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Karin Hindsbo (Gentofte, Dinamarca, 52 años) recibe en su pequeño despacho de la Tate Modern, dentro de la famosa central eléctrica de ladrillo situada a orillas del Támesis que, hace algo más de 25 años, se convirtió en uno de los grandes museos de arte del mundo. Sobria y seria, se sienta ante una hoja llena de apuntes y responde midiendo cada palabra. Solo se sale del guion al recordar su pasado grunge, a propósito de una exposición sobre los noventa que el museo inaugurará en otoño.
Adam Mosseri, CEO de Instagram, anunció el 4 de junio que los usuarios que paguen 2,99 euros al mes tendrán acceso a Instagram Plus, una suscripción mensual entre cuyas funciones exclusivas existe la búsqueda que permite saber rápidamente si una persona específica vio un story. Para comprender el porqué de esta función es necesario habere tenido alguna vez entre los seguidores un interés romántico, bien sea una expareja, un amante o un crush. Porque como dice una usuaria, “Subir stories sin tener un crush es como trabajar sin cobrar”. “POV (Punto De Vista): estás tan soltero que ya no tienes ni que buscar quién mira tus stories”, dice otro usuario. Dos pruebas irrefutables de que subir contenido destinado a enganchar a una persona concreta es tan habitual que Mosseri y su equipo han decidido sacar partido.
Cuando una amiga le pasó a Marina una publicación de redes sociales de su psicóloga hablando de un caso sospechosamente parecido al suyo, le dio un vuelco el corazón. No había datos personales, pero Marina se sintió reconocida en las palabras de su terapeuta, y el hecho de que su amiga se lo hubiera enviado no hacía más que confirmar que su percepción estaba fundada. “Me sentí expuesta, no solo porque era como si estuviera contando mi historia, sino porque además los comentarios estaban llenos de gente opinando”, asegura ella, que contactó de inmediato con su psicóloga pidiéndole explicaciones y que borrara el vídeo. “Me dijo que no había datos identificativos y que era legal, pero que sentía cómo me había sentido. No borró la publicación”, lamenta. Marina decidió no seguir su proceso con esa terapeuta y buscó otra “que no tuviera redes”.
De nuevo, la pelota fue el instrumento de distinción en un Mundial. Los equipos que mejor la trataron y qué mejor supieron qué hacer con ella fueron los que brillaron, independientemente del tiempo que la tuvieron. España con un 60% de posesión se coronó bicampeona del mundo, pero Alemania y Turquía que la superaron (65% ambas) no llegaron ni a octavos de final. Las utópicas Cabo Verde (36%) y República Democrática del Congo (39%) escribieron capítulos épicos porque, además de defender bien, supieron armar contragolpes con la precisión que demanda un juego que consiste en pasarse bien la pelota, ya sea en largo o en corto.
Las victorias atraen miradas y la de ayer, exageradamente merecida, va a volver a poner al fútbol español en el centro de todos los análisis. La final de Nueva York es la culminación de un Mundial impecable, impoluto, progresivo. Dominado y perfecto. La segunda estrella va a hacer que el mundo, de nuevo, se ponga a estudiar el juego español con la esperanza de, en cuatro años, ser ellos, y no la Roja, quienes se coronen. De hacer y no sufrir lo que te hacen. Se van a intentar copiar los métodos en la formación, el trabajo en los clubes y el sistema de captación, pero el método de Las Rozas —igual que ocurre con el hacer en La Masia— ni se copia ni se exporta. Hay que mamarlo, hay que vivirlo. Paso a paso. Sin urgencias y, sobre todo, sin atajos.
La historia empezó mal, imposible negarlo. Un Mundial en los EE UU de Donald Trump dividido en tres sedes. Centros comerciales convertidos en estadios. Una infinidad de partidos intrascendentes, goleadas absurdas. Un hedor a corrupción, a pollo frito y a hamburguesa descongelada en la parrilla más intenso que nunca. Italia, otra vez fuera. Pero como ocurre siempre con los asuntos del corazón, el balón comenzó a rodar y la serotonina y algunos elementos inesperados terminaron convirtiendo esta Copa del Mundo en un asunto bastante divertido y altamente didáctico en cuestiones geopolíticas para los habitantes del futuro. Al final, no nos engañemos, nos gusta demasiado esto como para empeñarnos en boicotear cuatro placeres culpables que quedan.
Desde la noche del domingo, cada español lleva una crónica periodística dentro y hace lo que puede por publicarla. Como ese barrendero que nada más acabar el partido saludaba a los vecinos de una calle madrileña mientras recogía los contenedores con ademanes de danza clásica. O el treintañero que se fumaba un puro con sus amigos, sentado en una cafetería cercana a la Plaza de Alonso Martínez, y que llevaba al cuello la bandera con la cruz de Borgoña, a la que quizá ha dado uso para otro tipo de convocatorias. Está José Manuel, nacido hace casi 93 años en Las Palmas de Gran Canaria, que vivió con emoción la final de hace 16 años y sufrió con la de este 19 de julio, temiendo llegar a los penaltis, donde no se mostraba tan optimista como cuando arrancó el partido. Y está Julia, una española residente en Miami que quiso ver la final en casa con su marido porque no quería coincidir con muchos de sus vecinos argentinos, que tenían preparadas pantallas en las zonas comunes del edificio donde vive.
Durante una década y media, Hungría fue el campo de pruebas de lo que su primer ministro, Viktor Orbán, bautizó como “democracia iliberal”. Era un sistema autoritario en las formas, ultraconservador en su ideología, y antieuropeísta y prorruso en la política exterior. Partidos como Vox en España y toda una constelación de grupos nacionalistas de derechas de Europa y Estados Unidos buscaron inspiración, ideas y también financiación en el pequeño país de menos de 10 millones de habitantes. Las elecciones del pasado abril demostraron que Orbán no sería eterno. Era posible derrotarlo. Lo sucedido desde que Péter Magyar llegó al cargo y puso en marcha una batería de iniciativas para devolver al país al Estado de derecho encierra una enseñanza valiosa. Budapest muestra que existe un método para desmontar todo el andamiaje de intereses y corrupción que parecía inamovible, un modelo húngaro para poner fin a los regímenes iliberales.
Hay una escena de los Diarios de Rafael Chirbes que me hiela el corazón cada vez que la leo. El escritor valenciano narra la desaparición del paisaje hortelano de su infancia, sustituido por grandes edificaciones y una maraña de corrupción, para, acto seguido, colocar la responsabilidad en su generación: “La de los que íbamos a transformar el mundo”, la del Mayo del 68 o, después, la Transición. Finalmente, sentencia, ya en tercera persona: “Son Saturnos. Se están comiendo a sus hijos entre dos rebanadas de cemento”. Chirbes, cuya clarividencia histórica es incuestionable, describe el legado dejado por los boomers como una retahíla de especulación inmobiliaria, desigualdad económica y destrucción medioambiental, a la vez que señala la traición de los ideales que alimentaron no pocas promesas de cambio.
Voz, destellos, modulaciones, melodía; la claridad del agua, de la luz; fluidez deslizante; así sentí la lengua persa la primera vez que llegó a mis oídos. Fue a finales de 1990, cuando por azar entré en un teatro de Madrid donde esperaba ver a José Luis Gómez y me hallé en un concierto de música persa clásica. Al poco de escuchar lo que se me ofrecía, contrapuse el hecho a las palabras de María Zambrano “la música sostiene en el abismo a la palabra”. No, en este caso la palabra sostenía a la música. Y me dije: “Acontece como las ondas de agua en torno al preciso lugar en que la piedra la cruza al caer, remite al centro: va a albergarse en otro interior”.