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El mundo energético es otro desde hace dos meses. El mercado del crudo ha pasado de un excedente sustancial, que obligaba al cartel de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) a mantener a raya sus propios bombeos para evitar que los precios cayesen, a una situación de lo más crítica: de la noche a la mañana, con el cierre del estrecho de Ormuz, ha desaparecido casi un quinto de la producción mundial. Prácticamente la mitad de esa cantidad se ha compensado, tanto por el aumento de los envíos a través de los pocos oleoductos que conectan los países del golfo Pérsico con el exterior como por los aún incipientes aumentos de producción en colosos fósiles ajenos a esa región. Pero el faltante sigue siendo enorme.

A Carmen Romero (Sevilla, 79 años) no paran de reclamarla para que participe en actos de las agrupaciones del PSOE en la campaña andaluza. Romero fue miembro de la Federación de Enseñanza de UGT, diputada por Cádiz (1989-2004) y eurodiputada (2009-2014). Estuvo casada con el expresidente del Gobierno Felipe González. Cree que la derecha se aprovecha de las críticas de González y Alfonso Guerra contra el presidente Pedro Sánchez. “La derecha utiliza esta situación. Ellos ven que hay una división, una actuación particular de algunos líderes en contra de Pedro Sánchez y es evidente que lo utilizan”.



Es posible que les haya llegado la noticia de que EL PAÍS celebra su 50º aniversario. Enhorabuena por ello. Como yo era un niño repelente, empecé a leerlo desde el primer día; siempre estaba en mi casa. Y ya cogí el hábito. No voy a endilgarles otro artículo nostálgico al respecto. Más bien, quisiera aprovechar la ocasión para reflexionar brevemente sobre algunas ideas que fueron populares e influyentes en algún momento de los últimos 50 años, pero que, con el paso del tiempo, se demostraron equivocadas. Es un ejercicio de sano escepticismo, pues nos previene frente al exceso de confianza en nuestro propio conocimiento de la realidad social.
Me pregunto a qué se refería exactamente el que fuera ministro de Transportes cuando dijo ayer que le duele ser carne de memes porque él, a la señora que fue beneficiaria de su trato de favor, “la quería”. La misma pregunta me sobrevino cuando el presidente del Gobierno que le dio una cartera paró el tiempo al grito de “soy un hombre enamorado”. En el caso de Sánchez, puedo llegar a comprender que duela ver a tu esposa asfixiada bajo el rodillo del lawfare; me cuesta más entender la relación que establece su exministro entre cariño y delito, aunque ya Julio Iglesias intentase relacionarlos cantando “por el amor de una mujer jugué con fuego sin saber que era yo quien se quemaba”. Está en cualquier caso muy feo usar a otra persona como escudo y es pecado capital tomar el nombre del afecto verdadero en vano. La cuarta ola feminista nos ha enseñado que si un hombre la caga, la culpa es exclusivamente de ese hombre. Aunque, claro, la citada ola no entró en los asadores, en los reservados ni en los despachos con puerta blindada y además cuando el demonio se queda sin recursos tira de tretas más viejas que el hilo negro: miren si no a Rajoy abusar en las Kitchen Sessions de esos lapsus linguae que tanta gracia le hacen a la España que se quiere ir de cañas con él. Qué simpático. Precisamente un compañero de Gabinete suyo, Álvarez-Cascos, que como Ábalos portó la cartera que concede obras, argumentó una vez en un juicio por apropiación indebida que un grupo político le pagó la Copa Davis a sus hijos “porque tener una imagen de familia es un activo”. Cascos, con su gesto adusto, rayano siempre en la ira, es similar físicamente a Ábalos, quien a su vez guarda un parecido poético con un cuadro de George Frederick Watts titulado Mammon. Representa al dios de la corrupción. Todos los que han traicionado a su mujer y metido la mano en el saco prohibido saben que es preferible ser carne de memes que correr por el patio de la prisión.
Hacía casi tres años que Vladímir Putin no daba un beso a un niño en público. El pasado 27 de abril, en medio de una ola inédita de ―suaves— críticas sobre la situación del país, el presidente ruso repetía un gesto de cercanía al pueblo que no practicaba desde la rebelión del Grupo Wagner en junio de 2023. El líder ruso besaba en la frente y sonreía a una pequeña gimnasta cuando sus índices de aprobación caían a su nivel más bajo desde el inicio de su ofensiva sobre Ucrania. Tres días después abrazaba a otra niña en público. El apoyo al mandatario sigue siendo masivo, pero su descenso es remarcable desde que se visibilizó la crisis económica el año pasado y la situación tiene visos de empeorar.
De forma inconsciente, Mario Rielo adoptaba ciertas posturas para que no se notara su malformación pectoral. En la playa, en la piscina, cuando se quitaba la camiseta, levantaba un brazo y se tocaba la nuca. El gesto estiraba el pecho, igualaba un poco la silueta, disimulaba la hendidura que tenía en un lado del tórax desde niño. “Me di cuenta con los años. No lo hacía pensando: no quiero que se me note esto. Directamente lo hacía”, cuenta ahora, cuatro meses después de la cirugía de reconstrucción que le hicieron en el hospital Gregorio Marañón de Madrid, con una prótesis a medida hecha en su laboratorio 3D.


Hace 20 años Marbella saltó por los aires. Desde entonces, nada es lo mismo en la Costa del Sol. La Operación Malaya contra la corrupción urbanística acabó con un sistema de incumplimiento sistemático de la legalidad que nació con la llegada de Jesús Gil a la alcaldía y acabó con la detención de un centenar de personas. Aquel trabajo policial supuso la disolución del ayuntamiento, primera y única vez que esto ha sucedido en democracia. También un antes y un después para todo el litoral malagueño, que dos décadas más tarde ha conseguido liberarse de la imagen de corrupción, pero se enfrenta a nuevos retos ante un crecimiento que parece infinito. Entre ellos, la escasez de recursos naturales, los problemas de movilidad o el crimen organizado. De fondo, la falta de vivienda y la masificación turística, que va ya mucho más allá del verano en estos casi 150 kilómetros de urbanización continua donde viven 1,3 millones de personas. Y cuyo nuevo centro de gravedad se ha desplazado hacia Málaga, paradigma de este litoral.



Quejarse puede salir caro en una residencia de mayores en Madrid. Lo sabe, al menos, una docena de usuarios y familiares que denuncian que han sido expulsados o sancionados tras protestar por las malas condiciones en las que viven en estos centros. La solución casi siempre es la misma: amenazas de traslados forzosos que en algunos casos se han terminado concretando, según familias y asociaciones en defensa de los residentes, que interpretan estas medidas como “represalias” por visibilizar ―a veces públicamente, a veces solo ante la dirección del centro― el deterioro que sufren estos centros. La situación se ha convertido en una especie de patrón, pero las residencias se desmarcan y se escudan en supuestos incumplimientos del régimen interno disciplinario por parte de los residentes o familiares involucrados y niegan rotundamente cualquier tipo de venganza.
Khoudia Diop tiene 26 años y lleva en un matrimonio a distancia desde los 17. Ella vive en Léona, un pueblo en el noroeste de Senegal; él, en Catania, en Italia, donde ahora vende productos en los mercados. Sus padres se encargaron de los preparativos antes de que partiera a Europa en 2008. Él solo regresó una vez, en 2023. “Nos las arreglamos, pero no es fácil”, admite Diop, que ha sacado un momento, en medio de sus múltiples tareas domésticas en casa de sus suegros, para hablar con este diario. Su caso no es la excepción, sino, más bien, la norma en el pueblo y, en general, en la región de Louga, profundamente marcada por la migración. La Oficina de Acogida, Orientación y Seguimiento de Senegal (BAOS, por sus siglas en francés) calcula que casi el 56% de los hogares de Louga tienen al menos un miembro de la familia viviendo en el extranjero. En 2024, alrededor de 740.000 senegaleses se habían marchado del país.
La salida de Emiratos Árabes Unidos de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), la semana pasada, es una señal de la situación imposible en la que el doble bloqueo del estrecho de Ormuz ha colocado a los países del Golfo. Necesitada de divisas —es el primer país de la región que ha pedido ayuda a Estados Unidos—, la monarquía árabe da una señal a los compradores: cuando el petróleo vuelva a fluir, venderá cuanto pueda exportar al precio que sea, sin coordinarse con el resto del cártel. Pero las implicaciones de la espantada van más allá de un problema comercial.