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El Partido Nacionalista Vasco es un partido católico, apostólico y romano. No en vano, los lehendakaris del PNV juran su cargo bajo la fórmula: “Ante Dios humildemente, en pie sobre la tierra vasca, en recuerdo de los antepasados, bajo el árbol de Gernika, juro cumplir fielmente mi mandato”. Es de suponer, por tanto, que muchos de sus votantes estarán escandalizados por la medida que acaba de tomar el alcalde de San Sebastián, el también nacionalista Jon Insausti. El lunes por la tarde, ordenó a la Guardia Municipal que se presentara en los tres lugares —Plaza de la Constitución, Plaza de Gipuzkoa y alrededores del estadio de Anoeta— en los que varios grupos de voluntarios vienen dando de cenar desde hace años a las personas que viven en la calle. El mensaje de los policías fue tajante: quedan prohibidas las cenas solidarias.
Hay ramos de flores en la entrada; los trae una vecina varias veces por semana. Fotos en los pasillos. Las sillas de ruedas descansan en la puerta. Salvo que sean imprescindibles, las personas se mueven de la forma más autónoma posible. Esto es un centro de día, pero también mucho más. Hay una guardería, una sala de rehabilitación, un comedor para los vecinos de la comarca, un huerto, y se puede ir al podólogo y a la peluquería. “Hemos llegado a tener problemas con inspección porque nunca hemos encajado dentro de lo que la legislación hasta ahora recogía”, cuenta Carmen Bohórquez, coordinadora del centro de desarrollo rural de O Viso, en Lodoselo, una parroquia perteneciente al municipio ourensano de Sarreaus, de poco más de mil habitantes. “Pero seguimos en lucha”, desliza. Y así llevan años, ahora esperanzados porque la nueva ley de dependencia, que se está tramitando en el Senado con visos de aprobarse definitivamente tras el parón veraniego, por fin les da un paraguas bajo el que cobijarse.

Alemania atraviesa desde hace años una grave crisis del sector inmobiliario. En todo el país faltan más de un millón de viviendas, según calculan los expertos. La escasez de pisos en las grandes ciudades ha elevado tanto la presión sobre el Gobierno que la coalición que encabeza el canciller Fiedrich Merz acordó en su reciente paquete de reformas crear una sociedad pública para construir vivienda asequible. Le acompañará una ley que impida los planes de la ciudad de Berlín para que algunos parques privados de alquiler (Alemania se caracteriza por tener grandes empresas privadas dedicadas al arrendamiento que gestionan miles de casas) se conviertan en públicos mediante leyes de socialización. El Ejecutivo federal alega que eso podria frenar la construcción privada. Sin embargo, existen dudas sobre la efectividad de estas medidas.

Carmensa de la Hoz (Arrecife de Lanzarote, 1958) tenía apenas 16 años cuando se atrevió con su primera exposición. Una muestra dedicada al cubano Wifredo Lam que se celebró en la galería Los Aljibes en el centro cultural El Almacén, mítico espacio multicultural creado por César Manrique junto a Pepe Dámaso, Luis Ibáñez y Yayo Fontes. Fue a finales de 1974, cuando aún no había dejado la casa familiar para estudiar Historia del Arte en Tenerife. Y desde entonces han sido pocas las veces en las que esta mujer pionera de la gestión cultural ha estado mano sobre mano. Los artistas canarios y el arte de las islas han sido la materia principal de sus exposiciones. Pero su popularidad y su fama de “conseguir lo imposible” la tienen compaginando proyectos como los que prepara con Rossy de Palma y Simon Njami para el Centro Atlántico de Arte Moderno (CAAM), en Las Palmas, con otros como el de la colombiana Lina Leal, en el Parlamento Europeo, en Estrasburgo.


“José Saramago empezó varias veces a escribir Ensayo sobre la ceguera, porque no se sentía confortable. Sabía lo que quería decir, quería hablar de un mundo donde estamos ciegos, ciegos que viendo no vemos. Pero no acababa de encontrar el tono. Fue su libro incómodo, el que más le costó”. Lo halló, halló el tono. Y lloró cuando lo estaba terminando. Al acabarlo, en 1995, José Saramago dijo, simplemente: “Acabé”. Se lo dijo a Pilar del Río, su mujer. Era la noche, y él respiró.
Hansi Flick lleva meses repitiendo la misma idea: quiere un equipo que corra hacia adelante y hacia atrás con la misma convicción. Por eso, cuando el club se lanzó al mercado este verano, no buscó solo calidad con el balón. Buscó piernas. Y las encontró en Anthony Gordon y Karim Adeyemi, dos extremos que llegan avalados por algo más que sus números de cara a portería: son, según las mediciones oficiales de la última Champions League, dos de los futbolistas más rápidos del continente.
Un recorte de una fotografía de una modelo y el titular “adictos a los tranquilizantes” se esconde entre las buganvillas, las casas blancas y las calles empedradas del idílico Cadaqués. Además de irónicas, estas obras son discretas, se encuentran en las cajas eléctricas o en los muros del pueblo y se ubican tan al alcance de la mano que es posible tocarlas y hasta intervenirlas. Es la idea del impulsor de esta iniciativa: que el arte en este pueblo salga a la calle y sea accesible.
Si estáis preparando una ruta por la costa oeste de Estados Unidos, seguro que el Gran Cañón del Colorado ocupa un lugar prioritario en vuestro itinerario. Y no es para menos: estamos ante una de las mayores maravillas naturales del planeta, que a mí personalmente me tiene enamorado, ya que tiene 446 km de longitud y sus rocas más antiguas tienen 2.000 millones de años.
Los despertares nocturnos son una de las experiencias más agotadoras de la crianza. Hay familias que pasan meses —y, en algunos casos, años— sin encadenar una noche de sueño verdaderamente reparador. Se acuestan sabiendo que, tarde o temprano, escucharán pasos en el pasillo, una voz que los llama desde la habitación de al lado o el llanto de un niño que necesita ayuda para volver a dormirse. La incertidumbre sobre cuántas veces habrá que levantarse en una sola noche, cuánto durará cada despertar o si será posible descansar varias horas seguidas acaba convirtiéndose en una preocupación más de la rutina diaria. Noche tras noche, el cansancio se acumula y muchas familias sienten que viven en un estado permanente de fatiga del que resulta difícil salir.