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Si la escritora Vicki Baum estaba en lo cierto al decir que uno de los atajos hacia la felicidad es el baile, muchos hombres agradecerán saber que no es necesario que esa danza sea especialmente memorable. De ser así, ese trayecto se volvería mucho más complicado. ¿Por qué hay tantos hombres que temen bailar? ¿Y por qué a tantas mujeres a las que un mal baile les genera verdadero rechazo? En Sorry I Don’t Dance: Why Men Refuse to Move (Perdona, pero yo no bailo: por qué los hombres se niegan a mover el esqueleto) (Oxford University Press), Maxine Leeds Craig se pregunta precisamente cómo, tras haber estado asociada la masculinidad durante un tiempo con la gracia, la danza y el movimiento, en la actualidad se considera el baile y la masculinidad se han vuelto incompatibles. “La razón por la que tantos hombres evitan bailar tiene que ver con cómo se percibe su sexualidad. Evitar parecer gay es central a la hora de representar la masculinidad normativa. El miedo a parecer homosexuales les limita a la hora de andar y de gesticular. Determina cómo bailan y evita que algunos bailen jamás”, asegura. En muchísimas películas estadounidenses, especialmente adolescentes, hay una escena primordial en la que el protagonista es pillado en su habitación haciendo algo que considera humillante e íntimo: bailar al ritmo de su canción favorita.
Las cuatro mayores operadoras de telecomunicaciones europeas –Deutsche Telekom, Orange, Telefónica y Vodafone– planean una alianza para competir con la empresa estadounidense de satélites Starlink en el negocio de la conectividad vía satélite. Cualquier ambición de librarse de la dependencia de Estados Unidos y otras potencias que erosionan o directamente atacan los intereses de Europa, debe empezar con movimientos como este. Aunque se encuentra en una fase embrionaria, el proyecto supone un avance en el refuerzo de la autonomía, la seguridad y la resiliencia en infraestructuras críticas de la Unión Europea.
Imaginemos una ley que concede derechos a un grupo de personas que antes no los tenían. Imaginemos que esa ley entra en vigor y, a los pocos meses, se incorpora como disposición adicional una circular administrativa que aclara y concreta los criterios para aplicar la ley. Imaginemos que las previsiones originales sobre la cantidad de gente con derecho a solicitar los beneficios desbordan las capacidades de los funcionarios, por lo que se amplía el plazo inicial de dos años para presentar los papeles.
La película de Pixar Monstruos, S. A. pasa en un mundo de fantasía donde toda una sociedad industrial se sostiene sobre la energía de los gritos de los niños. Para eso, hay toda una factoría, ocupando una gigantesca nave industrial, que va poniendo a disposición de monstruos profesionales puertas mágicas que les conducen a las habitaciones infantiles. Los monstruos entran, asustan y se van a quedar con los amigos o a cenar. Para ellos es una industria cualquiera.
Con su permiso, esta vez esta columna será muy personal. Es una decisión que viene dada por la gravedad del momento. Sospecho que la mayoría de la población mundial no se da cuenta de lo que sucede en Brasil, ni de cómo afecta a la vida del planeta. El próximo domingo 25 de octubre tendrá lugar la segunda vuelta de las elecciones brasileñas. Se decidirá en las urnas si Luiz Inácio Lula da Silva será reelegido o si el bolsonarismo, un proyecto de extrema derecha encarnado por la familia Bolsonaro, volverá a instalarse en el poder. Esta vez el proyecto fascista está representado por Flávio Bolsonaro, el hijo mayor del expresidente Jair Bolsonaro, hoy preso por intento de golpe de Estado. No son unas elecciones normales y quien las trate como si lo que estuviera sobre la mesa fueran dos proyectos compatibles con la democracia está desinformando a los lectores. No hay neutralidad posible cuando lo que está en juego es la propia democracia, la supervivencia de la Amazonia y la vida de muchos.
La moda masculina parece haber abandonado el canon de previsibilidad, uniformidad y —para qué negarlo− aburrimiento en el que se ha movido en las últimas décadas. La innovación está realizando un viaje palpable de las pasarelas sofisticadas y transgresoras a los espacios públicos. Pero cabe preguntarse si se trata de un movimiento con visos de futuro o de una irrupción de la extravagancia.
En junio del 2024, un joven se preocupó porque su hermano menor de edad estaba tardando demasiado en regresar a casa. Como el adolescente tenía un sistema de geolocalización en su móvil que permitía a su familia saber dónde estaba, el hermano mayor lo revisó y comprobó que estaba en un barrio a las afueras de Madrid. Extrañado y preocupado, el chico acudió a esa dirección y se encontró a su hermano, que tenía en aquel momento menos de 16 años, con un profesor de su colegio, las Mercedarias de Don Juan Alarcón, ubicado en el centro de Madrid. La familia puso una denuncia, el docente fue detenido, se ordenó su alejamiento del chico y el colegio lo despidió. Pero esa solo era la punta del iceberg de lo que la policía no duda en definir como un “depredador” sexual de menores. Dos años después de aquello, desde el pasado viernes, ese hombre está en prisión, acusado de haber agredido al menos a una decena de estudiantes más.

Una semana después de que comenzara la huelga educativa en Madrid, los planes de la Consejería de Educación no pasan por reunirse con los docentes. No importa que miles de profesores y profesoras de la educación pública no universitaria hayan secundado la movilización con elevados porcentajes de seguimiento según los sindicatos, ni que se hayan manifestado diariamente para insistir en que al otro lado del tablero —el que encabeza la consejera de Educación, Ciencia y Universidades, Mercedes Zarzalejo— se dé un paso hacia el diálogo. Zarzalejo no quiere oír hablar de la huelga, ni de los huelguistas, menos aún de sentarse frente a frente con el Comité de Huelga, al que no reconoce como interlocutor legítimo. “Las reivindicaciones de esta huelga son reivindicaciones que no están al alcance de la gestión educativa de la Comunidad de Madrid”, aseguró la consejera en unas declaraciones el lunes, sus últimas palabras sobre las protestas y a las que remiten desde la Comunidad cuando se les pregunta por la postura del Gobierno madrileño y si tienen previsto sentarse a negociar.
Un total de 874 días ha tenido que esperar Oriol Junqueras para beneficiarse de la amnistía después de que el Congreso diera luz verde definitiva a la norma. La decisión del Tribunal Supremo, conocida este martes, de aplicarle la medida de olvido judicial a los líderes condenados por el procés deja sin efecto la pena de inhabilitación que aún pesaba sobre el presidente de Esquerra Republicana y otros dos compañeros de filas (Raül Romeva y Dolors Bassa), así como sobre el secretario general de Junts per Catalunya, Jordi Turull. “Hoy la política vuelve al terreno de la política porque sale del terreno de la judicialización y de la represión”, dijo el exvicepresident en una atención a los medios en Barcelona.