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La frustración del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, a su llegada a la reunión con el resto de líderes de la cumbre de Chipre este viernes era evidente. Tres días antes había comprobado que la propuesta conjunta de España, Irlanda y Eslovenia de suspender el Acuerdo de Asociación con Israel por violar el derecho internacional volvía a encallar en el Consejo de la UE de Asuntos Exteriores. La situación se repetía la noche anterior, el jueves: “Desgraciadamente, hay Gobiernos que están a favor, otros Gobiernos que están en contra. No hay unidad al respecto”. Es decir, no hay mayoría suficiente, venía a decir el mandatario español, sobre uno de los elementos más divisivos en el seno de la UE: las relaciones con Israel y cómo actuar frente a la ocupación del sur del Líbano desde hace semanas, la norma que permite condenar a muerte por defecto a los palestinos sentenciados por terrorismo o las decenas de miles de muertos en Gaza en los últimos tres años.
El ejército israelí ha ensayado varios nombres para referirse a los territorios que ocupa en el sur de Líbano: “línea de defensa avanzada”, “zona de seguridad”. Finalmente ha dado con el más revelador sobre sus intenciones allí: “Línea Amarilla”. Como en Gaza, designa una divisoria —en teoría, temporal— que separa el 52% de la Franja bajo su control, convertida ya en un territorio despoblado y en ruinas, del 48% restante, en manos de Hamás. Es el proyecto en el que el Gobierno de Benjamín Netanyahu se ha embarcado para mantener a Hezbolá lejos de su frontera. Una suerte de reedición de fallidas experiencias pasadas (el mapa se asemeja al del 6% del país que ocupó durante 15 años, hasta su retirada en 2000), pero en versión limpieza étnica y en medio —al menos sobre el papel— de una tregua recién prorrogada tres semanas.
Los detalles de la negociación entre el PP y Vox en Extremadura y Aragón permanecen bajo siete llaves porque todavía pervive el pacto de silencio entre ambos partidos, enfrascados aún en sacar adelante un tercer acuerdo, el de Castilla y León. Pero durante semanas Génova insistió en que las conversaciones no estaban atascadas en ningún escollo programático, sino que el retraso obedecía solo a una estrategia de dilación de Vox. Así que la controvertida “prioridad nacional” que ha aparecido en los acuerdos no supuso un gran tira y afloja, aunque en el PP aseguran que Vox sí pretendía una “redacción diferente” de la que se plasmó en el texto. La dirección del PP aceptó incorporar un marco conceptual identitario que procede de la extrema derecha francesa, convencida de que “es una cesión barata” a Vox, insisten en Génova. Fuera del núcleo duro, sin embargo, se utilizan otros calificativos, como “sapo” o “trampa” de Vox. “Nos han colado un gol”, se escucha también en el PP sobre el último límite que los conservadores han desdibujado con la extrema derecha.
La geopolítica actual ha dictado sentencia: abandonar nuestra adicción a los combustibles fósiles ya no es sólo un imperativo climático; es la única vía para garantizar la paz y nuestra propia soberanía. El petróleo, el gas y el carbón no solo son la principal causa de la emergencia climática, sino que son el motor de los conflictos y las violaciones de derechos humanos que vemos hoy en día. Además, nos empobrecen: cada vez que sube el precio de la energía, se encarece nuestra cesta de la compra y disminuye nuestra calidad de vida.

Sandra Golpe llega tarde a la cita en la Redacción de su informativo porque la están peinando, literalmente, y, en el atasco de las 11 de la mañana en la sala de peluquería y maquillaje de Atresmedia, con la parrilla ardiendo entre debates y programas varios, no hay prioridades que valgan. Cuando por fin llega, se deshace en disculpas y sucede lo imprevisto: su equipo en pleno, mujeres y hombres, se levanta para arropar a la jefa ante la visita, en un gesto nada habitual en un medio de comunicación cuyos profesionales están acostumbradísimos a la presencia de cámaras y de periodistas propios y ajenos. Después, charlamos sin pausa, pero con prisas. El reloj ya pasa de mediodía y empieza la cuenta atrás para que empiece el informativo, así que Golpe, profesional y cercana, habla cual metralleta sin dejar de mojarse cuando toca, a pesar de que alguien ha considerado necesaria la presencia de una persona del equipo de comunicación en la charla. Cuando habla de su familia, le aflora el acento de su tierra, Cádiz. Le acaban de dar la Medalla de Andalucía.
Sandra Golpe (Cádiz, 51 años) quería ser periodista de periódicos, pero el primer contrato serio que consiguió, por el salario mínimo, fue en una tele local, y ahí sigue, en la televisión, solo que ahora, 30 años después, es directora y presentadora del informativo de Antena 3, el más visto de todas las televisiones, con cuotas de pantalla cercanas al 25%. Tras pasar por CNN+ y todos los escalones de Atremedia, sigue esperando, cada día, que una última hora le reviente la escaleta.
Un día llegaron los marcianos y dominaron el mundo en cuestión de días. Antes habían estado observándonos para conocer nuestras costumbres y que el primer contacto no fuera problemático. Así que usaron la ley del más fuerte, que les pareció una forma estupenda de arreglar las cosas. No obstante, hubo objeciones y uno de los gobernantes indígenas más llamativos, porque era grandón, naranja y con el pelo rubio, así como los de otros países que decían ser más importantes, por ser más ricos, alegaron que debían respetarse los derechos humanos. Los marcianos se quedaron perplejos. Habían oído hablar de ello, pero desde fuera les había parecido una cuestión menor. Se podía matar a un montón de gente sin mayor problema o incluso hacer desaparecer en una noche una civilización. Además, ellos no eran humanos, no se sentían obligados. Normal que un humano sí, pero ellos no. Entonces estos terrícolas que se habían erigido en portavoces de la humanidad cambiaron de estrategia, precisaron que ellos merecían cierta prioridad, aunque los marcianos no entendían por qué. Los humanos les parecían todos iguales, pero por lo visto entre ellos se distinguían. Contaron que había países y que los suyos en concreto eran distintos y mejores. ¿Países? Es que hemos dividido el suelo con rayas, les explicaron. Los marcianos sacaron sus imágenes de la Tierra captadas desde el espacio profundo, pero no veían nada, y cuando les explicaron que eran líneas imaginarias, no reales, entendieron todavía menos.
El arranque del Open de Tenis de Madrid vuelve a poner sobre la mesa una de las estrategias más tentadoras —y más delicadas— del marketing contemporáneo: subirse al ruido de un gran evento sin pagar el peaje del patrocinio oficial. La proximidad de otros eventos internacionales de masas, como la Copa del Mundo de la FIFA o las giras de artistas y bandas que congregan multitudes en espacios reducidos son elementos de atracción. La gira Lux Tour 26 de Rosalía en Madrid ha sumado 70.000 espectadores presenciales; la final de la Copa del Mundo de Futbol fue vista por 1.420 millones de personas, según los datos de la FIFA.
Pilar Sánchez-Bleda, socia directora de Auren Legal, subraya que los contratos de patrocinio internacional son complejos porque deben respetar “los límites publicitarios de los diferentes territorios en los cuales se vaya a desarrollar el evento”. La experta da una idea clave: “conductas como el ambush marketing, claramente atentatorias contra el patrocinio, deberían ser perseguidas de una manera contundente”. La frontera entre aprovechar la actualidad y apropiarse del evento nunca ha sido tan estrecha, ni los medios disponibles tan amplios y asequibles. Una tentación que puede salir cara.
Probablemente, Sean Hepburn Ferrer (Lucerna, Suiza, 65 años) tenga razón en esas palabras que repite a todo el que quiera escucharle. Tanto que ahora las ha dejado por escrito, negro sobre blanco, en un libro: “[Mi madre] Nunca me hizo sentir como el hijo de una estrella de cine”. Su madre era nada menos que Audrey Hepburn, estrella de la era dorada de Hollywood, icono de estilo, adorada princesa del cine y reina de la cultura popular. Pero el hijo mayor de la actriz está muy lejos del oropel de la industria. Y eso que, durante la larga videollamada desde la buhardilla de su casa de Florencia, Ferrer recuerda y paladea un poquito de su vida más cercana al mundo del cine, de las calles a sus restaurantes favoritos de Los Ángeles. “Ese tailandés cruzando Cahuenga...”, rememora. El hijo de la ganadora del Oscar y del actor y director Mel Ferrer vivió 25 años en la ciudad californiana, entre la gestión del legado materno y su profesión como guionista y supervisor de guiones de cine. Ahora reside en Italia, sin trazas de regresar a un país que, en este momento, desprecia políticamente. Afirma que a su querida madre tampoco le gustaría, ni de lejos. “Diría: ‘Basta, he visto bastante’. Es inaceptable”.

Fue una Nochevieja de pesadilla. Yankuba Jaiteh, de 26 años, no la olvidará jamás. Iba en un cayuco que zarpó de Jinak (Gambia), con unas 250 personas a bordo, bajo el resplandor lejano de los fuegos artificiales de Banjul y que, una media hora después, chocaba contra un banco de arena. “Volcamos. La gasolina, mezclada con agua, nos abrasaba la piel. Sacamos nuestros teléfonos y empezamos a pedir ayuda. Pero tardaron horas en llegar, muchas mujeres y niños fallecieron ahogados”, asegura. En total sobrevivieron 94 personas que trataban de llegar a Canarias. El mar vomitó decenas de cadáveres, otros desaparecieron para siempre. En los últimos siete años, decenas de tragedias como esta han sobrecogido a Gambia, que se ha convertido en el principal punto de salida de cayucos hacia las islas españolas.



De todas las sentencias, escritas o atribuidas a Antonio Gramsci, tal vez la más acorde a este tiempo en la economía mundial es aquella que decía: “El viejo mundo se muere, el nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos”. Estos son muchos y diversos. El mundo afronta una difícil transición entre el fin de la hegemonía del ideario neoliberal, identificado de forma más o menos precisa con aquel llamado Consenso de Washington, y un nuevo modelo que no acaba de configurarse. En el entreacto, han asomado los monstruos, un golpe al orden global que había regido desde la Segunda Guerra Mundial. Un grupo de economistas ha construido ahora una alternativa, que abraza al mismo tiempo el comercio global y a los sindicatos, que apoya el control de los déficits públicos pero resalta el papel del Estado en el capitalismo. Lo han llamado, con toda la intención, el Consenso de Londres.