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“El dinero nunca duerme”, sentenciaba el codicioso Gordon Gekko en Wall Street (1987). Con Bolsas como las de Nueva York, Nasdaq o Corea del Sur estudiando ampliar sus horarios a imagen y semejanza de los mercados de criptoactivos, la imagen cobra sentido más que nunca, si bien es en periodos estivales como el actual cuando la menor actividad de los mercados puede llegar a ir de la mano de capítulos de mayor volatilidad y sobrerreacción de los inversores.
Ya han caído las dos piezas de caza mayor. Pero Washington no se conforma. Las cadenas perpetuas para Joaquín El Chapo Guzmán e Ismael El Mayo Zambada -confirmada esta última el lunes por un tribunal de Nueva York- que ambos cumplirán en centros de Estados Unidos no suponen el final del camino de la lucha contra el narcotráfico en México y sus conexiones con políticos corruptos. Son, acaso, un hito sobre el que la Administración de Donald Trump quiere seguir avanzando. Así lo dejó claro el lunes Terrance Cole, director de la agencia antinarcóticos estadounidense (DEA) frente al juzgado de Brooklyn que minutos antes había sentenciado a Zambada a pasar el resto de sus 76 años entre rejas, así como al decomiso de 15.000 millones de dólares para resarcir a las víctimas de décadas de contrabando de cocaína, heroína y fentanilo.

El último rastro de Félix Tovar, de 70 años, está en una compra que hizo con su tarjeta de débito en la panadería La Almendrina, en Playa Grande, a las 5:31 de la tarde del 24 de junio, media hora antes de que dos terremotos sacudieran La Guaira y Caracas. La geolocalización de su teléfono lo ubica por última vez en la acera de enfrente al negocio donde podía haberse estado tomando un café y meditando un rato. Estaría en los alrededores de la entrada del enorme Hotel Marriot que, como la panadería, quedó colapsada tras los sismos de magnitud 7,2 y 7,5 que han profundizado la crisis humanitaria en Venezuela.


He tenido la suerte de compartir con David Lucas, que falleció ayer, casi los tres últimos años de nuestras vidas. No exagero al decir que hablábamos todos los días, a cualquier hora, y que, cuando coincidíamos en el Ministerio, pasaba varias veces por mi despacho. Era su manera de entender la política: con una entrega total, una disponibilidad permanente y una implicación que trascendía cualquier horario.
Fuera del terreno de juego pasa desapercibido. Discreto, abraza la normalidad desde sus orígenes, desde la carpintería de su bisabuelo que regenta su padre en el Estanyol (Girona), su pueblo de menos de 200 habitantes. Pero sobre el césped logra lo excepcional. Pau Cubarsí tiene 19 años y un aspecto que sigue pareciendo de alevín. Ese contraste, entre lo que aparenta y lo que ha alcanzado, es la mejor forma de entender su Mundial. “Estamos ante un central que puede marcar una época”, asegura a EL PAÍS Jordi Roura, exresponsable del fútbol base del Barça y quien fichó al joven futbolista.
La historia empezó mal, imposible negarlo. Un Mundial en los EE UU de Donald Trump dividido en tres sedes. Centros comerciales convertidos en estadios. Una infinidad de partidos intrascendentes, goleadas absurdas. Un hedor a corrupción, a pollo frito y a hamburguesa descongelada en la parrilla más intenso que nunca. Italia, otra vez fuera. Pero como ocurre siempre con los asuntos del corazón, el balón comenzó a rodar y la serotonina y algunos elementos inesperados terminaron convirtiendo esta Copa del Mundo en un asunto bastante divertido y altamente didáctico en cuestiones geopolíticas para los habitantes del futuro. Al final, no nos engañemos, nos gusta demasiado esto como para empeñarnos en boicotear cuatro placeres culpables que quedan.
El gran favor que la FIFA le hizo a Argentina en este siglo nadie suele recordarlo. Durante cuatro partidos y seis meses, entre noviembre de 2001 y abril de 2002, la Albiceleste dejó de utilizar la camiseta número 10 como tributo a Diego Maradona, que a fines de 2001 acababa de jugar su partido de despedida. La medida intentaba ser definitiva, también aplicable a las selecciones juveniles argentinas, como si en el montañismo se anunciara el cierre de las rutas de escalada al Everest. “Sacar el número 10 es un homenaje a un jugador irrepetible, el más grande futbolista argentino de todos los tiempos, razones suficientes para un gesto generoso”, interpretó Diego Simeone, entonces jugador de la Albiceleste, sobre la decisión tomada por la Asociación del Fútbol Argentino (AFA).

Ahora que todos volvemos a leer a Hannah Arendt, es necesario mencionar que la idea central de su pensamiento político es la de “nacimiento”: la del comienzo como matriz generadora de historias imprevisibles que se trenzan en un tejido común. “A pesar de que todo el mundo comienza su propia historia, al menos la historia de su propia vida, nadie es su autor o su productor”, dice Arendt en La condición humana, recordando que la existencia siempre nos viene dada y siempre se inscribe en un mundo preconstituido que, sin embargo, gracias a esa novedad puede ser transformado. A Arendt le importaba mucho insistir en el “nacimiento” como lo más decisivo de la vida humana, y ello en clara ruptura con su maestro y amante Martin Heidegger, al que guardó hasta el final una fidelidad pugnaz. Nada resume mejor esta ruptura con el existencialismo (y su ser-para-la-muerte) que esta breve entrada de sus Diarios filosóficos: “Parece como si los hombres desde Platón no hayan podido tomar en serio el hecho de haber nacido, y solo se hayan tomado en serio el hecho de tener que morir”. Esa obsesión por la muerte y la inmortalidad, tan dominante hoy en la ideología de los tenebrosos tecnobros de Sillicon Valley, olvida, en efecto, la importancia política y filosófica del nacimiento. Si la “gran decisión de la filosofía contemporánea” es la disyuntiva entre el Ser y la Tierra, según la última obra del profesor Villacañas, no cabe duda que el énfasis natalicio de Arendt es una clara apuesta por la Tierra frente al Ser.