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Hace unas semanas, el Tribunal Superior de Justicia de Canarias permitió a cerca de 10.000 trabajadores de una cadena de alimentación compensar los días festivos que coincidan con sus fechas de descanso semanal. Los magistrados pusieron en la balanza dos intereses: el necesario reposo del empleado y el derecho del empleador a hacer valer el calendario laboral. El fallo invalidó “la práctica empresarial consistente en no compensar el solapamiento”.
Para los inspectores de trabajo Ana Ercoreca y Jesús Prieto, partidarios de la interpretación del derecho automático a la compensación, no es casual que el Supremo analice la coincidencia festivo-descanso en términos de solapamiento. El concepto hace evidente que “dos derechos de descanso no deben superponerse”. Lo contrario, aseguran, “vulneraría con claridad un derecho tan tuitivo como es el laboral respecto a la protección de los trabajadores”. En definitiva, este solapamiento debe compensarse necesariamente por otro día de descanso. Además, en este ámbito prima el principio in dubio pro operario, es decir, “el juez, ante la duda legítima sobre el sentido de una norma laboral, prefiere aquella interpretación que sea más favorable al trabajador”, defienden.
Se coma donde se coma, la pizza es cosa de los napolitanos. Cuenta la leyenda que en 1889, con motivo de la visita de la reina Margarita de Saboya, le encargan al joven chef de la Pizzeria Brandi que piense en algo original para sorprenderla. El chef, tras varios intentos fallidos, da con la receta perfecta: una base de pan sobre la que bañaría una abundante salsa de tomate, añadiría queso de búfala y hojas de albahaca. Visualmente recordaría a la bandera del recientemente unificado Reino de Italia. Gustativamente, transmitiría el verdadero sabor de la ciudad. Así, dicen, nació la auténtica pizza, la Margarita. Posiblemente, “el origen de la historia de la pizza”, tal y como subrayan los autores del libro Pizza Napoli. Recetas e historias de la ciudad donde nació la pizza (NeoPerson Cook).
El estallido de la guerra en Irán ha devuelto a los inversores una sensación que muchos creían haber dejado atrás, allá en el turbulento 2022: la caída simultánea de los grandes pilares de las carteras tradicionales, las acciones y los bonos. Es la sensación de no encontrar abrigo en ninguna parte. Lo más desconcertante no es tanto la intensidad del ajuste —que podría calificarse como moderada— sino su simultaneidad. Durante décadas, el precio de la Bolsa y los bonos han ido en direcciones opuestas. Cuando había un crac bursátil, la deuda pública se revalorizaba y servía como refugio. Pero esa descorrelación ya no es tan obvia. Y ante el nuevo escenario que se abre con la guerra en Oriente Próximo no está claro dónde poner a salvo el dinero. Ya ni siquiera se puede contar con el oro.

La noticia llega de Italia y puede ser un precedente de lo que le espera al castigado sector de las telecomunicaciones en el Viejo Continente. No es un simple movimiento corporativo, sino un cambio de paradigma que trata de redefinir la relación entre el poder público y las infraestructuras críticas. La Oferta Pública de Adquisición (OPA) lanzada por Poste Italiane sobre Telecom Italia (TIM), por un valor aproximado de 10.800 millones de euros, marca el capítulo final —o quizás el reinicio— de la compleja historia de la operadora de bandera italiana. En el contexto que vive el sector, esta operación no solo busca la estabilidad de un gigante herido, sino que puede ser el catalizador de una reconfiguración del mapa europeo bajo la premisa de la soberanía tecnológica y la consolidación dirigida.

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