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A David Sánchez, hermano del presidente del Gobierno, lo condenó este martes la Audiencia Provincial de Badajoz a nueve años de inhabilitación por prevaricación administrativa.
Imágenes satelitales reveladas en marzo muestran un camión de plataforma plana transportando unos sospechosos barriles azules en un paraje desértico. Le escoltan tres vehículos de seguridad hasta la entrada del complejo de túneles subterráneos de Isfahán, los búnkeres que forman parte de las instalaciones nucleares de Irán. “¿No es momento de entusiasmarse? ¿Traslado de una carga considerable de uranio altamente enriquecido a plena luz del día?”, ironizó en sus redes sociales Olli Heinonen, antiguo jefe del Departamento de Salvaguardias del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), ante la publicación de las fotografías por el diario francés Le Monde.
Cinco vehículos policiales y dos camiones de bomberos indicaban este martes que algo grave había sucedido en la urbanización ubicada en el número 4 de la calle de Cirauqui de Madrid. En esta zona acomodada, sede de grandes empresas y poblada de fincas con piscina, no son habituales los altercados. Poco después de las diez de la mañana, una escala de los bomberos se elevaba hasta el sexto piso del bloque E y accedían a la vivienda de más de cien metros cuadrados por la ventana. Allí, en el suelo de la cocina, estaba Facundo R., de 37 años, con 13 puñaladas, algunas en la espalda, lo que descartaba el suicidio casi desde el principio. En las paredes, restos de una sustancia desconocida, que resultó ser gas pimienta. Al lado del cuerpo, un cuchillo de 20 centímetros, la posible arma homicida.
Cuando el 9 de junio, el tribunal dejó visto para sentencia el juicio contra David Sánchez, hermano del presidente del Gobierno; el exlíder del PSOE extremeño Miguel Ángel Gallardo y otras nueve personas, la impresión entre los abogados de las defensas y las acusaciones populares era que el sentido del fallo dependía en gran medida de la valoración que los tres magistrados hicieran de dos elementos: los informes de la Unidad Central Operativa (UCO) de la Guardia Civil que sostenían que hubo irregularidades en la creación de un puesto de trabajo para el familiar de Pedro Sánchez y otro para un amigo suyo, y la treintena de testimonios que durante el juicio habían contradicho, precisamente, las conclusiones de aquellos. El fallo, conocido este martes y que condena a pena de inhabilitación a los 11 acusados, deja claro que los jueces optaron por el documento policial.
La Constitución española reconoce al poder judicial el monopolio para impartir justicia atribuyéndole la capacidad para juzgar y hacer ejecutar lo juzgado. Esta forma de poder parece muy robusta y, en parte, lo es. Basta con apreciar la capacidad que tiene el sistema para hacer efectivas las consecuencias de sus decisiones. Con todo, las fisuras de ese poder se perciben también de manera nítida cuando lo que rodea a algunos procesos resulta difícil de entender desde el argumento jurídico. Quién impulsa la causa y contra quién o el sentido de aquellos pronunciamientos judiciales de difícil (o imposible) comprensión son solo algunos elementos que no pueden obviarse en el debate sobre la confianza en la justicia.

Una mujer despierta de una cirugía de aumento de pecho con una presión feroz sobre el tórax. No puede incorporarse. No puede levantar los brazos para recogerse el pelo, retirar el mechón que el esfuerzo ha pegado en su frente. Cada respiración parece encallarse en algo que alguien ha escondido dentro de ella mientras dormía. No puede abrazar a la amiga que ha venido a verla. Bajo la piel, dos implantes han sido depositados como en otras épocas los amuletos: con la esperanza de que algo no se pierda.
“Mete tripita”, me dijo el fotógrafo con la mejor de sus intenciones, esas que adoquinan el camino al infierno. Me negué: mi tripa soy yo. Ante mi obstinación, el fotógrafo se aplicó lo de Mahoma y la montaña y ensayó varios ángulos aberrantes hasta que encontró uno (él, medio subido a un árbol, buscando un contrapicado) en el que no se me notaba la tripa. Mira qué flaco sales, proclamó, satisfecho. Le di las gracias por la liposucción radical que acababa de hacerle a mi imagen, pero por dentro me sentí traicionado, como si me hubiesen secuestrado y despertara de una anestesia con un riñón menos.

Reyes Maroto (Medina del Campo, 52 años) dijo en abril que repetiría como candidata socialista a la alcaldía de Madrid. Lo fue ya en 2023, recién llegada del Ministerio de Industria. Con el fin de curso a la vuelta de la esquina, las aguas estaban en calma en el PSOE madrileño. Y no se esperaba marejada. Óscar López era el candidato casi asegurado ―y así ha sido― a la Comunidad y Maroto la aspirante, en principio única, al Ayuntamiento. La apuesta de Ferraz por segundo año. Eso cambió hace tres semanas. Enma López, número dos del partido en Cibeles, anunció que competiría por enfrentarse a José Luis Martínez-Almeida (PP) en 2027 y la ejecutiva regional pensó que se había precipitado. Este domingo las dos concejalas medirán sus fuerzas en las urnas.


“A modo de epílogo, quisiera compartir una reflexión solo con ustedes. Según los expertos en televisión, las dolencias de este programa que hoy acaba han sido que repito demasiado que soy de izquierdas, que repito demasiado que soy mariquita y que se me nota mucho que soy catalán, un tres en uno. Me aconsejan que no lo diga y que no se me note tanto para llegar a un público más generalista, ya que de esta manera no expulsaría a todos aquellos espectadores que lo que buscan es, yo qué sé, evasión, equidistancia, fantasía. Pero claro, ¿quién se creen que soy para ofrecer al público soberano todo eso? ¿un dealer? ¿Paz Padilla? (…) Y ¿por qué esto que me piden a mí no se lo piden a presentadores con discursos de derechas? Bueno, igual no se lo piden porque ellos no dicen abiertamente que son de derechas, igual que no tienen que decir que son heterosexuales, qué cómodo, ¿no? Llegados a este punto, la pregunta que legítimamente me hago es, ¿merece la pena todo esto? Debo meditar si vuelvo más generalista y moderado a base de monólogos sobre mi suegra, el gimnasio o las apps de citas, de modo que cuando me entrevisten, en el titular, en lugar de poner ‘soy de izquierdas y antifascista’ ponga aquello que dicen algunos cómicos, ‘solo busco hacer reír’. Lo pensaré, ¿eh? Lo pensaré”.