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Laime Arold, haitiano de 26 años, compra barras energéticas en una pequeña tienda a la orilla de la carretera Panamericana, en el sur de Chiapas, en México. José Adán, hondureño, reza en voz alta en un parque de Tapachula: le pide a Dios que lo libre de los secuestradores y de la policía en el camino. Gerardo Aguilar, venezolano, viaja a 90 kilómetros por hora, acostado sobre dos asientos en un autobús con rumbo a Guatemala, mientras habla por teléfono con la mujer que dejó en Caracas.


Lourdes Hernández (Madrid, 39 años) sigue siendo un rostro inolvidable entre la multitud. En la cafetería en la que nos hemos citado nos espera —ojos de heroína manga, una cola de caballo alta llena de lazos juguetones, una cinta translúcida a modo de choker en el cuello— sentada junto a su marido, el californiano Zach Leigh. En solo dos semanas, la cantante que un día fue solo Russian Red presentará en el Café Berlín de Madrid y El Molino de Barcelona un cabaret titulado Rojo relativo, en el que deja salir las muchas identidades que cultivó en los años en Estados Unidos, aunque en la que se sienta más realizada hasta hoy es en la pareja: “En verdad creo que es la mejor cosa que he hecho en mi vida. Puedo decir: esto está bien hecho, bien elaborado, bien trabajado, bien comunicado, bien evolucionado. Me reconozco absolutamente en mi relación”.

Romanticismo (publicada en 2001) convirtió Madrid en una ciudad del mundo que, a la muerte de Franco, se veía de otra manera. El cogollito, es decir, el centro neurálgico de lo que había sido la capital, se estaba preparando para el futuro democrático. El autor del libro, Manuel Longares (Madrid, 1943), periodista y narrador, ya había escrito en abundancia: La novela del corsé, Soldaditos de Pavía, Operación Primavera… Romanticismo marcó el pasado y el resto de su obra y él es ahora un clásico que tiene como antecedentes a Pérez Galdós, a Valle-Inclán o a Juan Benet. Ahora es autor de un libro que parece salir de las entrañas de las monarquías de los Austrias, pero que hoy, con sus risas y sus pareados, convoca, a veces cruelmente, a veces a carcajadas, siempre con risas, a la sátira contemporánea. Cortesanos (Galaxia Gutenberg), esta nueva obra suya, sucede en el siglo XVIII de Madrid, pero en este tiempo puede ser contada como una evocación despiadada de lo que sucede en la corte de estos días.

El martes por la noche, José M. G. fue hasta la casa de su expareja y empezó a apilar colchones en el bajo de ese bloque de viviendas en Miranda de Ebro, en Burgos. Al poco empezaron las llamas. El fuego mató a esa mujer, Dolores, de 58 años; a su madre, Antonia, de 78; y a una vecina de 24, Laura Valentina. Otras cuatro personas, entre ellas un niño de 7 años y otro de 11, acabaron hospitalizados durante unas horas. Este ya es el caso con más víctimas implicadas ―heridas y mortales― desde que hay estadística, en 2003; siete por ese incendio provocado por un hombre de 60 años, que se entregó el miércoles por la mañana sabiendo que la policía lo buscaba y sabiendo que iba a volver a la cárcel de la que había salido hacía no mucho tiempo. Esta, cuando se produzca, será la tercera vez que entre en prisión por un delito relacionado con la violencia de género.
Chile abre una etapa inédita desde el retorno a la democracia. Con la llegada de José Antonio Kast a La Moneda comienza el Gobierno más conservador desde el final de la dictadura. La alternancia es parte natural de cualquier democracia saludable, pero el desafío que se abre ahora para el nuevo presidente no es menor: gobernar para un país plural, complejo y profundamente consciente del valor de sus instituciones. El triunfo de Kast expresa un mensaje claro de una parte significativa de la ciudadanía. Después de años de incertidumbre política, debates constitucionales frustrados y una economía que perdió dinamismo, muchos votantes optaron por una promesa de orden, seguridad y estabilidad. Pero una elección nunca otorga licencia para gobernar solo para quienes apoyaron al vencedor. En sociedades abiertas, la legitimidad del poder se consolida cuando se gobierna también para quienes no votaron por uno.
El otro día fui al gimnasio a las siete de la mañana. Y dirán ustedes: a nosotros qué nos importa, y tendrán más razón que un santo. Pero a mí me enseñaron en la facultad que los hechos insólitos son noticia, y, como con la que está cayendo no me la compraban para primera página, la reporto en la última. La cosa es que llevaba dos años pagando la cuota sin ir y, sometida al enésimo ultimátum de mi cargo de conciencia, hice de tripas maldición y me tiré a la palestra. Chica, qué ambientazo: había casi más gente que en el atasco que me suelo comer a esas horas. Como que pasé del móvil los 50 minutos del suplicio, entretenidísima con el paisaje y el paisanaje. El soponcio vino luego, cuando, al abrir X y WhatsApp por si se hubiera acabado el mundo en el entretanto, veo tuits y mensajes míos del día anterior reescritos con un lenguaje, no sé, como vulgar, soez, cheli, extraordinariamente ordinario. Más de lo habitual, listos, que les estoy escuchando. Me entraron sudores fríos, puse un par de tuits de socorro temiéndome que me los hubieran pirateado y me desplumaran las cuentas del banco y me fui pitando al periódico a que me lo revisaran los técnicos. Me miraron raro, en plan ya está la boomer con sus batallitas, me hicieron cambiar las claves, me pusieron el terminal a actualizarse hora y media y me mandaron a tomarme una tilita, que estoy en una edad muy mala para los sustos. Ni rastro de piratas. Nunca más se supo. Qué misterio.
Como científica, y viendo lo que ocurre en el mundo, a veces no puedo evitar pensar para qué sirve lo que hago. Soy microbióloga, y mi trabajo consiste en intentar responder preguntas casi filosóficas: ¿cómo nació la vida? ¿Cómo surgimos de una bacteria los humanos? Pero mientras vivo en mi microcosmos (nunca mejor dicho), en el macrocosmos hay hambruna, guerras, muerte. ¿No sería mejor dedicarme a otra profesión con la que construir un mundo mejor? Entonces pienso en cómo la vida lleva existiendo en la Tierra miles de millones de años y seguirá mucho después de que los humanos nos extingamos. Apenas tenemos un instante de tiempo para deslumbrarnos e intentar entender todo lo posible del Universo. Y luego, desapareceremos. La vida continuará y quizá, dentro de miles de millones de años, otra especie pensante surgirá. ¿Se hará las mismas preguntas que nosotros? ¿Llegará a las mismas respuestas? ¿O descubrirá algo nuevo antes de extinguirse? La ciencia es una lección de humildad. Y creo, quizá ingenuamente, que el mundo sería un lugar mejor si todos fuéramos un poco científicos.
Los Kennedy están de nuevo en boca de todos, y esta vez no es porque Robert F. Kennedy Jr. haya recordado que esnifó cocaína de la tapa de un inodoro o que mató a un oso y abandonó su cuerpo en Central Park. Love Story, la comentada serie de Ryan Murphy que reconstruye la relación entre John Kennedy Jr. y Carolyn Bessette, fallecidos en un accidente de avioneta junto a la hermana de ella en 1999, tiene a la generación Z encandilada. Hace pocos días cundía la noticia de que uno de los abrigos de Carolyn se había vendido en subasta por 192.000 dólares. También que las fans reprochan a Calvin Klein que ya no produzca ropa como la de la época que la serie retrata. Y en el mes transcurrido desde su estreno han proliferado los artículos en revistas masculinas explicando cómo emular el estilo de John-John, así como los vídeos de influencers disfrazados de él y hasta concursos de imitadores.