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El gran favor que la FIFA le hizo a Argentina en este siglo nadie suele recordarlo. Durante cuatro partidos y seis meses, entre noviembre de 2001 y abril de 2002, la Albiceleste dejó de utilizar la camiseta número 10 como tributo a Diego Maradona, que a fines de 2001 acababa de jugar su partido de despedida. La medida intentaba ser definitiva, también aplicable a las selecciones juveniles argentinas, como si en el montañismo se anunciara el cierre de las rutas de escalada al Everest. “Sacar el número 10 es un homenaje a un jugador irrepetible, el más grande futbolista argentino de todos los tiempos, razones suficientes para un gesto generoso”, interpretó Diego Simeone, entonces jugador de la Albiceleste, sobre la decisión tomada por la Asociación del Fútbol Argentino (AFA).
Cuando, en los años noventa, Spencer Tunick comenzaba su carrera, en Nueva York, a diferencia de otros lugares de Estados Unidos, se permitía fotografiar desnudos en las calles, siempre que fuera con fines artísticos. De ese modo, él aprovechaba las primeras horas del día, cuando la ciudad se estaba desperezando y las calles aún seguían vacías, para tomar sus retratos de personas sin ropa, por entonces individuales. Foto a foto, fue acopiando contactos de “camareros o trabajadores de videoclubes”, hasta que un día acumuló en su agenda más de 70 teléfonos. “Entonces pensé: me va a llevar la vida fotografiar a toda esta gente, así que decidí invitarlos a posar todos a la vez”, explica el fotógrafo en una videollamada desde esa misma ciudad, donde reside con su familia.


Ahora que todos volvemos a leer a Hannah Arendt, es necesario mencionar que la idea central de su pensamiento político es la de “nacimiento”: la del comienzo como matriz generadora de historias imprevisibles que se trenzan en un tejido común. “A pesar de que todo el mundo comienza su propia historia, al menos la historia de su propia vida, nadie es su autor o su productor”, dice Arendt en La condición humana, recordando que la existencia siempre nos viene dada y siempre se inscribe en un mundo preconstituido que, sin embargo, gracias a esa novedad puede ser transformado. A Arendt le importaba mucho insistir en el “nacimiento” como lo más decisivo de la vida humana, y ello en clara ruptura con su maestro y amante Martin Heidegger, al que guardó hasta el final una fidelidad pugnaz. Nada resume mejor esta ruptura con el existencialismo (y su ser-para-la-muerte) que esta breve entrada de sus Diarios filosóficos: “Parece como si los hombres desde Platón no hayan podido tomar en serio el hecho de haber nacido, y solo se hayan tomado en serio el hecho de tener que morir”. Esa obsesión por la muerte y la inmortalidad, tan dominante hoy en la ideología de los tenebrosos tecnobros de Sillicon Valley, olvida, en efecto, la importancia política y filosófica del nacimiento. Si la “gran decisión de la filosofía contemporánea” es la disyuntiva entre el Ser y la Tierra, según la última obra del profesor Villacañas, no cabe duda que el énfasis natalicio de Arendt es una clara apuesta por la Tierra frente al Ser.
De la interminable apoteosis balompédica no sé qué llevo peor: a los moralistas chuscos que usan cada mínimo gesto de decencia para explicar obviedades como que todos los españoles son españoles, a los científicos del soccer, que quieren hacernos creer que el concepto “fuera de juego” es inasible o a los filósofos de dos pesetas que sostienen que el fútbol es un Aleph que contiene absolutamente todo, cuando en realidad se deja tantísimo fuera. Una rosa es una rosa y un fife, un fife. ¿Pueden ellos diferenciar una falda cortada al biés de una cortada al hilo? ¿Saben cómo se quitan las manchas de sangre de los tejidos blancos? ¿Cómo se titula el quinto disco de Madonna? No necesito que un analista, un coach o un periodisteta —periodista poeta— me expliquen con prosa engolada los motivos por los que la noche del domingo me desgarré las amígdalas viendo un juego que generalmente me despierta cero unidades de interés. Ni por qué lo hice vestida de rojo y rodeada de mis amigos homosexuales. Ellos no son rencorosos, a pesar de que sus homófobos profesores de gimnasia les humillasen por tener pluma en los penaltis. Yo, en cambio, no me olvido de que Oliver y Benji eran, además de magos del balón, unos misóginos de tomo y lomo. Ni de todos los recreos que pasé ensayando coreografías de divas pop en un espacio vergonzosamente mínimo porque el patio estaba reservado para los verdaderos campeones. Unidos por la furia, mis colegas y yo estuvimos toda la final cosificando a los jugadores, voceándoles piropos de esos que los hombres ya no le pueden decir a las mujeres. Los futbolistas, mientras, se pegaban empujones violentos. Si acaso, que nos expliquen si funciona el grito primal, esa técnica psicoterapéutica desarrollada en los años setenta por Arthur Janov que consiste en revivir y liberar el dolor reprimido mediante un alarido instintivo y profundo. Por él me duele a mí ahora la garganta. A veces no queda otra que dejarse llevar. Y eso lo entiende cualquier imbécil.
Adam Mosseri, CEO de Instagram, anunció el 4 de junio que los usuarios que paguen 2,99 euros al mes tendrán acceso a Instagram Plus, una suscripción mensual entre cuyas funciones exclusivas existe la búsqueda que permite saber rápidamente si una persona específica vio un story. Para comprender el porqué de esta función es necesario habere tenido alguna vez entre los seguidores un interés romántico, bien sea una expareja, un amante o un crush. Porque como dice una usuaria, “Subir stories sin tener un crush es como trabajar sin cobrar”. “POV (Punto De Vista): estás tan soltero que ya no tienes ni que buscar quién mira tus stories”, dice otro usuario. Dos pruebas irrefutables de que subir contenido destinado a enganchar a una persona concreta es tan habitual que Mosseri y su equipo han decidido sacar partido.
Si Los amantes del Pont-Neuf nunca hubiera terminado de rodarse, como parecía su destino, hoy sería una leyenda. Se habrían estrenado documentales sobre la gran obra frustrada, se habrían escrito libros, y los cinéfilos la habrían construido en su cabeza con la precisión que acaba adquiriendo toda fantasía compartida. Pero de las muchas cosas increíbles que hay alrededor de ella, la más increíble es su propia existencia, que estuvo amenazada durante los casi tres años que duró un rodaje a trompicones. Hasta su autenticidad es pura ilusión, una ilusión por otra parte carísima: lo que debía ser una película de arte y ensayo de ínfimo presupuesto terminó convertido en una película de arte y ensayo de presupuesto faraónico.
A Ferran Torres parecía que lo había devorado el meme. No importaba que hubiera terminado la temporada como uno de los goleadores del Barcelona ni que todos sus entrenadores hubieran confiado en él. Guardiola contó con él en el City. Xavi Hernández y Hansi Flick lo mimaron en el Camp Nou. Lo mismo ocurrió en la selección española. Que se lo pregunten a Luis Enrique. Y también a Luis de la Fuente. “He sido muy criticado a lo largo del Mundial, pero el destino estaba escrito”, dijo Ferran. Su destino era marcar el gol de todos, como ya había hecho Andrés Iniesta en Sudáfrica. “Es el de 47 millones de personas. No es mío ni de los que estamos hoy aquí”, añadió el delantero valenciano todavía sobre el césped del estadio de Nueva Jersey. Era el héroe de España. Será, entonces, que nunca fue un meme.
La noche que España ganó su primer Mundial en Sudáfrica ninguno de los futbolistas que ganaron el segundo estaba más cerca del lugar de la final del domingo que Rodrigo Hernández, mejor jugador del torneo, eslabón estilístico y fundamental entre las dos estrellas. El mediocentro madrileño se encontraba perdido en los bosques de Connecticut, un par de cientos de kilómetros al norte del estadio de Nueva Jersey donde levantó el trofeo después de apartar con gentileza a Trump de la foto.
Las victorias atraen miradas y la de ayer, exageradamente merecida, va a volver a poner al fútbol español en el centro de todos los análisis. La final de Nueva York es la culminación de un Mundial impecable, impoluto, progresivo. Dominado y perfecto. La segunda estrella va a hacer que el mundo, de nuevo, se ponga a estudiar el juego español con la esperanza de, en cuatro años, ser ellos, y no la Roja, quienes se coronen. De hacer y no sufrir lo que te hacen. Se van a intentar copiar los métodos en la formación, el trabajo en los clubes y el sistema de captación, pero el método de Las Rozas —igual que ocurre con el hacer en La Masia— ni se copia ni se exporta. Hay que mamarlo, hay que vivirlo. Paso a paso. Sin urgencias y, sobre todo, sin atajos.
La historia empezó mal, imposible negarlo. Un Mundial en los EE UU de Donald Trump dividido en tres sedes. Centros comerciales convertidos en estadios. Una infinidad de partidos intrascendentes, goleadas absurdas. Un hedor a corrupción, a pollo frito y a hamburguesa descongelada en la parrilla más intenso que nunca. Italia, otra vez fuera. Pero como ocurre siempre con los asuntos del corazón, el balón comenzó a rodar y la serotonina y algunos elementos inesperados terminaron convirtiendo esta Copa del Mundo en un asunto bastante divertido y altamente didáctico en cuestiones geopolíticas para los habitantes del futuro. Al final, no nos engañemos, nos gusta demasiado esto como para empeñarnos en boicotear cuatro placeres culpables que quedan.