, con casi 5.200 metros cuadrados. No merece menos Fallout: se necesita espacio para encontrar refugio y comodidad en sus vaults, los búnkeres en los que se desarrolla parte de la acción.
Me ha sorprendido descubrir cuánta gente conocida es fan de la película El desafío de las águilas (1968) y del autor de la historia, escrita directamente para la pantalla, Alistair MacLean, que la convirtió luego en una novela tan estupenda como el filme. Entre los que admiran la película de Brian G. Hutton y al autor escocés están nada menos que Michael Ondaatje, el novelista de El paciente inglés (una historia bastante más sutil, ciertamente), Steven Spielberg, que la ha destacado como su favorita del género bélico, y un escritor que me encanta desde que leí su preciosa —especialmente la primera parte— Amor en Venecia, muerte en Benarés (Random House, 2010), Geoff Dyer.



Resulta imposible discernir cómo va a ser considerada en el futuro esta etapa convulsa y fascinante de la televisión global y de la producción de series en particular. Las plataformas llegaron, gastaron, produjeron muy por encima de sus posibilidades (y de las nuestras) y ahora se busca acomodo, compra y venta de activos, fusiones para crear monstruos globales. Se reduce la producción y paga el espectador, ya enganchado a lo que antes costaba la mitad. Y con anuncios para completar el viaje. Primero de capitalismo tecnofeudal.
Los ríos crean fronteras extrañas en muchas ciudades. Con frecuencia, los arrabales de la orilla de enfrente, por muy cerca que estén del casco histórico, se miran con recelo o son directamente elididos de los imaginarios urbanos. Hasta que las inmobiliarias ven que se les puede sacar rentabilidad ante unos centros hipersaturados, y tiran de vergonzantes antonomasias para dignificar la especulación como “el Brooklyn de”. Tras 10 años de andadura, el Centro de Creación Contemporánea de Andalucía (C3A) no terminaba de lograr que los habitantes de Córdoba cruzaran el río y fueran al llamado Campo de la Verdad, donde se enclava el edificio brutalista de Nieto y Sobejano que es sede del museo, por mucho que la institución sea más suya, por pública, que la mezquita catedral.
Hay discos que, de pronto, asoman como una revelación. Cuando y por donde menos se los espera. Son un destello inopinado, un haz de luz en mitad del desconcertante territorio de neblinas por el que deambulamos tantas veces. Pa es uno de ellos. Y no abundan, así que regálense un escucha intensiva y pormenorizada. Desde la polifonía vocal de la breve y lindísima pieza introductoria, ‘Ses porgueres’, que podría pasar por una canción de cuna, queda claro que se avecina un trabajo de compromiso con la tierra y la raíz, con la herencia y la conciencia de que somos un mero eslabón. Con esa hermosura clarividente que lleva mucho tiempo ya brotando en las orillas mediterráneas.

De jovencilla creía que magia y mística eran la misma cosa. Utilizaba indistintamente esas palabras para pensar lo sobrenatural, la fantasía, el amor hacia eso que no entendemos, pues escapa a nuestros sentidos, etcétera. En verdad, no iba tan desencaminada. Muchos años, lecturas y sueños después, entendí que toda magia y toda mística nacen de nuestro gusto por las mitologías y los mundos de ficción, por la creencia desmesurada en la creación literaria y por la voluntad de jugar con las palabras hasta que estas nos atraviesen la carne, quién sabe si para darnos placer, o para unirnos a los otros, o para vencer al miedo a la muerte; o quizás para todo y nada de eso a la vez. La magia, entonces, como la mística, es la fe en la imaginación, esto es, en esa sustancia lenta y fantasiosa que nace de nuestras vísceras, aunque prenda como el fuego o nos arrastre como una ponientá.