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Qué tendrá la felicidad ajena que es tan indigesta. No hablo de envidia, o no solo. Me refiero a esa efervescente reacción química que se da en nuestros adentros cuando alguien se exhibe ya no feliz, sino razonablemente satisfecho con sus elecciones vitales. Le pasó hace poco al jugador de la Real Sociedad Mikel Oyarzabal, que —por enésima vez, me chivan por pinganillo— tuvo que aclarar que no se plantea irse a jugar a otro sitio, porque es feliz viviendo a diez minutos de su familia y de sus amigos. “Como yo creo que la vida tiene que ser es que los momentos de disfrute los compartas con las personas que quieres”, dijo. Y esto, que incluso en dialecto futbolístico no merecía pasar de una palabra de ocho letras (obviedad), por lo visto es una cosa bastante intolerable.
Una de las más importantes científicas del clima, la brasileña Luciana Gatti, sorprendió al anunciar su candidatura a diputada federal en las elecciones de octubre de este año. La lógica de Gatti, que lleva tres décadas investigando la Amazonia y el impacto de los gases que provocan el calentamiento global, generados en gran medida por la explotación ganadera en la selva, es cristalina. “La situación [climática] va hacia el caos. Tenemos que hacer algo distinto, salirnos de lo habitual. Lo que el Congreso está haciendo [al destruir las leyes que protegen la naturaleza y dificultan la demarcación de las tierras indígenas] acelerará el fin de nuestras vidas”, explicó en una entrevista a la plataforma amazónica Sumaúma. “No podemos quedarnos contemplando este Congreso del absurdo, de la ignorancia, y limitarnos a seguir en nuestro rinconcito haciendo ciencia. La tarea de todos es cambiar el Congreso”.

No había día que no volviera la bruma ni noche que no sintiera los gritos de la sima. De tanto sufrir, como casi toda su quinta, dejó de soñar. Al menos podía escribir. “Las guerras de nuestros antepasados son cada vez más”, afirmaba en 1975 Miguel Delibes, que aún no había podido librarse de ese peso. Tampoco pudieron mis padres, la siguiente generación, nacida en los contornos del conflicto. Heredaron el silencio como marca y estigma más visible. Por más que mirasen al cielo, sus desnutridos cuerpos de niños no se separaban del suelo. Había que olvidar, vivir pegado a los días porque la guerra civil podía volver o continuar, quien sabe. El miedo, su función principal durante la dictadura, tampoco faltó a su cita en la Transición. Aquel recuerdo oficial, hecho de granito y olvido, fue cediendo por su propio peso hasta quedar enterrado bajo la arena de las playas y de los adoquines. El tiempo, a pesar de todo, no se detuvo aquel verano de 1936 y el salto, del tecnicolor a la era digital, es hoy abismal. La mayor parte de mis alumnos o mis propios hijos, no tienen una transmisión directa, ni en su propio entorno ni en el educativo, de la Guerra Civil española. Acceden a través de internet, donde las guerras de nuestros antepasados “molan” cada vez más. Aunque el objetivo último sea captar su atención, la lógica ha cambiado. Se cumplen noventa años del comienzo del hecho histórico más importante del siglo XX español, una guerra que ha pasado a ser, sobre todo, cultural.

Miércoles a primera hora de la mañana en un hotel madrileño. El cineasta palestino Basel Adra, ganador del Oscar por el documental No Other Land, cumplió el lunes 30 años esperando horas de colas en puestos fronterizos y atravesando controles (“Es inhumano, es otra herramienta contra los palestinos”, describe) para poder participar en la Conferencia Ministerial, coorganizada por los ministerios de Cultura de España y Palestina, que se inauguró en el Museo del Prado ayer por la tarde, y en la que más de 30 delegaciones internacionales firmarán una declaración para la reconstrucción de la cultura palestina. Gracias a su estatuilla y al recorrido de su película, Adra es uno de los rostros más visibles de los artistas dentro y fuera de su país, porque además sigue viviendo donde nació, en Al Tuwani, pedanía de Masafer Yata, una inhóspita zona del sur de Cisjordania retratada en su filme. “Me reconocen en todos los puestos israelíes, eso me da miedo”, confirma. Serio —aunque sonreirá cuando se hable de fútbol y de su hija de año y medio— y acompañado de su esposa, Adra se sienta a charlar. Solo realiza una petición: que la mesa elegida sea en la zona más silenciosa porque habla bajo y en tono grave.



Cuatro alcaldías de municipios de la ribera del Guadalquivir (los sevillanos Coria del Río y Los Palacios así como los gaditanos Sanlúcar de Barrameda y Chipiona) y representantes de una decena de entidades han reclamado la paralización de todos los vertidos mineros al estuario del mayor río andaluz así como la prohibición de nuevos desembalses de aguas procedentes de la extracción de minerales hasta conocer exactamente las consecuencias de estos en el ecosistema del que dependen los mencionados pueblos y Doñana. Se amparan en la actualización de un estudio de hace un año sobre la presencia de metales pesados en peces y que, según Jesús Castillo, catedrático de Ecología de la Universidad de Sevilla, ha aumentado a “niveles récord” en los últimos meses.
De la Odisea nos separa el abismo de los siglos y nos une la humanidad común. Adaptar el poema de Homero en el siglo XXI, como ha hecho Christopher Nolan en una superproducción que se estrena este viernes, supone un viaje a Ítaca muy complejo. El desafío no tiene que ver con la exactitud histórica para reconstruir un periodo, una obra y un autor que plantean más preguntas que respuestas, ni con que la actriz negra Lupita Nyong’o encarne a Helena de Troya —algo que ha irritado a Elon Musk y a otros ultraderechistas, que ignoran profundamente todo lo que aquel poema significa—. El gran problema a la hora de adaptar la Odisea consiste en hacer tolerable el abismo cultural que nos separa de lo que el gran helenista Moses Finley llama en El mundo de Odiseo (Fondo de Cultura Económica) “la edad de los héroes” de la cultura griega, cuando fue compuesto ese poema. Los héroes homéricos forman parte indudable de nuestro substrato cultural; pero provienen de un mundo de esclavos y espadas, de sangre y brutalidad.
Es una realidad escondida. Entre el 10 y el 25% de los embarazos terminan en un aborto natural, pero casi nadie lo cuenta. Hace unos meses me ocurrió a mí. Aunque con el tiempo lo normalizas y entiendes que es algo muy frecuente, existen un dolor físico que hay que pasar, y un luto y una tristeza que muchas llevamos en silencio durante un tiempo. Por supuesto, pertenece a la intimidad de cada una, pero a mí me habría ayudado saber que era más habitual de lo que creía, que muchísimas mujeres (algunas muy muy cerca de mí) también habían pasado por eso. Te sientes más acompañada. Así que esta terraza de hoy va por vosotras. No estáis solas. Y tener un hijo después de eso no solo es perfectamente factible, si no que es lo más probable. Solo hay que volver a intentarlo, lo dice la ciencia.

La brecha salarial entre hombres y mujeres es una realidad palpable, incluso entre los más jóvenes, los que están iniciando su carrera profesional. Un graduado universitario en Medicina o Ingeniería Civil cobra casi 500 euros más al mes que una graduada. Y de las 30 ramas de estudio, en dos de cada tres esa diferencia de nóminas beneficia al género masculino. Así lo revela la Encuesta sobre inserción laboral de los graduados universitarios, elaborada por la Agència per a la Qualitat del Sistema Universitari de Catalunya (AQU Catalunya) y presentada este miércoles.

Hace apenas dos días el gigante francés de los videojuegos Ubisoft se felicitaba por el exitoso lanzamiento de su videojuego Assassin’s Creed Black Flag Resynced. El remake del popular juego de 2013 había logrado vender en solo 24 horas más de dos millones de copias. Y más allá de la respuesta del mercado, los usuarios lo estaban premiando con elevadas puntuaciones y buenos comentarios, que destacaban sobre todo los niveles submarinos del título. Esas pantallas, precisamente, se habían creado desde la oficina de Barcelona de la compañía, que trabajaba en red con colegas de Singapur y Canadá. Sin embargo, en la capital catalana poco hay que celebrar. Tras dos años y medio en ese proyecto, el grupo de 51 personas dedicado a él ha recibido una carta de despido. “Da mucha rabia que el éxito de un proyecto se compense con despidos”, asegura un trabajador que pide no ser citado con nombre y apellidos.