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Tras pasar por la puerta del tiempo de la Real Academia de la Historia, en la calle León de Madrid, un ujier sale de la portería. Abre la puerta del ascensor, la cierra y avisa al ujier de la tercera planta, que se encarga de abrir la puerta. El pasillo está vigilado por retratos decimonónicos de antiguos académicos. El profesor Juan Francisco Fuentes (Barcelona, 1955) espera en una sala elegante, sobre la mesa un vaso con el escudo de la RAH. Hoy Fuentes es uno de los principales contemporaneistas y fue merecedor del último Premio Nacional de Historia por Bienvenido, Mister Chaplin.

El Desafío Semanal es un reto con diez preguntas sobre informaciones publicadas durante los últimos siete días en los distintos canales de EL PAÍS. Anímate a resolverlo cada viernes y déjanos tus observaciones en los comentarios o escribiendo a juegos@elpais.es. También puedes sugerirnos alguna pregunta (con sus opciones) y valoraremos publicarla. ¿Te animas a resolverlo?
El País Semanal dedica este domingo un número especial a Benito Antonio Martínez Ocasio, Bad Bunny. La gira que lleva el nombre de su último álbum, DeBÍ TiRAR MáS FOTos, recala por fin en España, donde están previstos 12 conciertos, dos en Barcelona (el 22 y 23 de mayo) y diez en Madrid (entre el 30 de mayo y el 15 de junio), con más de 600.000 entradas vendidas.
La Mesa del Congreso, el órgano de gobierno de la Cámara baja, suspendió cautelarmente el miércoles las acreditaciones de prensa de los conocidos agitadores ultras Bertrand Ndongo y Vito Quiles. La decisión está basada en la Ley de Procedimiento Común de las Administraciones Públicas, que permite imponer medidas cautelares al tiempo que se tramitan procedimientos administrativos. La suspensión deberá ser revisada por la Mesa a los 15 días y tanto Ndongo como Quiles han hecho entender que recurrirán ante el Tribunal Supremo, que es el competente para juzgar las decisiones reglamentarias de la Cámara.

Hoy se cumplen 15 años de una de las mayores movilizaciones ciudadanas a las que hemos asistido en nuestros casi 50 años de democracia. Pero su importancia no fue el número de asistentes, que también. Las manifestaciones contra la guerra de Irak en 2003 o contra la banda terrorista ETA han podido ser mucho más numerosas. En realidad, su relevancia está en que tras esa fecha, nuestro sistema político mutó. Desde entonces, hemos asistido a la primera repetición electoral —que no fue la última—, a la primera moción de censura con éxito, al primer Gobierno de coalición a nivel federal y vamos camino de la primera legislatura sin unos Presupuestos en cuatro años. Han surgido —y desaparecido— nuevas formaciones políticas.
Los tópicos son una maldición hasta que caemos en la cuenta de que quizá sea peor maldición el no tenerlos. Eslovaquia y Eslovenia han llegado a celebrar actos conjuntos para que la gente aprenda a distinguirlas. Sometida como pocos a la tiranía del cliché, este de la indistinción es un peligro que Andalucía nunca correría. Quizá con una excepción: “La confusión entre Andalucía y España” que, en palabras de Enric Ucelay-Da Cal, ha dominado nuestra imagen en el exterior. Francesc Macià la conoció bien: procesado en París en los años veinte, intenta internacionalizar la causa del separatismo catalán solo para ver cómo la prensa francesa dibuja a los indepes tocados con sombrero cordobés. La caracterización andaluza de lo hispánico tendrá, con todo, una peculiaridad: no hubiera sido tan exitosa fuera de no haber sido aceptada y retenida dentro. En el XIX, despuntaron otros casticismos posibles. Hubo, por ejemplo, una importante exaltación baturra (“Aragón la más famosa es de España y sus regiones”), y Unamuno dará un nuevo apresto a esa tradición de sobriedad castellana que había impresionado a Europa en otros siglos. El canon andaluz es, sin embargo, el que triunfa, y cuando Juan Pablo II visita Compostela, a alguien le pareció adecuado recibirlo con sevillanas.
A finales de abril, Palantir, una de las empresas tecnológicas más poderosas, opacas y omnipresentes del panorama tecnofeudal de nuestros días, sorprendía al mundo con un manifiesto de 22 puntos publicado en X. Fue muy comprensible el pasmo que el texto —un destilado del libro La república tecnológica, que el consejero delegado de la compañía, Alex Karp, publicó en 2025— causó en las redes: divide las civilizaciones entre vitales y disfuncionales, ataca el “pluralismo vacío”, llama a Silicon Valley a liderar al país que lo vio nacer (EE UU) y habla de prepararse para competir con China en términos casi bélicos.
Observo atentamente mis manos mientras se lavan la una a la otra con una diligencia inaudita. Me asombra la habilidad con la que manipulan el jabón a fin de obtener la cantidad de espuma deseada. Parece que hacen magia con la pastilla, que está mil veces a punto de escurrírseles para estrellarse contra la superficie curva del lavabo. Los dedos de la izquierda se confunden con los de la derecha y al revés, quizá cambian de mano durante el lavado para regresar cada uno a la suya al terminarlo. Mis padres me contaban que esas dos manos, cuando era un bebé, en la cuna, se buscaban con desesperación y que yo mostraba una alegría formidable cuando lograban encontrarse. Lo de buscarse las manos es propio de todos los bebés, pero yo, al parecer, no hacía otra cosa, aunque fracasaba mucho en el intento. Hoy ya se encuentran con una eficacia que tiene algo de pérdida. Cuando naufragaban dando manotazos al aire en el intento de tocarse, había una intensidad sin duda estimulante. El error como una de las formas del deseo. Hoy se alcanzan como si conocieran el camino de memoria, y en ese automatismo hay algo de rutina funcionarial, de hábito lleno de vacío.
Mi hijo tiene 10 años. Somos una familia monomarental. Y todavía clama al cielo que ni el Gobierno central ni el autonómico nos reconozcan oficialmente: sin censo real, sin políticas dignas, invisibilizándonos. Los datos son contundentes: los hogares monoparentales son el único modelo familiar en el que ha aumentado el riesgo de pobreza. Mientras tanto, las familias numerosas disfrutan de beneficios en polideportivos, colegios e incluso en la cesta de la compra en grandes superficies comerciales. ¿Y nosotras? La mayoría somos mujeres que sacamos adelante a nuestros hijos en solitario, sin apoyos institucionales, sin reconocimiento y, cada vez más, al borde del precipicio económico. Conviene aclarar también un error habitual: las familias divorciadas o separadas no son, por definición, familias monoparentales. Cuando existe una obligación legal del otro progenitor de contribuir económicamente, hay dos adultos responsables. La monoparentalidad real es otra cosa: es ausencia total de ese segundo sustento, legal y afectivo. Señores y señoras responsables: seamos serios. Igualar derechos y deberes no es un privilegio; es justicia.