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Este domingo, 26 de abril, se celebra el Día Internacional de la Propiedad Intelectual. Estos derechos, que han tenido y tienen que navegar a contracorriente, han sido, son y serán una conquista histórica, que no deberá caer en la inercia del algoritmo, sino en el crecimiento continuo de las obras nacidas del ingenio humano. Los derechos intelectuales, tomando como referencia el verso de Miguel Hernández, son como “el rayo que ni cesa ni se agota”. Son derechos vivos, en constante evolución y que forman parte del yo colectivo, es decir, del nosotros, que conforman un patrimonio material e inmaterial de los derechos de la creación y que redundan en el progreso cultural y social, sin importar la autopista de producción, distribución, formato, medio o dispositivo.

Mientras se estrecha el estrecho de Ormuz, el precio de la gasolina de 95 octanos supera al caviar beluga, las bolsas hacen sus montañas rusas, la burbuja inmobiliaria sube más que la Artemis 2 y la sombra de la inflación amenaza con helar la primavera, algunos de los mejores estrenos de series coinciden en el tema de la tiesura. Vienen las novedades cargadas de personajes carpantescos, sin suelo donde caerse muertos ni techo bajo el que morirse del asco. Pobres que se resignan a su pobreza o ricos convertidos en pobres que necesitan aparentar que siguen siendo ricos. O tipos que van tirando, al día, caminando de puntillas sobre el filo del abismo sin caer nunca en él, pero sin dar tampoco el salto tierra adentro que los salve de la caída.
Mientras que TVE ha dejado pasar cuatro meses para programar una serie en prime time, desde enero y hasta mediados de abril la corporación pública siempre ha tenido en emisión al menos un talent show de famosos compitiendo. Y La 1 ya anuncia otro de estos concursos: la segunda edición de Maestros de la costura Celebrity será el tercer programa de este tipo que la pública estrene en 2026. Además, está en el horno MasterChef Legends, segunda oportunidad para famosos que no ganaron. Este tipo de entretenimiento ha sido hasta ahora punto estratégico para la dirección con el objetivo de competir como iguales ante las privadas, pero ¿ha funcionado en audiencia? ¿Ha merecido la pena centrarse tanto en ver a famosos como Belén Esteban haciendo cosas?

La vista oral sobre el caso Kitchen ha sumado su tercera semana de sesiones. Aunque aún queda mucho camino por delante (no se prevé que acabe hasta finales de junio), casi 50 testigos han desfilado ya ante el tribunal de la Audiencia Nacional que enjuicia la operación activada en 2013 en el seno del Ministerio del Interior para espiar a Luis Bárcenas, a su familia y a su entorno. En estos días, los magistrados han podido escuchar, entre otros, al propio extesorero popular; a Mariano Rajoy, presidente del Gobierno y del PP durante el despliegue policial; y a María Dolores de Cospedal, antigua secretaria general del partido. Pero, también, a más de una veintena de agentes, que ofrecieron datos que refuerzan buena parte de la tesis de las acusaciones sobre la trama.

Probablemente, Sean Hepburn Ferrer (Lucerna, Suiza, 65 años) tenga razón en esas palabras que repite a todo el que quiera escucharle. Tanto que ahora las ha dejado por escrito, negro sobre blanco, en un libro: “[Mi madre] Nunca me hizo sentir como el hijo de una estrella de cine”. Su madre era nada menos que Audrey Hepburn, estrella de la era dorada de Hollywood, icono de estilo, adorada princesa del cine y reina de la cultura popular. Pero el hijo mayor de la actriz está muy lejos del oropel de la industria. Y eso que, durante la larga videollamada desde la buhardilla de su casa de Florencia, Ferrer recuerda y paladea un poquito de su vida más cercana al mundo del cine, de las calles a sus restaurantes favoritos de Los Ángeles. “Ese tailandés cruzando Cahuenga...”, rememora. El hijo de la ganadora del Oscar y del actor y director Mel Ferrer vivió 25 años en la ciudad californiana, entre la gestión del legado materno y su profesión como guionista y supervisor de guiones de cine. Ahora reside en Italia, sin trazas de regresar a un país que, en este momento, desprecia políticamente. Afirma que a su querida madre tampoco le gustaría, ni de lejos. “Diría: ‘Basta, he visto bastante’. Es inaceptable”.
Más de 100 días después del ataque de Estados Unidos a Venezuela, que propició la captura de Nicolás Maduro y su sustitución por Delcy Rodríguez, el país ofrece una imagen que durante años pareció inalcanzable: cierta apertura económica, señales de reactivación, instituciones que empiezan a moverse, menos miedo inmediato. Todo eso debe reconocerse, pero conlleva una advertencia: el trayecto hacia la normalidad no puede confundirse con el destino de una democracia. Sin un calendario rápido para unas elecciones libres, el peligro es que el régimen se eternice bajo otros nombres y ropajes.
De todas las sentencias, escritas o atribuidas a Antonio Gramsci, tal vez la más acorde a este tiempo en la economía mundial es aquella que decía: “El viejo mundo se muere, el nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos”. Estos son muchos y diversos. El mundo afronta una difícil transición entre el fin de la hegemonía del ideario neoliberal, identificado de forma más o menos precisa con aquel llamado Consenso de Washington, y un nuevo modelo que no acaba de configurarse. En el entreacto, han asomado los monstruos, un golpe al orden global que había regido desde la Segunda Guerra Mundial. Un grupo de economistas ha construido ahora una alternativa, que abraza al mismo tiempo el comercio global y a los sindicatos, que apoya el control de los déficits públicos pero resalta el papel del Estado en el capitalismo. Lo han llamado, con toda la intención, el Consenso de Londres.

Fue una Nochevieja de pesadilla. Yankuba Jaiteh, de 26 años, no la olvidará jamás. Iba en un cayuco que zarpó de Jinak (Gambia), con unas 250 personas a bordo, bajo el resplandor lejano de los fuegos artificiales de Banjul y que, una media hora después, chocaba contra un banco de arena. “Volcamos. La gasolina, mezclada con agua, nos abrasaba la piel. Sacamos nuestros teléfonos y empezamos a pedir ayuda. Pero tardaron horas en llegar, muchas mujeres y niños fallecieron ahogados”, asegura. En total sobrevivieron 94 personas que trataban de llegar a Canarias. El mar vomitó decenas de cadáveres, otros desaparecieron para siempre. En los últimos siete años, decenas de tragedias como esta han sobrecogido a Gambia, que se ha convertido en el principal punto de salida de cayucos hacia las islas españolas.


