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Hay dos ojos que han condicionado la vida de los venezolanos durante más de dos décadas. Unos ojos simbólicos, que estuvieron en las fachadas, en las camisetas, en las escaleras de la ciudad. Eran los ojos de Hugo Chávez: una mirada diseñada para sugerir autoridad, vigilancia, omnipresencia. Una mirada que, incluso después de su muerte en 2013, seguía allí, como si el poder no necesitara ya cuerpo, solo presencia. Hoy esos ojos apenas se perciben en las calles de Caracas, la capital de Venezuela. Su rastro se ha ido borrando en las fachadas como se diluyó el aura que envolvió al chavismo. Ahora parece que hay otros ojos. Otra mirada que no está pintada en muros, pero que atraviesa decisiones, expectativas, miedos. Una presencia no física, pero igual de implacable: la de Donald Trump. El país que fue observado desde dentro ahora se siente observado desde fuera. Y en ese cruce de miradas, Venezuela sigue viviendo como siempre: mientras tanto.


Si el opositor Leopoldo López, que pasó más de cinco años entre la prisión de Ramo Verde y el arresto domiciliario, tuviera que resumir el paso de María Corina Machado por Madrid, lo contaría “como una gran demostración de la fuerza que tiene la Venezuela que exige la salida del chavismo del poder”. Y si tuviera que elegir una frase, sería la que ella misma pronunció el pasado lunes durante un desayuno con empresarios: la de liderar “una gran alianza nacional que trasciende ideologías y posiciones doctrinarias”. En el fondo, lo que defienden López y Machado es lo que defienden todos los que quieren ver al chavismo fuera del Palacio de Miraflores. Pero en la Venezuela sin Nicolás Maduro, la forma sigue dividiendo a los opositores.
Durante meses el chavismo se preparó para morir, pero no para salir malherido. De todos los escenarios que se plantearon durante la ofensiva de Donald Trump contra Nicolás Maduro, que se lo llevasen vivo no estaba en los planes de nadie. “Yo en mi vida había agarrado una pistola, un fusil… y me preparé en estos meses para asumir cualquier situación que se presentara, pero no esta”, cuenta un miembro destacado del oficialismo. La dirigencia chavista estaba convencida de que Estados Unidos acabaría invadiendo Venezuela por tierra y bombardeando sitios estratégicos, y que entonces reaccionarían como auténticos soldados de la revolución. “Habríamos volado las refinerías y los campos petroleros”, dice. Pero los sorprendieron.


Los carteles se amontonan uno encima del otro en los tablones que hay alrededor de la Plaça Major de Badia del Vallès (Barcelona, 13.000 habitantes). Los hay del No a la guerra, de citas célebres de autores literarios e incluso denuncias sociales. Pero los vecinos comentan uno que llama a la población a acudir el sábado delante del Ayuntamiento para participar en el rodaje de una película sobre el municipio. “¡Huy si hay para contar!“, dice Carmen. Solo el nacimiento de Badia ya es peculiar. El municipio fue proyectado en la década de 1960 en el Instituto de la Vivienda franquista como una zona exclusivamente de vivienda de protección oficial (VPO) que debía para solventar la crisis habitacional que sufría el área de Barcelona. La localidad, a unos 12 kilómetros de la capital catalana, acaba de festejar que hace medio siglo llegaron sus primeros vecinos. Esos 50 años, sin embargo, debían suponer otro hito. Badia debía haber dejado atrás el pasado 6 de febrero de 2026 su pasado de polígono de VPO al liberar las últimas 1.216 viviendas protegidas que quedaban tras un proceso de descalificación que arrancó en 2023. Pero un mes antes, la Generalitat decidió que esos pisos iban a seguir siendo protegidos —y, por tanto, sin posibilidad de venderse a precio de mercado— al hallarse en zona una tensionada por la crisis de la vivienda, lo cual ha puesto a los vecinos en pie de guerra.
Se hace de noche en Long Beach, la playa que bordea Georgetown, la capital de Isla de Ascensión. En la orilla, algo se mueve. Una masa oscura y enorme emerge del oleaje con una lentitud que parece deliberada. Es una hembra de tortuga verde (Chelonia mydas), que puede llegar a medir 1,3 metros y pesar más de 150 kilos de peso, y que acaba de cruzar 2.300 kilómetros de océano abierto desde las costas de Brasil. Ha tardado seis semanas. En el camino no ha comido nada. Está volviendo a la misma playa en la que nació. Y ahora tiene un trabajo que hacer.

El 28 de abril de 2025 amaneció soleado y con temperaturas templadas en toda la península Ibérica. La demanda prevista de electricidad era reducida, unos 26 gigavatios (GW), y la oferta de generación más que suficiente para cubrirla. Nada hacía presagiar que, a partir de las 12.32, ajenos a lo que pudiera haber ocurrido, millones de consumidores se dirigirían al cuadro eléctrico de sus casas para comprobar el automático pues se habían quedado sin luz. El caos en el transporte no tardó en aparecer: muchos pasajeros se vieron atrapados en trenes sin suministro eléctrico o en vehículos que no podían avanzar ante semáforos apagados. Las industrias pararon su producción y la inmensa mayoría de los negocios tuvo que echar el cierre. Para mayor asombro de los usuarios, también los teléfonos móviles y los equipos informáticos dejaron de funcionar.
“Lo que más nos cuesta es delegar”, responden Jack McCollough (Tokio, 47 años) y Lazaro Hernandez (Miami, 46). Lo dicen casi al unísono y sin pensar cuando se les pregunta cómo ha cambiado su vida desde que son directores creativos de Loewe. Durante más de dos décadas, el dúo creativo tomó sus propias decisiones sin apenas contar con la opinión de terceros. Desde la pasada primavera lideran un emblema de la artesanía con centenares de empleados, entre artesanos, diseñadores, gestores, productores…, “y hay que decidir sobre cualquier pequeño detalle y dejar que los equipos también decidan, claro, porque al final muchos llevan más tiempo aquí que nosotros. Todo es más rápido y, a la vez, los procesos son más lentos, porque implican a mucha más gente”, explica McCoullough. Han tenido tanto trabajo desde que llegaron a París que les ha llevado casi ocho meses encontrar una casa. “Sabemos cuándo llegamos a la oficina pero nunca cuándo vamos a salir. Y solemos llegar temprano, ¿eh? Pero estamos disfrutando, porque es todo nuevo para nosotros”, dice Hernandez. Por ahora, no echan de menos Nueva York, aunque París tenga poco que ver con Fort Greene, el residencial pero moderno barrio de Brooklyn donde han vivido desde hace más de una década. “Los dos estábamos en un punto de cambio. Sabíamos que había llegado el momento de dar un paso diferente en nuestras vidas y se presentó esta oportunidad. Nos lo pensamos, por supuesto, pero nos lanzamos”, apunta Hernandez.
Pablo Sáez.
Juan Cebrián.
Andrey Sebaoun & Sebastien Bascle (Calliste Agency).
Beauïse Genç (Platform).
Jussi Vuorenlehto.
Cristina Serrano.
Giulia Bona & Pedro Aguilar de Dios (CAP Dept).
Federico Vinocur.
Paula Alcalde.
Alexandre Gimenez.

Lorenzo Mariani (61 años, Roma) no ha conocido otro oficio que el de la defensa. Tras más de tres décadas entre cazas, misiles y radares navales, acaba de alcanzar el puesto más alto de Leonardo, el gigante italiano de la aeronáutica, la electrónica militar y los sistemas de seguridad. Sin embargo, su nombramiento como consejero delegado, que deberá pasar por la junta de accionistas del 7 de mayo, ha irritado a no pocas figuras de la política italiana, sobre todo porque llega para relevar a Roberto Cingolani, un antecesor que en tres años quintuplicó el valor bursátil de la compañía. Mariani es, en la expresión de la prensa italiana, un prodotto interno de la galaxia Finmeccanica-Leonardo. Hijo de Aureliano, sanitario, y de Concetta Vicari, farmacéutica, creció en un entorno de clase media-alta profesional. Desde 1997 está casado con Alessandra Balzani. Ingeniero electrónico de formación, se licenció con la máxima calificación en 1990 por La Sapienza de Roma con una tesis sobre procesamiento de datos radar vía satélite. Un año después cumplió un breve periodo como oficial en la marina militar. En 2008 completó un máster en gestión y tecnología en el Imperial College London.
Cumplió el servicio militar como oficial de la Marina en Livorno, en el Instituto Mariteleradar. Se licenció primero de su promoción, tras especializarse en electrónica aplicada a la navegación y la defensa.
Cuando el 27 de febrero pasado Susan Wilkerson volvió de hacer los recados, no encontró a su marido, el ingeniero astronáutico y general retirado del ejército William McCasland, en su casa de Albuquerque (Nuevo México). Sí estaban sus gafas de ver y su teléfono. Faltaban su cartera, el revólver del .38 y las botas de monte. Han pasado 58 días, y sigue sin haber rastro de él.