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Ni por inseguridad, por suerte, ni por modernuquis, gracias a Dios, y sin monumentos para turistas en busca de un escenario para posar como mediterráneos soft. En nuestro barrio de moderadita clase media no acostumbramos a salir en portada en The New York Times. Pero hace un año, la imagen de un edificio a dos minutos del nuestro —modernismo de segunda división— abrió la edición internacional. Hacía cierto tiempo que un inversor había comprado Casa Orsola para un negocio con rentabilidad asegurada en la Barcelona de hoy y de mañana: sacar la vivienda del mercado tradicional de alquiler y destinarlo al de los extranjeros de paso.
Nadie puede saber quién va a ganar esta guerra, ni siquiera si finalmente habrá ganadores. Son mayoría los expertos que dan a China por vencedora estratégica de un conflicto que fácilmente puede dañar a quien lo ha desencadenado: a Trump inmediatamente en las elecciones de mitad de mandato, en beneficio de sus rivales los demócratas; a largo plazo, a Estados Unidos, que está desplazando los recursos militares asignados a Asia-Pacífico para competir y contener a China en Oriente Próximo, donde necesita derrotar a Irán. En el plazo más corto de los beneficios inmediatos, no hay muchas dudas de que es Putin quien está recogiendo las nueces, para disgusto y alarma de Ucrania y de sus aliados europeos.



Después de Noelia, algunos dilemas difíciles quedan iluminados. También el ejercicio de la condición de padres. Sabíamos que perder a una hija, a un hijo, es lo peor que le puede suceder a una persona. Adivinábamos que iba contra la ley de la vida, esa pretendida secuencia natural de las cosas: que los progenitores se van primero. Cuando en realidad no existe tal ley, sino probabilidad estadística.

En medio de este mundo hecho pedazos por la codicia, la estupidez, la obcecación y la maldad de unos cuantos, en medio del sufrimiento sin cuento al que asistimos todos los días, que una editorial norteamericana tenga que retirar una novela del mercado y suspender su promoción es sin duda una noticia menor: un escándalo de andar por casa. Pero lo que ha sucedido en días pasados no es importante por lo que sucedió, sino por lo que augura, y yo tengo para mí que es la primera de muchas noticias similares que estarán en nuestras conversaciones en los años que vienen.

El autobús llevaba casi cinco horas avanzando de bache en bache por una carretera destrozada. Dentro, el calor se acumulaba y el polvo se pegaba a la piel. De repente, el vehículo se detuvo en seco a las puertas de Tibú, la capital del Catatumbo, en el norte de Colombia. En cualquier otro lugar habría sido solo eso: una parada. En el Catatumbo, no.





La Guardia Civil detuvo con casi dos toneladas de hachís en un camión a una banda de narcotraficantes que se dedicaba a introducir droga desde Marruecos a España en enero de 2025. Unos días después, el caso dio un vuelco. Uno de los enviados a prisión provisional confesó a los agentes que el costo no sólo se introducía por la frontera, sino que existía un narcotúnel. La causa permaneció bajo secreto y unas semanas más tarde los investigadores explotaron otra fase de la operación y encontraron por primera vez el conducto que funcionaba desde hacía años para pasar fardos entre Ceuta y Marruecos. El caso se bautizó como Hades (dios griego del inframundo). “Si no hubiéramos mantenido en secreto la causa no hubiéramos descubierto el túnel jamás”, asegura una fuente de la investigación.
Birchbark Books, en Minneapolis, es una de esas estupendas librerías que, repartidas por Estados Unidos, piden a sus empleados que recomienden este o aquel título. La diferencia es que en Birchbark una de las recomendadoras, que firma sus papelitos como Louise, es algo más que una lectora con buen gusto. Porque Louise es Louise Erdrich (Little Falls, Minnesota, 71 años), la gran voz de las letras nativas y una de las escritoras más admiradas del país.


Llega al piano bar del hotel donde quedamos, desierto a la una de la tarde, y, al verla, se produce esa sensación de conocer a alguien de toda la vida, aunque no hayas intercambiado jamás una palabra, que provocan ciertas celebridades especialmente populares. Pese a su ropa negra, su pelo negro y sus ojos negrísimos, o quizá precisamente por todo ello, su cutis resplandece, como iluminado por dentro. Educada y algo tímida de entrada, le proponemos hacer primero las fotos para charlar después tranquilamente y, delante de la cámara parece crecerse dos palmos sosteniendo la mirada en un primerísimo plano al alcance de muy pocos rostros y aplomos. El piano, y un sombrero de copa de atrezo parecen pedir a gritos participar en el festín gráfico y Ruiz no solo no pone pegas a la sugerencia, sino que la hace suya para delicia del fotógrafo. Da gusto verla actuar aunque nadie haya gritado “acción”. Le sobra oficio.

Toda vida, por normal que sea, es extraordinaria porque es única. Eso sostiene Carmen Ruiz (Madrid, 51 años) sobre sus personajes y sobre su propia persona. Empezó a estudiar interpretación a los 24 años, cuando otros ya habían acabado la carrera, pero con las cosas muy claras: quería dedicarse a la escena. Y se puso a ello literalmente. Montando y desmontando escenarios con un grupo de amigos hasta ir imponiendo, a base de talento y cabezonería, su presencia en algunos de los montajes más recordados de las últimas décadas, porque su notable carrera televisiva y cinematográfica -Yo soy Bea, Mujeres- le ha dado popularidad, pero la carrera teatral le ha reportado el prestigio unánime del público y la crítica. Ahora estrena, junto a su compañera y amiga Malena Alterio, La vida extraordinaria en los teatros del Canal de Madrid.
Nadie está a salvo de verse atrapado por el Madrid de los precios inmobiliarios disparados. Ni siquiera todo un gobierno autonómico. A finales de 2025, la Generalitat de Cataluña tuvo que decir adiós a su histórica sede de Alcalá, 44, al lado del Banco de España y el Círculo de Bellas Artes. La aseguradora Zurich, dueña del edificio, lo había vendido a un grupo de inversores mexicanos con el proyecto inicial de hacer un hotel de lujo. Despojada de este lugar de referencia, la representación del Govern se desplazó a un lugar mucho menos emblemático, la calle Orense en el distrito de Tetuán, donde ahora paga un alquiler de 64.945,95 euros al mes, según datos obtenidos por EL PAÍS en aplicación de la ley de transparencia. Sin embargo, la odisea inmobiliaria de esta institución no acaba ahí: el concurso que lanzó para comprar una sede en el centro de Madrid, y así ahorrar costes, ha quedado desierto. Los 33 millones ofertados no son suficientes para adquirir los 2.500 metros cuadrados que quiere la Generalitat en la zona VIP de la capital (distrito Centro o barrios de Recoletos, Goya, Lista y La Castellana). En Madrid, el precio del metro cuadrado cotiza como si los ladrillos fueran de oro.
