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La inquilina más famosa de todos los palacios venecianos, Peggy Guggenheim, resumió muy bien el hechizo de la ciudad: “Siempre se da por supuesto que Venecia es el lugar ideal para una luna de miel. Es un grave error. Vivir en Venecia, o incluso visitarla, significa enamorarse de la propia ciudad. No queda ya sitio en el corazón para nadie más”. La millonaria neoyorquina se prendó de Venecia de joven, pero cuando cumplió su sueño de mudarse allí, en 1949 –tenía 50 años–, lo hizo con todo el equipo: se instaló en el Palazzo Venier, un singular edificio inacabado al final del Gran Canal (su dueño se arruinó antes de empezar el primer piso), y lo convirtió en el escenario de su independencia.

Escucho a los operarios del centro de control de Atocha en los audios que señalan el error humano de los trabajadores antes de que se diera la orden equivocada. No entiendo todo lo que dicen, hay mucho código, palabras técnicas que no comprendo, hay también ruido, consultas, confusión. Escucho otra vez sin atender al mensaje, solo al tono, a esa otra cualidad del lenguaje que traslada no solo información sino también experiencia y trastienda personal (y laboral). Escucho entonces voces humanas, voces superadas y acostumbradas a su desbordamiento. “De verdad, tronco, de verdad”, protesta el operario del centro de control nada más dictar la instrucción errónea. ¿De qué se queja? Vuelvo a escuchar todos los audios. No escucho ya el error humano, más bien el fallo imperdonable de un sistema negligente.
La sucesión de cambios normativos ha sumido al mercado del alquiler en una incertidumbre inédita. En apenas unas semanas, entre septiembre y octubre, el Congreso tumbó los decretos de vivienda aprobados por el Gobierno y el Ejecutivo respondió con dos nuevas normas, pendientes todavía de convalidación por la Diputación Permanente. A menos de un mes de las elecciones generales del 29 de noviembre, propietarios e inquilinos desconocen todavía cuál será el marco regulatorio definitivo.
El economista y profesor en la Universidad de Alcalá Daniel Fuentes Castro (Ourense, 1975) intenta mediante la evidencia científica y los datos templar la guerra cultural entre generaciones que colea en el debate público. Con su libro Nadie elige cuándo nace (Ed. Shackleton) bucea en la singularidad económica de cada generación para concluir que es necesario un pacto de rentas intergeneracional. Para el autor, las compensaciones pueden ser necesarias pero la prioridad es evitar que se produzca la desigualdad.

Aún hay mucho partido para el autogobierno en Cataluña y, en la lista de posibilidades, figura una vía para que el Parlament presione en Europa de cara a lograr la escurridiza oficialidad del catalán. Ese es el planteamiento central del último libro de los juristas Joan Ridao y Antoni Bayona, Eixamplar l’autogovern (Marcial Pons), que analiza las dos décadas de la aprobación del actual Estatuto de Autonomía de Cataluña. En el texto, los autores lamentan que la Generalitat no tenga una estrategia “bien diseñada y estudiada” para alinear no solo el despliegue de competencias desde el amparo estatutario sino también recurriendo a otras oportunidades que ofrece la negociación política, de cara a incidir en las decisiones estatales que afectan el Estatuto.
Cuando Alejandro Balde aspiraba a dejar atrás sus problemas de espalda y recuperar su trono en el primer equipo del Barcelona, se enteró de que la dirección deportiva lo había puesto en el mercado. Y se enteró por casualidad. Todavía intentaba digerir su falta de protagonismo en el tramo final del curso pasado, que acabó por dejarlo fuera de la lista de Luis de la Fuente para el Mundial de Estados Unidos, México y Canadá, cuando a sus oídos llegó que Cucurella quería volver al club en el que se había formado. El Barça, por su parte, veía con buenos ojos su regreso. Pero le advirtieron que antes de ponerse en contacto con el Chelsea, debían desprenderse de Balde. Cuestiones de fair-play, también de prioridades. Cucurella no quiso esperar y, en cuanto apareció el Madrid, cambió Londres por Valdebebas.

Preguntar a una familia almeriense sobre cuál es su preferido puede crear un conflicto generacional. Cada persona tiene su favorito. “Es muy difícil elegir porque están muy ricos”, asegura Laura Rueda, nacida en el municipio de Viator, a un paso de la capital. En su casa unos dirigen hacia el barrio de El Zapillo para recomendar los que preparan en la pastelería La Guinda. Hay también quien busca los aires más contemporáneos de La Dulce Alianza, con varios locales a lo largo de la ciudad.



Hay que agradecer a Michael Winterbottom, director de 24 Hour Party People (2002), que huyera de los clichés que hacen de las películas que retratan tribus musicales hagiografías insufribles. Porque aunque la película estrenada esté titulada por la canción del mismo nombre de Happy Mondays y se venda como la caótica historia de Factory, aquella discográfica británica que marcó la música de los años ochenta con grupos como New Order, el director convierte el filme en la biografía camuflada de uno de sus cuatro fundadores, Tony Wilson.

Winterbottom convirtió a los otros tres fundadores de Factory en personajes menores. Una injusticia que sin embargo ayuda a no desviar el foco de la historia, que en ningún momento oculta que es parcial, subjetiva y, en algunos casos, falsa. Tony Wilson jamás escondió su pasión por las derrotas épicas ni la miseria moral de algunas de sus elecciones personales. No fue precisamente un marido ejemplar. Fallecido de un infarto en 2007, con 57 años, en una entrevista sobre la película definió su pensamiento en una frase: “Haz las cosas y ya luego descubrirás por qué las haces. En nuestro caso lo hicimos por puro amor a la música”.
Últimamente hablamos de SIBO, microbiota, distensión abdominal e inflamación. Incluso repetimos que el intestino es nuestro segundo cerebro, a veces sin entender del todo qué significa esta afirmación. Sin embargo, seguimos abordando la salud digestiva y la salud mental como si fueran cuestiones independientes, como si lo que ocurre a nivel emocional no tuviera repercusiones en el cuerpo y lo que sucede en el cuerpo no afectara a nuestro bienestar psicológico y emocional. Una visión disociada del cuerpo.

Cuando Juan Luis Iborra (L’Alfàs del Pi, 67 años) vio la película Cinema Paradiso (1988), asistió a la representación de su vida en la gran pantalla. “Me acuerdo perfectamente de dónde la vi. Fue el 1 de enero en el Cine Pompeya de la Gran Vía, que ya no existe. No es que llorase, es que una señora que tenía sentada al lado se preocupó, pero es que es mi vida”, cuenta en una conversación telefónica con EL PAÍS. Antes de ser un conocido director de teatro —acaba de estrenar El club de los poetas muertos en el Teatro La Latina de Madrid—, antes incluso de llevar el humor a las salas de cine de los noventa —escribió los guiones de Todos los hombres sois iguales (1994) y Salsa rosa (1992)—, Iborra fue un niño que, como el Salvatore de Cinema Paradiso, jugó entre las butacas y el escenario del cine de sus padres, ubicado en el pueblo de L’Alfàs del Pi (Alicante).



