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María G. tiene 38 años y comparte habitación con otras cuatro personas. Esta mujer peruana, que pide no divulgar su apellido, llegó a España hace seis años buscando mejores oportunidades para ella y su familia, pero la subida de los alquileres la ha ido empujando a pisos cada vez más pequeños. “Al principio pensé que sería algo temporal, pero el tiempo pasa y no consigo ahorrar lo suficiente para salir de aquí”, relata. Gana el salario mínimo como camarera en un bar de Madrid, al igual que miles de personas. Su caso refleja a la perfección el problema de hacinamiento que se da en un creciente número de viviendas en alquiler en España (dos de cada 10, según datos de Eurostat, la agencia estadística de la UE). El fenómeno se ha agravado desde la pandemia, coincidiendo con un encarecimiento de los alquileres que va del 20% al 30% entre 2020 y 2025, según las cifras más prudentes.

Apostar en Polymarket es como sentarse a una mesa de póker con las cartas marcadas; hay quien juega convencido de que lo hace en igualdad de condiciones y quien, consciente de que no es así, cede a la fascinación por el riesgo. El resultado ya lo dibujaban los clásicos del cine: los jugadores más sofisticados ganan la partida, mientras el principiante que empieza a apostar su dinero con ilusión se queda desplumado. No es cuestión de suerte, sino el orden natural de las cosas.

“Escribe de lo que sepas”. Es el obvio y manido consejo que Niall, aspirante a escritor y coprotagonista de Half Man, recibe de su agente literario en uno de los episodios de esta miniserie de HBO Max. No queremos imaginar qué pasa por la cabeza del creador de esta ficción, Richard Gadd, quien se convirtió en estrella televisiva de primer nivel de la noche a la mañana tras estrenar la biográfica y confesional Mi reno de peluche (Netflix). En su esperada nueva miniserie, incide en asuntos como la obsesión, el trauma, las relaciones ambivalentes formadas por la dependencia mutua y, en definitiva, en una oscuridad pocas veces vista en pantalla.
Los Hombres G entendieron pronto que la vida puede no ir tan en serio como decía Gil de Biedma. Sucedió mucho antes de emprender el camino del éxito. El 19 de octubre de 1984, en concreto. Aquel viernes tocaban en la sala Autopista, en el centro comercial La Vaguada (Madrid). La entrada costaba 300 pesetas. No era un concierto más: tras dos años tocando, se lo plantearon como uno de los últimos cartuchos.

Chema Madoz por triplicado. El artista de las metáforas visuales expone en Valencia, en el Centre del Carme Cultura Contemporània (CCCC), hasta el 16 de mayo; también prepara una gran muestra para octubre en Madrid, en ese magnífico espacio que es la Sala Canal de Isabel II. “Será un repaso a mis últimos 10 años, con unas 100 obras”, dice con su habitual tono calmo en la galería Elvira González, en la capital, donde este martes inaugura exposición —la quinta en este espacio— con unas 50 imágenes nuevas, dentro de la programación de PHotoESPAÑA. Tanta actividad indica que parece haber aparcado una complicada etapa de problemas de salud.


Jacob Mchangama ha escrito una historia del desarrollo y de los ataques a la libertad de expresión, algo que “nunca se pierde ni conquista del todo”. A lo largo de los siglos, los poderosos han empleado argumentos muy parecidos para defender las restricciones a la libertad de lo que se escribe, dice y publica: las acusaciones de mentira y amenaza a la estabilidad.

Dos grandes cañones de bronce presiden la entrada principal del Emirates Stadium de Londres, donde este martes (21.00, Movistar+) Arsenal y Atlético de Madrid se juegan el pase a la final de la Champions League. Las simbólicas piezas de artillería que son la seña de identidad del club londinense han envejecido mejor que un coliseo que fue vanguardia cuando fue inaugurado en 2006 como relevo del entrañable Highbury Park.
El pasado sábado, ante el Fulham (3-0), 45 minutos fueron suficientes para que Mikel Arteta comprobara que Bukayo Saka (Londres, 24 años) estaba ya en plenas condiciones para liderar la tormenta que espera desatar este martes sobre el flanco izquierdo del Atlético de Madrid. Matteo Ruggeri y previsiblemente Ademola Lookman lidiarán con el extremo internacional inglés que ha reavivado las esperanzas de su entrenador de poder terminar la temporada con un título que le reivindique. El Arsenal puja por la Premier League codo a codo con el Manchester City y está ante la oportunidad histórica de alcanzar su segunda final de la Liga de Campeones y el regreso de Saka ha supuesto un alivio para Arteta. Para Thomas Tuchel, su reaparición también ha sido una gran noticia con vistas al Mundial.
Una moqueta vieja, cuatro paredes empapeladas de amarillo con motivos geométricos y un falso techo plagado de fluorescentes. Hace siete años, una fotografía de lo que parecía un antiguo almacén irrumpió en la polémica web 4chan. El espacio era anodino, familiar, pero ese minimalismo tan crudo producía una sensación de extrañeza que atrapó en seguida a los usuarios. Sobre esa fotografía se construyeron leyendas que advertían del riesgo de quedar atrapado en un laberinto formado por infinitas estancias similares a esa almacén. El fenómeno se bautizó como backrooms, en español se traduce como trastienda, e inauguró el interés por los llamados espacios liminares.
“Escribí a cinco directores generales y me contestaron cuatro”, dice Ben Horwitz, estudiante de la Escuela de Negocios de Harvard. Los directores generales no suelen contestar a emails de desconocidos. Les pedía, además, tomar un café o que fueran a una reunión con estudiantes, nada muy importante. Pero Horwitz tenía un truco: había creado una pequeña app que imitaba el estilo de estos ejecutivos al escribir, con erratas, sin saludos, apenas una línea con seis, ocho palabras. Y funcionó.