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La ministra de Exteriores de Austria, Beate Meinl-Reisinger, advertía ya en septiembre del boicot a Eurovisión que se fraguaba entre varios países, entre ellos España, por la participación de Israel. La jefa de la diplomacia del país anfitrión trataba de disuadir a los críticos y les recordaba que el certamen “no es un instrumento para imponer sanciones”. Pero fue precisamente Austria quien recurrió por primera vez al boicot cuando en 1969 decidió no mandar a ningún representante a Madrid. Ese año, España albergaba el evento tras la victoria de Massiel en Londres con el La la la. Viena rechazó participar para no contribuir al blanqueamiento que el régimen franquista buscaba en Europa mientras en España decretaba el estado de excepción y suspendía la escasa libertad de prensa aprobada con la ley Fraga.
Cuando leyó Ceniza en la boca, de Brenda Navarro, Diego Luna (Toluca, 46 años) sintió una resonancia especial. “En aquel momento mi hijo tenía 14 años, se acercaba a la edad de la protagonista, y pensé que ahí había una película con un punto de vista sobre la inmigración. Vivimos tiempos difíciles en mi país, porque compartimos frontera con un vecino muy poderoso y más en estos días complicados. La novela me atravesó”, cuenta el actor y director en Cannes, donde su Ceniza en la boca, su quinto largometraje como director, se proyecta como Sesión Especial y ha recibido muy buenas críticas. En España se estrenará el 9 de octubre.
Tras pasar por la puerta del tiempo de la Real Academia de la Historia, en la calle León de Madrid, un ujier sale de la portería. Abre la puerta del ascensor, la cierra y avisa al ujier de la tercera planta, que se encarga de abrir la puerta. El pasillo está vigilado por retratos decimonónicos de antiguos académicos. El profesor Juan Francisco Fuentes (Barcelona, 1955) espera en una sala elegante, sobre la mesa un vaso con el escudo de la RAH. Hoy Fuentes es uno de los principales contemporaneistas y fue merecedor del último Premio Nacional de Historia por Bienvenido, Mister Chaplin.

La Mesa del Congreso, el órgano de gobierno de la Cámara baja, suspendió cautelarmente el miércoles las acreditaciones de prensa de los conocidos agitadores ultras Bertrand Ndongo y Vito Quiles. La decisión está basada en la Ley de Procedimiento Común de las Administraciones Públicas, que permite imponer medidas cautelares al tiempo que se tramitan procedimientos administrativos. La suspensión deberá ser revisada por la Mesa a los 15 días y tanto Ndongo como Quiles han hecho entender que recurrirán ante el Tribunal Supremo, que es el competente para juzgar las decisiones reglamentarias de la Cámara.

Hoy se cumplen 15 años de una de las mayores movilizaciones ciudadanas a las que hemos asistido en nuestros casi 50 años de democracia. Pero su importancia no fue el número de asistentes, que también. Las manifestaciones contra la guerra de Irak en 2003 o contra la banda terrorista ETA han podido ser mucho más numerosas. En realidad, su relevancia está en que tras esa fecha, nuestro sistema político mutó. Desde entonces, hemos asistido a la primera repetición electoral —que no fue la última—, a la primera moción de censura con éxito, al primer Gobierno de coalición a nivel federal y vamos camino de la primera legislatura sin unos Presupuestos en cuatro años. Han surgido —y desaparecido— nuevas formaciones políticas.
A finales de abril, Palantir, una de las empresas tecnológicas más poderosas, opacas y omnipresentes del panorama tecnofeudal de nuestros días, sorprendía al mundo con un manifiesto de 22 puntos publicado en X. Fue muy comprensible el pasmo que el texto —un destilado del libro La república tecnológica, que el consejero delegado de la compañía, Alex Karp, publicó en 2025— causó en las redes: divide las civilizaciones entre vitales y disfuncionales, ataca el “pluralismo vacío”, llama a Silicon Valley a liderar al país que lo vio nacer (EE UU) y habla de prepararse para competir con China en términos casi bélicos.
Observo atentamente mis manos mientras se lavan la una a la otra con una diligencia inaudita. Me asombra la habilidad con la que manipulan el jabón a fin de obtener la cantidad de espuma deseada. Parece que hacen magia con la pastilla, que está mil veces a punto de escurrírseles para estrellarse contra la superficie curva del lavabo. Los dedos de la izquierda se confunden con los de la derecha y al revés, quizá cambian de mano durante el lavado para regresar cada uno a la suya al terminarlo. Mis padres me contaban que esas dos manos, cuando era un bebé, en la cuna, se buscaban con desesperación y que yo mostraba una alegría formidable cuando lograban encontrarse. Lo de buscarse las manos es propio de todos los bebés, pero yo, al parecer, no hacía otra cosa, aunque fracasaba mucho en el intento. Hoy ya se encuentran con una eficacia que tiene algo de pérdida. Cuando naufragaban dando manotazos al aire en el intento de tocarse, había una intensidad sin duda estimulante. El error como una de las formas del deseo. Hoy se alcanzan como si conocieran el camino de memoria, y en ese automatismo hay algo de rutina funcionarial, de hábito lleno de vacío.

La vista desde la finca de La Talaverona, en Las Rozas de Madrid, es amplia y llena de vegetación. Está ubicada justo al lado de la Dehesa de Navalcarbón, un parque de unas 120 hectáreas donde sobreviven senderos de tierra, encinas y pinos. En este espacio municipal se desarrolla el primer proyecto en España de prescripción verde desde la atención primaria. En los huertos urbanos y antiguas estructuras restauradas, los pacientes forman parte de un programa preventivo de salud mental donde la receta es la naturaleza.

