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Pocas confesiones musicales hay tan incómodas como admitir que te gusta Muse. La banda británica lleva más de dos décadas llenando estadios y escribiendo algunos de los himnos más reconocibles del rock del siglo XXI, pero nunca ha conseguido algo que, sobre el papel, debería haber resultado mucho más sencillo: prestigio. En Muse, el éxito nunca ha servido como argumento a favor. Más bien al contrario. Cuanto más grande se ha hecho la banda, más fácil ha sido ridiculizarla.
La empresa estadounidense OpenAI pidió a sus dos mejores modelos de inteligencia artificial que resolvieran un problema en un entorno aislado, una especie de banco de pruebas o búnker digital que teóricamente no está conectado a internet. Los modelos optaron por una solución distinta, y audaz: ver si la respuesta al desafío existía ya. Así que buscaron cómo huir del entorno cerrado, encontraron la salida y hackearon otra plataforma donde podía estar la respuesta. Es como si un alumno opta por no estudiar y en su lugar intentar acceder al ordenador del profesor para saber las preguntas del examen.
Nos subimos a una tabla de pádel surf mi hijo, mi pareja y yo, y el cachorro, que se había quedado en la orilla con dos amigas, empezó a pasearse nervioso. Llevábamos varios días tratando de que se metiese en el agua sin resultado. Pone la cara de aquel francés que citaba Iñaki Uriarte en sus Diarios cuando vio por primera vez el mar: “Tal cantidad de agua es indecente”. Yo lo bajo a la playa nada más amanecer, cuando no hay nadie, y me baño (ese baño de las ocho de la mañana en el de Atlántico, el baño que anuncia una vida).
La democracia no se agota en la celebración periódica de elecciones. Depende, ante todo, de la existencia de instituciones capaces de garantizar que la voluntad popular pueda expresarse libremente. Entre esas instituciones, ninguna desempeña un papel más decisivo que el poder judicial. Cuando la Justicia deja de actuar como garante de los derechos fundamentales y comienza a interferir en la disputa política, la democracia se vacía de contenido.
El Partido Nacionalista Vasco es un partido católico, apostólico y romano. No en vano, los lehendakaris del PNV juran su cargo bajo la fórmula: “Ante Dios humildemente, en pie sobre la tierra vasca, en recuerdo de los antepasados, bajo el árbol de Gernika, juro cumplir fielmente mi mandato”. Es de suponer, por tanto, que muchos de sus votantes estarán escandalizados por la medida que acaba de tomar el alcalde de San Sebastián, el también nacionalista Jon Insausti. El lunes por la tarde, ordenó a la Guardia Municipal que se presentara en los tres lugares —Plaza de la Constitución, Plaza de Gipuzkoa y alrededores del estadio de Anoeta— en los que varios grupos de voluntarios vienen dando de cenar desde hace años a las personas que viven en la calle. El mensaje de los policías fue tajante: quedan prohibidas las cenas solidarias.
Hay ramos de flores en la entrada; los trae una vecina varias veces por semana. Fotos en los pasillos. Las sillas de ruedas descansan en la puerta. Salvo que sean imprescindibles, las personas se mueven de la forma más autónoma posible. Esto es un centro de día, pero también mucho más. Hay una guardería, una sala de rehabilitación, un comedor para los vecinos de la comarca, un huerto, y se puede ir al podólogo y a la peluquería. “Hemos llegado a tener problemas con inspección porque nunca hemos encajado dentro de lo que la legislación hasta ahora recogía”, cuenta Carmen Bohórquez, coordinadora del centro de desarrollo rural de O Viso, en Lodoselo, una parroquia perteneciente al municipio ourensano de Sarreaus, de poco más de mil habitantes. “Pero seguimos en lucha”, desliza. Y así llevan años, ahora esperanzados porque la nueva ley de dependencia, que se está tramitando en el Senado con visos de aprobarse definitivamente tras el parón veraniego, por fin les da un paraguas bajo el que cobijarse.

Alemania atraviesa desde hace años una grave crisis del sector inmobiliario. En todo el país faltan más de un millón de viviendas, según calculan los expertos. La escasez de pisos en las grandes ciudades ha elevado tanto la presión sobre el Gobierno que la coalición que encabeza el canciller Fiedrich Merz acordó en su reciente paquete de reformas crear una sociedad pública para construir vivienda asequible. Le acompañará una ley que impida los planes de la ciudad de Berlín para que algunos parques privados de alquiler (Alemania se caracteriza por tener grandes empresas privadas dedicadas al arrendamiento que gestionan miles de casas) se conviertan en públicos mediante leyes de socialización. El Ejecutivo federal alega que eso podria frenar la construcción privada. Sin embargo, existen dudas sobre la efectividad de estas medidas.

Carmensa de la Hoz (Arrecife de Lanzarote, 1958) tenía apenas 16 años cuando se atrevió con su primera exposición. Una muestra dedicada al cubano Wifredo Lam que se celebró en la galería Los Aljibes en el centro cultural El Almacén, mítico espacio multicultural creado por César Manrique junto a Pepe Dámaso, Luis Ibáñez y Yayo Fontes. Fue a finales de 1974, cuando aún no había dejado la casa familiar para estudiar Historia del Arte en Tenerife. Y desde entonces han sido pocas las veces en las que esta mujer pionera de la gestión cultural ha estado mano sobre mano. Los artistas canarios y el arte de las islas han sido la materia principal de sus exposiciones. Pero su popularidad y su fama de “conseguir lo imposible” la tienen compaginando proyectos como los que prepara con Rossy de Palma y Simon Njami para el Centro Atlántico de Arte Moderno (CAAM), en Las Palmas, con otros como el de la colombiana Lina Leal, en el Parlamento Europeo, en Estrasburgo.

