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Una frágil tregua permite estos días el retorno de miles de residentes al sur de Líbano. En esas aldeas humildes de la región, que Israel considera zona de combate en la guerra contra el grupo libanés Hezbolá, no se percibe alegría por el regreso ni pena por la devastación. Quienes vuelven funcionan como autómatas, sin haber procesado lo sufrido durante casi tres años frenéticos de ofensiva israelí, ininterrumpida desde que la organización proiraní se unió a la guerra de Hamás contra el Estado judío.
“Temí por mi integridad al ser trasladado de madrugada hasta Casablanca por personas armadas no identificadas”, aseguraba en la noche del miércoles por teléfono Ali Lmrabet (67 años), periodista marroquí crítico con el sistema, tras ser liberado. Fue arrestado el domingo a su llegada al aeropuerto de Tánger desde Barcelona, donde reside desde hace más de dos décadas junto con su familia española. Habla con la calma de quien espera una próxima jubilación, al término de una larga y sobresaltada carrera profesional, sin perder en ningún instante su habitual buen humor rifeño. Desde la casa de un amigo en la capital económica del país magrebí, se expresa en un fluido castellano con acento catalán y algunos ecos de pronunciación francesa, heredados de una educación universitaria en París.
La canción legendaria de la historia reciente de Portugal es un homenaje al tradicional cante alentejano. Hablamos de Grândola, Vila Morena, el conmovedor himno de Zeca Afonso, compuesto tras convivir con campesinos y grupos corales de la comunidad de Grândola, melodía que apuntaló la Revolución de los Claveles y el aura del 25 de abril. Patrimonio inmaterial de la humanidad desde hace 14 años, el cante alentejano vive una segunda juventud y su preservación, a juzgar por el interés con el que lo defienden viejas y nuevas generaciones, está en buenas manos. Además de las estrellas que lo reivindican, como Buba Espinho o Luís Trigacheiro, la tradición resiste en numerosos grupos corales de aficionados y, por supuesto, en los profesores que lo enseñan en las escuelas de Alentejo.
La noche del 15 de julio de 2016 se presentaba como cualquier otra noche de viernes. Los vehículos llenaban los puentes sobre el estrecho del Bósforo —de regreso a casa tras una larga jornada de trabajo, en dirección a los clubes y bares del centro de Estambul o para huir de la calurosa metrópolis turca en un fin de semana estival— cuando dos camiones cargados de soldados ordenaron detener el tráfico. Nadie se explicaba por qué (¿Una redada antiterrorista?¿Una maniobra militar?). Pero la imagen congregaba todos los fantasmas de la historia moderna de Turquía.
El martes me desperté en el diminuto pueblo de donde procede mi familia materna, en las Tierras Altas de Soria. Había pasado allí solo unas horas, las necesarias para dormir por fin una noche al fresco y comprobar que los rumores que me llegaban eran ciertos: la primera cadena de la Televisión Española no se podía sintonizar bien y, por tanto, los vecinos no estaban pudiendo ver el Mundial. En mi televisor, unas rayas partían aleatoriamente la mitad de la pantalla, algo que, al parecer, no es lo ideal cuando se sigue el lanzamiento de un penalti. Ustedes se preguntarán por qué existen lugares en España donde no se puede ver La 1 y cómo es posible que, en caso de una necesidad tan extrema como una final, esos pacientes ciudadanos no hayan sacado ya las guillotinas. Pues ocurre por los mismos motivos por los que en los últimos veranos ha faltado suministro de agua potable, el acceso a internet nunca ha sido fiable y con cada tormenta falla la conexión telefónica. ¿Recuerdan que cuando los protagonistas de la serie El pueblo querían usar sus móviles tenían que subir a una torre en ruinas para pillar un poco de cobertura? Se grabó por allí.

Aliança Catalana ya ha empezado a devorar al partido de Carles Puigdemont. Cuanto más crezca en las encuestas la nueva formación, más se despegará Junts del Gobierno de Pedro Sánchez. Nunca como ahora había estado el espacio de Puigdemont en una zona de tanto riesgo político. Este lo ha apostado todo a su amnistía, y no está claro que logre superar el envite de Sílvia Orriols, como heredera en disputa del vacío que dejó la vieja Convergència.
La Audiencia Provincial de Badajoz no ha rehuido el debate público y ha recogido en su sentencia dos de las conductas que han marcado la causa por la que David Sánchez, el hermano del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ha sido condenado a nueve años de inhabilitación por prevaricación administrativa. Los magistrados hablan abiertamente de “nepotismo” y “absentismo”, dos prácticas que tachan de “éticamente censurables” pero que aclaran que no siempre merecen reproche legal. De hecho, la segunda ni siquiera es delito, subrayan.
El calor extremo hace que se deban maximizar las precauciones con los animales de compañía para evitar los golpes de calor. A diferencia de los humanos, perros y gatos tienen una capacidad limitada para regular la temperatura mediante la sudoración, por lo que dependen principalmente del jadeo y otros mecanismos de enfriamiento. “El golpe de calor es una situación extremadamente grave. Cuando la temperatura corporal del perro aumenta en exceso, puede provocar daños importantes en distintos órganos e incluso causar la muerte, algo que ocurre con bastante frecuencia en estos casos”, explica Manuel Lázaro Rubio, vocal del Colegio Oficial de Veterinarios de Madrid (COLVEMA).

La Francia más atractiva de ver en los 14 años de la era Didier Deschamps no se coronará campeona del mundo. Se lo impidió una autoritaria España escondiéndole la pelota con Rodri y Dani Olmo a la batuta. De la comparación entre las dos Francias que se han visto desde la Eurocopa de 2024 en Alemania y este Mundial 2026 ha salido reforzado Deschamps. Puede que caer en semifinales sea haya quedado corto por la materia prima ofensiva que tenía a su disposición y por el eléctrico y fino juego exhibido cuando robaban la pelota y Olise, Mbappé, Dembélé, Doué o Barcola se disparaban a pocos toques a la portería rival. En el descargo de Deschamps y de sus futbolistas está que su verdugo firmó un partido para recordar.
En la playa de Liencres siempre hay olas. Es una larga flecha de arena que termina en punta, justo donde se unen el río Pas y su agua dulce con el Cantábrico más rabioso. Todas las fuerzas confluyen en esta playa, e incluso los días que ondea la bandera verde, el mantel del mar tiene ondulaciones. Cuando pasa esto, en vez de tablas de surf y cuerpos hercúleos, lo que hay en el agua son bañistas convencionales, y por eso se ve algún que otro guantazo en la orilla, porque los bañistas convencionales no sabemos leer el mar como los surfistas, ni anticipar el ritmo de su elevación ni su cadencia, y nos quedamos quietos en esa zona donde no cubre pero tampoco puedes sumergirte, mirando cómo se acerca la ola, cómo crece más y más, hasta que cierras muy fuerte los ojos.