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La noche que España ganó su primer Mundial en Sudáfrica ninguno de los futbolistas que ganaron el segundo estaba más cerca del lugar de la final del domingo que Rodrigo Hernández, mejor jugador del torneo, eslabón estilístico y fundamental entre las dos estrellas. El mediocentro madrileño se encontraba perdido en los bosques de Connecticut, un par de cientos de kilómetros al norte del estadio de Nueva Jersey donde levantó el trofeo después de apartar con gentileza a Trump de la foto.
Las victorias atraen miradas y la de ayer, exageradamente merecida, va a volver a poner al fútbol español en el centro de todos los análisis. La final de Nueva York es la culminación de un Mundial impecable, impoluto, progresivo. Dominado y perfecto. La segunda estrella va a hacer que el mundo, de nuevo, se ponga a estudiar el juego español con la esperanza de, en cuatro años, ser ellos, y no la Roja, quienes se coronen. De hacer y no sufrir lo que te hacen. Se van a intentar copiar los métodos en la formación, el trabajo en los clubes y el sistema de captación, pero el método de Las Rozas —igual que ocurre con el hacer en La Masia— ni se copia ni se exporta. Hay que mamarlo, hay que vivirlo. Paso a paso. Sin urgencias y, sobre todo, sin atajos.
Desde la noche del domingo, cada español lleva una crónica periodística dentro y hace lo que puede por publicarla. Como ese barrendero que nada más acabar el partido saludaba a los vecinos de una calle madrileña mientras recogía los contenedores con ademanes de danza clásica. O el treintañero que se fumaba un puro con sus amigos, sentado en una cafetería cercana a la Plaza de Alonso Martínez, y que llevaba al cuello la bandera con la cruz de Borgoña, a la que quizá ha dado uso para otro tipo de convocatorias. Está José Manuel, nacido hace casi 93 años en Las Palmas de Gran Canaria, que vivió con emoción la final de hace 16 años y sufrió con la de este 19 de julio, temiendo llegar a los penaltis, donde no se mostraba tan optimista como cuando arrancó el partido. Y está Julia, una española residente en Miami que quiso ver la final en casa con su marido porque no quería coincidir con muchos de sus vecinos argentinos, que tenían preparadas pantallas en las zonas comunes del edificio donde vive.
El fantasma del nacionalpopulismo ha irrumpido con fuerza en el sistema de partidos del independentismo bajo las siglas de Aliança Catalana (AC), y amenaza con consolidar en la sociedad y la política de Cataluña el mensaje de rechazo al extranjero y división entre ciudadanos de primera y segunda que ya está asentado en buena parte de los países europeos. En el último barómetro del CEO, el CIS catalán, publicado este mes, esta formación se situaba ya en la tercera posición en intención de voto. Si en las autonómicas de 2023 se estrenó con tan solo dos escaños, ahora podría pasar a 23 o 25, pisando los talones a Esquerra Republicana, que obtendría entre 24 y 26. La rapidez con la que AC aumentaría su representación resulta excepcional incluso en el contexto de Europa. La mayor fuga de votos la sufriría Junts, que en el mejor de los escenarios no pasaría de los 18 diputados. Es un terremoto que no solo impactará en el eje independentista. Si se sumase el resultado esperado de AC y el de Vox, las derechas radicales podrían llegar a representar casi un tercio del Parlament, unos niveles similares a la expectativa de voto que hoy tienen partidos de esta órbita en Alemania o en Francia. Existe una diferencia fundamental entre la versión catalana de la extrema derecha y la española que lidera Santiago Abascal, y es que la primera encarna un nacionalismo radical catalán, y la segunda, el español. Pero ambas comparten la retórica xenófoba, la fijación con la inmigración musulmana y un programa que, de aplicarse, llevaría a la destrucción de la convivencia democrática.
Hay una escena de los Diarios de Rafael Chirbes que me hiela el corazón cada vez que la leo. El escritor valenciano narra la desaparición del paisaje hortelano de su infancia, sustituido por grandes edificaciones y una maraña de corrupción, para, acto seguido, colocar la responsabilidad en su generación: “La de los que íbamos a transformar el mundo”, la del Mayo del 68 o, después, la Transición. Finalmente, sentencia, ya en tercera persona: “Son Saturnos. Se están comiendo a sus hijos entre dos rebanadas de cemento”. Chirbes, cuya clarividencia histórica es incuestionable, describe el legado dejado por los boomers como una retahíla de especulación inmobiliaria, desigualdad económica y destrucción medioambiental, a la vez que señala la traición de los ideales que alimentaron no pocas promesas de cambio.
La política también es puesta en escena. Y los detalles posteriores a la sentencia del TJUE sobre la amnistía ayudan a entender la realidad de la política catalana. Focos para Oriol Junqueras, porque al protagonismo de la ley del perdón le seguirán la condonación de parte de la deuda del FLA y avances en la nueva financiación. Ausencia de Carles Puigdemont en uno de los días señalados del verano, más calculador que nunca, pese al respaldo de la justicia europea. Y festejos socialistas con las referencias del Tribunal de Luxemburgo al contexto de “reconciliación”. Una victoria judicial compartida sin júbilo en la calle, pese a la robustez de la resolución de Europa, que ahora interpela a la judicatura española.
Hace unos días murió mi abuela. Mientras sostenía las llaves de su casa pensé algo que me avergonzó: por primera vez desde que soy adulta, podía imaginar un hogar propio. Tengo veintiséis años, una carrera, un máster y hago un doctorado mientras trabajo. Y nada de eso me había acercado tanto a una vivienda como una muerte. Hay algo que me cuesta aceptar sin sentir una mezcla de pudor y rabia: que una generación entera haya empezado a vincular la posibilidad de emanciparse, de tener un lugar donde vivir, no a su trabajo ni a su esfuerzo, sino a la muerte de quienes ama. Yo habría preferido otra historia. Una abuela viva y una casa donde invitarla a comer.
Karin Hindsbo (Gentofte, Dinamarca, 52 años) recibe en su pequeño despacho de la Tate Modern, dentro de la famosa central eléctrica de ladrillo situada a orillas del Támesis que, hace algo más de 25 años, se convirtió en uno de los grandes museos de arte del mundo. Sobria y seria, se sienta ante una hoja llena de apuntes y responde midiendo cada palabra. Solo se sale del guion al recordar su pasado grunge, a propósito de una exposición sobre los noventa que el museo inaugurará en otoño.