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María Sánchez Rubio
Ignacio Povedano
Fernando Anido
Guiomar del Ser y Brenda Valverde Rubio
Con solo 27 años, James Charles ya acumula una trayectoria marcada por su éxito meteórico, pero también por una larga sombra de polémicas. Quien irrumpió como uno de los mayores fenómenos en YouTube en 2016 y enseñó a millones de personas a maquillarse, ha visto cómo su nombre quedaba ligado, casi desde el principio, a una cadena de polémicas, reproches públicos y episodios controvertidos que han ido desgastando su imagen y su credibilidad. En su caso no ha habido ninguna mano negra detrás de esta caída: solo él y sus desafortunados comentarios y acciones, contra todo y contra todos.
España llegó al Mundial con un problema que parecía devastador y Luis de la Fuente lo solventó acudiendo a algo que había hecho Javier Clemente con él casi medio siglo antes en el Athletic. Nico Williams y Lamine Yamal, los dos extremos que funcionaron como factor diferencial de la selección en la Eurocopa de 2024 llegaron a la concentración de Chattanooga lesionados y sin ritmo de competición. Pero De la Fuente tenía a dos laterales con capacidad para aportar en ataque como una especie de falsos extremos. O laterales con pasado de extremo. Como él.

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En mayo de 2003 cambió la historia del fútbol argentino. Algo parecido podría decirse, aunque solo el tiempo lo confirmará, de septiembre de 2023 para España. Veinte años separan los procesos que acabaron con Lionel Messi jugando para la selección argentina y Lamine Yamal para la española. El relato oficial asegura que ninguno de los dos parecía albergar dudas: Messi quería jugar con la Albiceleste, Lamine con la Roja. Sus deseos estuvieron en jaque.
España llega a la final del Mundial con un once consolidado y con una idea clara de juego. Las redes de pases de cada partido muestran una España combinativa en el centro del campo, con una defensa alta y dos extremos abiertos. Repasamos la evolución de su dibujo desde el inicio a la final.
A los 90 años del inicio de la Guerra Civil, el mundo de hoy permite que cada cual se construya, gracias a la inteligencia artificial, a la viralidad de las redes sociales y a los discursos ideológicos a medida de la audiencia, una composición a la carta de lo que ocurrió en el pasado. Más aún cuando la distancia entre los jóvenes y sus bisabuelos que se enfrentaron en trincheras distintas es cada vez mayor. Las resonancias de la guerra y de la dictadura que vino después siguen vivas, y el peligro es consumir un relato construido con los sesgos que están conformando la realidad de nuestros días: la vuelta de los nacionalpopulismos, las retóricas de descalificación del otro, el reclamo de una violencia falsamente heroica y viril, o el descrédito de la democracia.
Había una vez un tiempo en el que parte de la humanidad había perdido la fe en que volverían a suceder cosas tan buenas como las que habían sucedido, cosas tan extraordinarias como Six Feet Under, The Americans, Breaking Bad, Mad Men, Better Call Saul, Succession, Fleabag o After Life. Aparecían cada tanto artefactos prometedores que se degradaban rápido —The White Lotus, The Bear—, y se celebraban otros intolerables. Corría 2026 y, en esa tierra yerma, cuando parecía que nada iba a suceder, sucedió. La historia de dos hombres que se hacen amigos a una edad en la que casi nadie hace amigos nuevos, rozando los cincuenta o más allá. Se la presentaba como comedia negra, pero no era comedia, no era negra. Era algo delirante, un turismo por zonas no exploradas. Había sexo un poco perverso, barbaridades dichas con la calma de quien da el pronóstico meteorológico, bondad y depresión, dos cosas aberrantes en un mundo paranoico que ya no creía en la bondad —nadie era bueno en esos años, ser bueno era algo pasado de moda y la gente usaba el sarcasmo como sinónimo de inteligencia—, y en el que la depresión, lapidada bajo el dogma del “pensamiento positivo”, era algo repelente. Ahí, a ese universo, llegó DTF St. Louis, una serie que parecía rodada por un discípulo de David Lynch y Terrence Malick, muy contenido por el Rob Reiner de Cuenta conmigo. El extraordinario Jason Bateman destilaba con sutileza un bajo fondo incomodísimo, el increíble David Harbour manifestaba una frustración de tono bajo, la estupenda Linda Cardellini miraba a los investigadores que la interrogaban acerca de un crimen diciendo una y otra vez, maquinalmente: “¿Puede hablar más alto?”. La serie era triste pero, como las canciones tristes, daba felicidad. No era buenísima por comparación con la mediocridad que la rodeaba: era buenísima porque era buenísima. Como el amor y las tormentas de verano.
Esta semana España ha vivido un pequeño terremoto que muchos no han percibido aún, pero cuyas réplicas llegarán a miles de personas en este país, y a millones fuera. La Comisión Interministerial de Precios de los Medicamentos ha decidido no incluir en la financiación pública los medicamentos lecanemab y donanemab. Dicho así no parece gran cosa, pero resulta que estos dos compuestos son los primeros en años que han conseguido retratasar el avance del alzhéimer, la principal causa de demencia a escala mundial, que afecta a unos 50 millones de personas en todo el mundo.