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Retirar provisionalmente el derecho de voto a una generalidad de personas siempre es delicado en una democracia. De hecho, no cuenta con precedentes la decisión de la sala tercera del Tribunal Supremo, como admite el mismo auto, de suspender cautelarmente la inscripción en el censo electoral de los nacionalizados por la llamada ley de nietos.
En los años más intensos de la crianza de mis hijos a menudo me preguntaba: ¿qué espera el mundo que haga con ellos? ¿Que los meta en una taquilla y los vaya a buscar cuando ya estén crecidos? Porque el sistema económico en el que vivimos y las dinámicas sociales imperantes parece que cuentan con eso: con que las madres vivamos ese servicio fundamental a la especie que es la reproducción como si fuera un catarro, una fiebre pasajera que al “curarse” nos dejará libres para regresar a la cadena de producción. No hay tiempo que perder, no hay energía que desperdiciar, lo primero es el trabajo. Que estés creando un nuevo ser humano: eso no es nada, es cosa de mujeres. Que en ello pongas el cuerpo entero, que se movilicen resortes biológicos que parecen superpoderes, que en ello te juegues literalmente la vida, todo se paga con el módico precio de unas cuantas semanas de baja por maternidad. Que ahora son iguales a las que tiene el padre de la criatura a pesar de que las seis primeras semanas de la madre son de baja médica (ya saben, lo de que se te abra la pelvis para que salga una cabeza humana, lo de estar sangrando cuarenta días después del parto, lo de empezar a fabricar alimento las 24 horas del día) y, por lo tanto, con la equiparación de permisos lo que se consiguió fue que nosotras tengamos menos derechos que el progenitor inseminador. Es solo un ejemplo de cómo buscar la igualdad absoluta entre hombres y mujeres se acaba convirtiendo en discriminación machista, dado que, evidentemente, no somos iguales biológicamente hablando. Y no tener en cuenta la diferencia sexual acaba siendo tan perjudicial como legitimar la estructura patriarcal de dominación sexista sobre la base de esa diferencia de fábrica. El trabajo de Carme Valls sobre las implicaciones que esto tiene en los problemas de salud demuestra que no basta con que nos vean como iguales, cuando másculo sigue siendo sinónimo de universal.
Este verano sin serpientes pero con incendios, eclipses, invasiones y áticos todavía nos va a deparar otro asunto asombroso. El Gran Premio de España de Fórmula 1 se celebra en Madrid ya mismo en un circuito semiurbano construido en un entorno residencial y terciario, una zona para ferias y congresos pero también llena de oficinas y casas.

Hace 25 años el mundo torció el rumbo. El siglo empezaba con la llegada en 2000 de dos nuevos presidentes en EE UU y Rusia, las dos potencias militares de entonces. Pero el 11 de septiembre de 2001 quebró, en particular, la trayectoria de estas dos potencias —y también de una emergente China— cuyos caminos divergentes explican buena parte del orden geopolítico fracturado en que vivimos hoy. Todos recordamos dónde estábamos aquel día; en nuestro caso, uno en Crimea y el otro en Jartum, atónitos pero ajenos a que acabábamos de presenciar el principio de una nueva era.
En Un juicio de piedra, la exitosa novela de Ruth Rendell, una criada mata a toda la familia para la que trabaja cuando descubren que no sabe leer ni escribir. Hubo un tiempo en el que el analfabetismo absoluto se vivía como una vergüenza insoportable. Quizá por eso durante el siglo veinte tuvieron tanto éxito los programas de alfabetización. Participé en varios durante algunos años y no he olvidado las caras de placer de los estudiantes al verse capaces de juntar una letra con otra. Recitaban el abecedario como si fuera un cuento (quizá lo sea) y acababan enfrentándose a la página escrita, cuando ya eran capaces de descifrarla, como el que abre una puerta a otra dimensión de la realidad (y eso es lo que es). Tras escapar del analfabetismo absoluto, la gente, empeñada en entender lo que leía, se enfrentaba al funcional, de ahí el extraordinario éxito de las enciclopedias, exhibidas con orgullo en los salones de las casas.
Lo que tienen de bueno los escritores es su habilidad para transmitir a las palabras las ideas, los sentimientos y las emociones que el resto de los mortales no conseguimos expresar de ninguna manera, o de manera harto pobre, banal, abundando en lugares comunes. Viene esto a cuento a propósito de la crisis de Ceuta y de lo que significa la política. Richard Ford trata de este último asunto en un breve libro que se publicó hace poco, En palabras sencillas (Feltrinelli), donde se pregunta si es “un escritor político” y lo hace tomando en consideración sus primeras novelas. La cita que abre el volumen es de Stendhal: “La política en medio de una obra literaria es un pistoletazo en medio de un concierto, una zafiedad a la que, sin embargo, no se le puede negar atención”.

EL PAÍS puso en marcha en 2018 una investigación de la pederastia en la Iglesia española y tiene una base de datos actualizada con todos los casos conocidos. Si conoce algún caso que no haya visto la luz, nos puede escribir a: abusos@elpais.es. Si es un caso en América Latina, la dirección es: abusosamerica@elpais.es.


“¡Puede haber personas atrapadas en el fuego!”, vocifera el jefe de los bomberos, entre el calor y con hidroaviones volando por un espacio natural protegido de Nea Makri (Grecia). Hay que avanzar con cuidado y velocidad entre la selva de pinos, desplegar las mangueras y atender a un compañero herido. Varios brigadistas empapan la zona mientras otros lo trasladan en camilla. El coronel teniente Vasileios Bikas, el máximo responsable del servicio griego de bomberos, se acerca y juzga: “Está bien… solo necesita una cerveza”. Risas. Así concluye el simulacro en el que bomberos rumanos han practicado cómo reaccionar ante incendios como los gravísimos que sacuden cada verano al sur de Europa.





En 2015, uno de cada diez alumnos de 15 años en España tenía origen migrante. Una década más tarde, su peso casi se ha doblado y representan uno de cada cinco. Su número ha aumentado un 85%, más del doble de lo que lo ha hecho en el conjunto del mundo desarrollado. El Informe PISA, de donde proceden los datos, subraya que la diversidad en las aulas no supone en sí misma un problema. Pero sí implica, añade, un reto, tanto para los propios chavales como para los sistemas educativos que los acogen, debido a que la “condición de migrante suele coincidir con otros factores de vulnerabilidad”, como la socioeconómica, y a que muchos hablan en casa una lengua distinta a la de la escuela. Dentro de España, apuntan los responsables del estudio, el factor lingüístico hace más exigente su incorporación en las comunidades autónomas con idioma cooficial.