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Este verano se cumplen cinco años desde que el Estado levantó definitivamente las barreras de los peajes de dos infraestructuras esenciales para el tráfico en España: la AP-7, entre Valencia y La Jonquera, y la AP-2, entre Zaragoza y el Mediterráneo. Estos corredores, que entonces cumplían 50 años bajo concesión privada, acabaron siendo gratuitos para sus usuarios en un gesto que fue muy bien recibido entre las comunidades afectadas, especialmente Cataluña, que denunciaba desde hacía años un trato desigual ante otras autonomías en las que casi todas las vías de alta capacidad carecían de peaje.
Acabo de estar en Estonia para ver lo que están haciendo allí en digitalización del Estado, dinamización empresarial y educación en IA. Es un país pequeño, pero del que el resto de Europa tiene mucho que copiar: hay un empresario por cada diez individuos; y un unicornio (empresa de más de mil millones de dólares) por cada 136.000 personas; el Estado no es obstaculizador, es proactivo; todo está digitalizado y es fácil, aunque siguen manteniendo los servicios presenciales (¡sin colas ni retrasos!) para los que no logran adaptarse; y tienen los mejores resultados educativos de toda Europa.
Todos los días en Celeiro, una parroquia de Viveiro (Lugo), un hombre sale de su casa a comprar el pan a una panadería que está a medio kilómetro. Todos los días en Viveiro, una mujer sale de su casa en coche para dirigirse al hospital de Burela en el que trabaja. Todos los días se cruzan. Todos los días la conductora repara en el peatón, y según el lugar en el que lo encuentra, sabe si llega puntual o tarde al trabajo. Sabe, exactamente, qué hora es, porque el comprador de pan sale a las 8.15 de su casa, pasa a la misma hora por delante de las mismas casas, llega a la panadería a la misma hora, y emprende el camino de vuelta de la misma forma. Cuando la conductora ve al hombre salir de casa o caminando cerca de ella, sabe que llega pronto a trabajar; cuando la conductora lo ve cerca ya de la panadería, sabe que va muy justa y debe correr; cuando la conductora lo ve con el pan debajo del brazo, llegará irremediablemente tarde al trabajo. No ha fallado, dice, un solo día. El hombre es un reloj, pero no es un reloj cualquiera. Hay algo profundo y bello en ver a alguien saliendo de casa para ir a por el pan. Con él, emerge un trabajo nocturno que le da un sentido poderoso a la civilización: la de un grupo de gente trabajando de madrugada para elaborar, entre olores felices, un alimento universal. Mientras haya alguien haciendo pan y alguien yendo a comprarlo, hay una sociedad funcionando, hay un mundo en marcha. A la conductora le gusta que el comprador le confirme cada mañana que el planeta sigue funcionando de acuerdo al pacto tácito de comprar leche y pan. Todos los días la conductora sabe que las cosas están bien mientras este hombre salga de casa y tenga cerca una panadería. Durante algunos años yo tuve también mi propio reloj, pero era un hombre que en lugar de a comprar el pan, iba a comprar el periódico. Un día me quedé sin hora. Y nunca supe quién de los dos murió antes, si el hombre, o el quiosco.
El debate sobre la regularización me causa estupor. Mis dos hermanos y yo hemos nacido en Londres de madre canaria y padre galés. Llevamos 50 años viviendo en Tenerife y solo tenemos la nacionalidad británica. Empadronados desde 1980, no podemos votar. Trabajamos y pagamos impuestos aquí. Pero para obtener la nacionalidad tenemos que pasar por un complejísimo proceso de naturalización, incluido el examen de conocimiento del español (ridículo, pues hemos ido a la universidad en Tenerife). y estamos obligados a renunciar a nuestra nacionalidad de origen y entregar nuestro pasaporte británico a un juez. ¿Alguien me puede explicar, por favor, esta anomalía en el sistema?
El sábado 18 se cumplen 90 años de la sublevación del Ejército de Marruecos que buscaba derrocar al Gobierno del Frente Popular. El levantamiento no triunfó en todo el país, y se desencadenó así una guerra que duraría casi tres años y en la que morirían cientos de miles de españoles (en combate o ejecutados por los distintos bandos), forzando al exilio a otros tantos y empobreciendo al país durante décadas. La dictadura franquista terminó oficialmente con la aprobación de la Constitución de 1978, pero esos tres años siguen omnipresentes en la vida pública española. José Andrés Rojo y Nicolás Sesma dan sus visiones del por qué de esa vigencia.

En los listados del Ayuntamiento de Madrid hay 842 personas viviendo en la calle que esperan turno para entrar en uno de los recursos municipales de alojamiento. Algunos de ellos llevan esperando desde 2022. En paralelo, en una reunión celebrada el 7 de julio por la subcontrata que gestiona la asistencia a personas sin hogar, se trasladó la orden a los trabajadores de no volver a usar el término “lista de espera” para referirse a las colas que estos ciudadanos tienen que hacer durante años para tener un techo. Así ha quedado escrito en el acta de la reunión: “A partir de ahora se indicará que la persona está pendiente de acceso o de asignación de plaza de acuerdo a sus necesidades”. La mayoría de ellos no conseguirá ninguna, dicen los trabajadores que las gestionan, porque no se tiene en cuenta quién lleva más tiempo esperando, sino quién es más vulnerable.
La cobertura mundial de inmunización infantil sigue recuperándose, pero el ritmo continúa siendo insuficiente para volver a los niveles previos a la pandemia y alcanzar las metas fijadas para 2030. Esa es la principal conclusión del informe sobre vacunación (WUENIC, por sus siglas en inglés), que cada año publican conjuntamente la Organización Mundial de la Salud (OMS) y Unicef y que analiza las tendencias de inmunización a nivel global y regional.
Los pronósticos meteorológicos internacionales apuntan a un episodio extremo del fenómeno de El Niño que, sumado a la crisis mundial de fertilizantes, amenaza las economías rurales, la estabilidad social y la producción agrícola de América Latina y el Caribe, una región clave para la seguridad alimentaria mundial.
El cineasta Christopher Nolan (Londres, 55 años) ha completado su travesía artística: ha sido el Odiseo de su carrera fílmica y ha logrado por fin adaptar La odisea, que se estrena el próximo viernes en España, un proyecto para el que, en realidad, se ha preparado toda su vida. Y por eso en su biografía y en su cine hay numerosas huellas que desvelan este camino.



Pocas veces he visto llorar a un niño como a Edu. Éramos varios en el parque, cada uno con su Game Boy y todos con el mismo juego cargado: Pokémon, versión roja o azul. Lloraba tanto, tantísimo, porque acababa de perder un Blastoise en el máximo nivel, el 100. Nadie hizo ni un amago de reírse de su desgracia. Su dolor daba escalofríos. Imaginábamos que nos pasase lo mismo, perder a la estrella de nuestro cinturón Pokémon tras tantas horas de entrenamiento, y nos temblaban las piernas. Todos adorábamos a nuestros Jolteon, Lapras o Alakazam. Y que esa pasión no se limitase a la pequeña pantalla de nuestra consola, que tomara cuerpo en una serie de televisión, sí nos hacía muy felices.