Home Investigacion en Intelligencia Artificial y Desarrollo de Algoritmos Desarrollo de Energia Nuclear y Avances en Fisica Nuclear Innovacion en Tecnología de Vanguardia
“¿Qué dirá la historia de mí dentro de 600 años? Yo la considero a ella mucho más que los rumores de los actuales". La pregunta de Cicerón (Arpino, 106-Formias, 43 a.C.), dirigida a su estimado amigo Ático, revela una obsesión que lo torturó toda su vida: la posteridad. Dos mil años después sabemos que la vanidad quedó compensada con creces por su genialidad; y aunque sea verdad que la figura de Cicerón nos resulta poco simpática, y buena prueba de ello es que pocos personajes de la Antigüedad han sido tan denostados, no es menos cierto tampoco que la admiración que su prosa ha generado a lo largo de los siglos prueba que su talento estuvo muy por encima de su discutible integridad como político, como persona y como intelectual. El hallarnos frente a un animal político como Cicerón y ante una de las épocas más fascinantes de la historia universal, la de la crisis y final de la República romana, convierte en tentador y temerario a la par el poder contar una vida sobre la que poseemos tantos datos y tan profundamente parciales porque buena parte de lo que sabemos de Cicerón procede del egocéntrico cálamo del propio Cicerón. Francisco Pina Polo, insigne ciceroniano por vocación, que no por convicción, acepta el reto de enfrentarse a la escritura de otra biografía de Cicerón demostrando que la Fortuna siempre premia a los audaces.

Los letones no se fían de sus “simpáticos vecinos”. Tal es así que usan con cierto hábito este atajo lingüístico, lleno de retintín, antes que hablar a las claras de rusos y bielorrusos. Con estos dos viejos aliados de la vasta llanura, Letonia ― con 1,8 millones de habitantes― comparte más de 450 kilómetros de su frontera este. Es por esto que su linde forma parte de lo que, entre la tropa, se denomina flanco oriental de la OTAN y la Unión Europea. Consecuencia: está en la diana del enemigo número uno, esto es, de Rusia. En mayo, la colisión de tres drones que volaban desde el frente de batalla ucranio hizo saltar por los aires la coalición del Gobierno letón. En solo cinco meses, el país báltico se ha blindado defensivamente gracias, en parte, al empuje de la producción local de vanguardia de armas autónomas. Pero el temor continúa.




Un enorme y ya descolorido póster electoral del ministro de Finanzas, Bezalel Smotrich, recibe al visitante tras atravesar el portón de seguridad de la colonia israelí de Efrat, en Cisjordania. El gesto sonriente y confiado del líder ultraderechista choca con el semblante preocupado de los habitantes de este asentamiento cuando salen a relucir los resultados de las elecciones legislativas del martes.


El concepto de leapfrogging equivale en teoría a ahorro de tiempo y dinero en zonas pobres y rezagadas. Evoca innovación y otras formas de imaginar el porvenir. Y está rodeada por un halo de modernidad, con propuestas que oscilan entre lo razonable y los sortilegios tecno-optimistas. Tan halagüeños algunos, que permiten vislumbrar a frágiles economías encabezando la vanguardia digital en tiempo récord, como en un sueño futurista.
El veto del gobierno chino a la retransmisión de los partidos del Real Madrid por el caso Mbappé tiene un antecedente cercano de semejante magnitud. China censuró la emisión televisiva de los encuentros de la NBA durante dos años y medio entre 2019 y 2022 por otro comentario con fondo político. Si en esta ocasión el apagón llega al referirse el delantero francés a Mao Zedong como “dictador”, entonces fue una opinión del director general de los Houston Rockets, Daryl Morey, la que desató la tormenta. “Lucha por la libertad, apoya a Hong Kong”, escribió el directivo en relación a las manifestaciones en dicho territorio a favor de la democracia. China, como ahora sucede con Mbappé, lo consideró un ataque a la identidad nacional y no le tembló el pulso para vetar a un gigante del deporte mundial como la NBA. Tampoco ha dudado actualmente pese a las disculpas del Real Madrid.
Está en todas partes. La mediocridad premium es un fantasma que recorre el planeta e impregna todos los nichos de consumo concebibles en la actual etapa del capitalismo tardío, de la hostelería a los espectáculos pasando por la oferta cultural, la moda, la salud, la belleza o los viajes.

El guionista David Schulner (Miami, 52 años) camina por los pasillos de Vall d’Hebron imaginándose tramas para un capítulo que nunca rodará. “New Amsterdam acabó en 2023, pero cada vez que piso un hospital me imagino que he vuelto al set porque rodábamos en dos hospitales de Nueva York. También pienso en todo lo que hicimos mal y podríamos haber hecho mejor”, explica en una sala del recinto sanitario público barcelonés. Lo hace pocas horas antes de ofrecer una charla sobre cómo usar la realidad en la ficción médica en el tercer Congreso Internacional de Comunicación en Salud.

Stephen Graham (53 años, Kirkby, Reino Unido) no sabe qué le ha llevado a acumular en su historial como actor tantos gánsteres, asesinos y hombres violentos o atormentados de todo tipo. “No tengo ni idea por qué, pero muchos de los personajes que he interpretado digamos que se inclinan hacia la naturaleza más oscura de la humanidad”, reflexiona en una entrevista por videollamada con EL PAÍS. Su nuevo trabajo, la serie Nocturno que estrena Apple TV, suma otro personaje así a su carrera. Ahora encarna a Jurek Walter, un peligroso asesino encerrado en un psiquiátrico de máxima seguridad que parece estar relacionado con unas desapariciones que tuvieron lugar cuando él ya estaba en aislamiento. Un detective de homicidios retirado (interpretado por Liev Schreiber) se obsesionará con demostrar su implicación y, para ello, accederá a que su ahijada, también policía, se infiltre en la institución psiquiátrica como una de las internas.





Escuchas a alguien dar una noticia, con el móvil en la mano, mientras estás haciendo algo apetecible, a una temperatura casi perfecta, lejos de casa, y lo que sujetas en la mano no es un café con leche. Te has dejado el teléfono en el bolso un par de plantas más abajo, las ojeras con las que amaneciste se han apaciguado y das las gracias por no sentir las vibraciones de siempre emitidas por ese dispositivo del que ahora depende tu vida más que la cartera. Te dices que todo puede esperar.
Desde que Harold Bloom puso el Juicio Final de Miguel Ángel en la cubierta de su famoso catálogo occidental de 1994 sabemos que todo canon es fruto del miedo. O por decirlo de un modo menos apocalíptico y con una palabra empleada por el propio Bloom: que todo canon es una elegía. También lo es este, centrado en el premio Formentor.
