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El Gobierno pretende que en España se fume cada vez en menos lugares. El proyecto de ley del tabaco aprobado esta semana por el Consejo de Ministros amplía los espacios sin humo a las terrazas, las playas, las piscinas de uso colectivo y otros espacios al aire libre, endurece las restricciones sobre los cigarrillos electrónicos y eleva la protección de los menores. La reforma, que todavía deberá superar la tramitación parlamentaria, llega espoleada por la inercia de un consumo que está en mínimos históricos y que empuja a seguir desincentivándolo. Pese a ello, Hacienda recauda casi como nunca por la venta de estos productos. En 2025, ingresó más de 7.300 millones de euros, una cifra levemente inferior a la registrada 15 años antes, cuando se anotó el récord histórico.
La irrupción de la inteligencia artificial está transformando el trabajo, aunque el principal riesgo no reside tanto en la sustitución del empleado como en la pérdida de competitividad de las empresas que no logren adaptarse. Para muchos analistas, la amenaza ya no es que la máquina reemplace la mano de obra, sino que muchos modelos de negocio queden fuera de juego por su incapacidad para incorporar tecnologías que mejoran costes, salarios y eficiencia. En este contexto, la cualificación de un solo profesional deja de ser suficiente. Un profesional puede tener una buena formación y una elevada especialización, pero si trabaja en una organización que no integra la nueva tecnología en sus procesos, su capacidad para generar valor añadido se reduce frente a otros rivales que ya han incorporado estas herramientas informáticas.
La extraña terapia a la que se estaba sometiendo la familia Andic antes de la muerte del padre, Isak, se ha colocado en el centro del proceso judicial que investiga al primogénito, Jonathan Andic, como presunto autor de la muerte de su padre durante una excursión a la montaña de Montserrat (Barcelona). Para mejorar la deteriorada relación paternofilial, la familia había recurrido a los servicios de Julia Lüderwaldt, una terapeuta que empleaba con ellos un método de “confrontación dialéctica” tan límite que contemplaba incluso, según una testigo, una experiencia extrema en un barranco. Este peculiar intervención familiar, ahora en el centro de la investigación judicial, también ha vuelto a abrir el debate sobre los peligros de recurrir a las pseudoterapias para resolver problemas de salud o conflictos familiares: la terapeuta no estaba colegiada y su método carece de evidencia científica.
Anteayer me comí un bulo como la catedral de Burgos. Qué vergüenza. Casi 60 años de vida y 40 de oficio y todavía me la cuelan. En mi disculpa diré que estaba liadísima. Hallábame sentada en el trono, móvil en ristre, indignadísima con la que le estaba cayendo en redes sociales a Inés García, cuando, de repente, el algoritmo me puso ante los ojos un comunicado de la susodicha pidiendo compasión en su cuenta verificada de X y, claro, me faltó tiempo para retuitearlo con un comentario de apoyo. Pues bien: todo era falso. El comunicado, la cuenta verificada y la identidad de García. Aún no me he repuesto del ridículo.
Hay avances legislativos cuyo beneficio para los ciudadanos y su bienestar cae por su propio peso y por eso merecen el máximo respaldo social y político. Es el caso del nuevo proyecto de ley del tabaco, que nace con la intención de reforzar la protección de los menores y regular el derecho a estar en la calle libre de humos. No existe ningún nivel de riesgo seguro a la exposición al tabaco ajeno, y esta es una prioridad que ya cuenta con consenso amplio en la sociedad y que por esto motivo debería escapar a cualquier tacticismo partidista y permitir la rápida adopción de una ley pionera en Europa.
Pensé, al ver ese último aleteo del rabo de Argos en La Odisea de Christopher Nolan (no es spoiler, lleva escrito casi 3.000 años) que nada nos prepara para una muerte vieja. Tampoco el IMAX. Envejecer consiste en volver a ver en pantalla, una y otra vez, las muertes de personajes que ya murieron pero las sucesivas adaptaciones resucitan para arrebatárnoslos de nuevo. Siempre creemos que ya valió, que hemos visto suficientes veces agonizar al tío Ben (o tía) de Peter Parker, pero está escrito en las leyes cinematográficas que en algún momento alguien hurgará en esa herida y tendremos que ver a Artax, el caballo de Atreyu en La Historia Interminable, hundirse en el fango y desgarrarnos el corazón, otra y otra vez.
Cuando hace 66 millones de años cayó el asteroide que extinguió a las tres cuartas partes de las plantas y animales del planeta, el suelo quedó marcado por una capa de arcilla con iridio llamada límite K-Pg (por Cretácico-Paleógeno) visible en afloramientos de varios lugares de la Tierra. Bajo esa línea aún se encuentran fósiles de dinosaurios; encima, no. Los cambios tecnológicos tuvieron un impacto similar entre mis cosas. Algunas siguieron acompañándome: la ropa, los muebles, las herramientas, los chismes de cocina, el cesto con la calderilla de la que no me logro deshacer. Pero otras se transformaron en vestigios de una época lejana. Fueron los libros, los juegos, la música, las películas y los recuerdos guardados en cajas; aquí sucedió la extinción. Pasaron a ser digitales, más abundantes y baratos. Solo conservo unas decenas de fotografías de mis primeros 20 años de vida, pero guardo muchos miles de imágenes de los siguientes. Tengo solo unas pocas cartas de papel, pero almaceno con esmero veintidós años de correos electrónicos y quince de conversaciones. Mis estanterías están descompensadas: desde que empecé a usar un lector electrónico guardan demasiados libros viejos y pocas novedades. Ocurre igual con la música o las películas, porque dejé de almacenar copias en algún momento de los dosmiles.