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El fantasma del nacionalpopulismo ha irrumpido con fuerza en el sistema de partidos del independentismo bajo las siglas de Aliança Catalana (AC), y amenaza con consolidar en la sociedad y la política de Cataluña el mensaje de rechazo al extranjero y división entre ciudadanos de primera y segunda que ya está asentado en buena parte de los países europeos. En el último barómetro del CEO, el CIS catalán, publicado este mes, esta formación se situaba ya en la tercera posición en intención de voto. Si en las autonómicas de 2023 se estrenó con tan solo dos escaños, ahora podría pasar a 23 o 25, pisando los talones a Esquerra Republicana, que obtendría entre 24 y 26. La rapidez con la que AC aumentaría su representación resulta excepcional incluso en el contexto de Europa. La mayor fuga de votos la sufriría Junts, que en el mejor de los escenarios no pasaría de los 18 diputados. Es un terremoto que no solo impactará en el eje independentista. Si se sumase el resultado esperado de AC y el de Vox, las derechas radicales podrían llegar a representar casi un tercio del Parlament, unos niveles similares a la expectativa de voto que hoy tienen partidos de esta órbita en Alemania o en Francia. Existe una diferencia fundamental entre la versión catalana de la extrema derecha y la española que lidera Santiago Abascal, y es que la primera encarna un nacionalismo radical catalán, y la segunda, el español. Pero ambas comparten la retórica xenófoba, la fijación con la inmigración musulmana y un programa que, de aplicarse, llevaría a la destrucción de la convivencia democrática.
Hay una escena de los Diarios de Rafael Chirbes que me hiela el corazón cada vez que la leo. El escritor valenciano narra la desaparición del paisaje hortelano de su infancia, sustituido por grandes edificaciones y una maraña de corrupción, para, acto seguido, colocar la responsabilidad en su generación: “La de los que íbamos a transformar el mundo”, la del Mayo del 68 o, después, la Transición. Finalmente, sentencia, ya en tercera persona: “Son Saturnos. Se están comiendo a sus hijos entre dos rebanadas de cemento”. Chirbes, cuya clarividencia histórica es incuestionable, describe el legado dejado por los boomers como una retahíla de especulación inmobiliaria, desigualdad económica y destrucción medioambiental, a la vez que señala la traición de los ideales que alimentaron no pocas promesas de cambio.
La política también es puesta en escena. Y los detalles posteriores a la sentencia del TJUE sobre la amnistía ayudan a entender la realidad de la política catalana. Focos para Oriol Junqueras, porque al protagonismo de la ley del perdón le seguirán la condonación de parte de la deuda del FLA y avances en la nueva financiación. Ausencia de Carles Puigdemont en uno de los días señalados del verano, más calculador que nunca, pese al respaldo de la justicia europea. Y festejos socialistas con las referencias del Tribunal de Luxemburgo al contexto de “reconciliación”. Una victoria judicial compartida sin júbilo en la calle, pese a la robustez de la resolución de Europa, que ahora interpela a la judicatura española.
Hace unos días murió mi abuela. Mientras sostenía las llaves de su casa pensé algo que me avergonzó: por primera vez desde que soy adulta, podía imaginar un hogar propio. Tengo veintiséis años, una carrera, un máster y hago un doctorado mientras trabajo. Y nada de eso me había acercado tanto a una vivienda como una muerte. Hay algo que me cuesta aceptar sin sentir una mezcla de pudor y rabia: que una generación entera haya empezado a vincular la posibilidad de emanciparse, de tener un lugar donde vivir, no a su trabajo ni a su esfuerzo, sino a la muerte de quienes ama. Yo habría preferido otra historia. Una abuela viva y una casa donde invitarla a comer.

La huella de Roma en España es mucho más extensa que los monumentales vestigios en Mérida, Segovia, Santiponce (Sevilla), Tarragona, Cartagena o Lugo, entre otros. El Imperio dejó semillas en centenares de pueblos diseminados por toda la geografía española que configuran gran parte de la sociedad actual. “Es una civilización que va mucho más allá del circo, las fieras y las orgías”, ironiza el investigador y director de Clunia Sulpicia (Peñalba de Castro, Burgos), Miguel Ángel de la Iglesia, en referencia a los estereotipos más indelebles de Roma. Pueblos que hoy conforman la conocida como España vaciada fueron hace 2.000 años centros administrativos, económicos, culturales y sociales fundamentales para el Imperio. Ahora, estas localidades, algunas con menos de un centenar de habitantes, se aferran a este glorioso pasado para recuperarlo como motor de desarrollo, más allá de los festivales.


Karin Hindsbo (Gentofte, Dinamarca, 52 años) recibe en su pequeño despacho de la Tate Modern, dentro de la famosa central eléctrica de ladrillo situada a orillas del Támesis que, hace algo más de 25 años, se convirtió en uno de los grandes museos de arte del mundo. Sobria y seria, se sienta ante una hoja llena de apuntes y responde midiendo cada palabra. Solo se sale del guion al recordar su pasado grunge, a propósito de una exposición sobre los noventa que el museo inaugurará en otoño.
En los museos, la prohibición de tocar no es únicamente una norma; es una forma de interactuar con el espacio expositivo. El 17 de marzo, en el Museo Cappella Sansevero de Nápoles, esa relación se modificó, aunque fuera de manera puntual. En el interior del espacio que protege el Cristo Velado —la escultura realizada por Giuseppe Sanmartino en 1753, conocida por la precisión técnica de su sudario—, un grupo de visitantes ciegos o con baja visión accedió mediante un protocolo excepcional: la barrera fue retirada.
“El barrio de Salamanca es un manifiesto político. Una concreción urbanística del proyecto liberal”. Así comienza este atípico libro, a medio camino entre la crónica y el ensayo, dedicado a una calle del Madrid señorial algo menos célebre que la Gran Vía: Ortega y Gasset, antes llamada Lista.
