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El otro día pensaba en una frase que creo que escribió Proust, pero ponte a buscarla en las páginas de En busca del tiempo perdido, sería una pérdida de tiempo. Aunque luego nunca lo es, te pierdes de nuevo en el libro. Cada vez me atraen más las cosas que son una aparente pérdida de tiempo, y que de hecho lo frenan en esta locura en que vivimos. En fin, me atraen los atentados a la productividad, pero dejémoslo, la frase es esta: “En la vida acabamos haciendo la segunda cosa que nos sale mejor”. Que también es un pecado contra la productividad, imagino, y toda esa milonga de la mejor versión de uno mismo y la obligación de cumplir los sueños y alcanzar los objetivos.
“Pongan los brazos en cruz, cúbranse los ojos y separen las piernas”, ordenó con voz de ultratumba el sargento de la Brigada Paracaidista a través de la máscara de protección MS-87 que le cubría el rostro. Sin previo aviso, nos roció con una mezcla de hipoclorito de sodio y agua a presión. O, lo que es lo mismo, nos sumergió en lejía. Sentí que mi mascarilla de celulosa y algodón empapada con aquel mejunje se deshacía, me costaba respirar y se me nublaba la vista. Busqué como un poseso en todos los bolsillos mi libreta de notas aterrorizado ante la posibilidad de que se hubiera mojado, corrido la tinta y, con ella, días de entrevistas y anotaciones. Mientras se liaba un pitillo, un paracaidista nos observaba con curiosidad y masculló guasón: “Qué, jode, ¿eh? Se llama descontaminación operativa, nos la hacen todo el rato; aunque salgas del espacio que estás desinfectando solo a mear, te tienes que volver a descontaminar entero”. Aún conservo en algún armario la machacada chupa surcada de desteñidos chafarrinones que llevaba esa mañana de marzo de 2020. Y también me he preguntado a menudo si aquellas miserables mascarillas con las que pretendíamos protegernos en los primeros días de la pandemia formaban parte de los lucrativos negocios sin fronteras de José Luis Ábalos, el hermano de Ayuso o el aristócrata Luis Medina.

Las páginas de El País Semanal están abiertas a todos los temas. Esa libertad es un privilegio para una revista y también un reto, porque las opciones son infinitas: más cine, otro cine, más política, otra política… Jamás se ha buscado contentar a todos, simplemente se ha tratado de hablar de todo y estar en la conversación.

Todo en aquella portada resulta hoy incómodo. Las letras azul claro sobre el fondo naranja pican en los ojos. En la foto, una mujer y un hombre con una inquietante tira negra sobre los ojos. Y luego está el titular: ‘¿Deben casarse los subnormales?’. Y el subtítulo, casi peor: ‘España tiembla ante el problema’. Para rizar el rizo de lo chocante, el otro titular de portada no puede ser más moderno: ‘David Bowie, la estrella que cayó del cielo’.









A comienzos de la década de 1980, Interviú mandó a Pilar Eyre a cubrir un acto de los Reyes en Barcelona. La periodista nunca había tratado con el monarca y su consorte y estaba un poco nerviosa. Antes del encuentro, una experta en protocolo del palacio le explicó cómo debía comportarse. Tenía que hacer una genuflexión ante el jefe del Estado y su esposa, no debía tocarles ni mirarles fijamente a los ojos y, sobre todo, no podía comentar ninguna incidencia en su crónica. Eyre hizo exactamente lo contrario. No se agachó, les dio la mano, los miró a la cara y en la pieza que publicó al día siguiente en la revista reveló que Juan Carlos I había pedido un whisky en pleno besamanos.


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Cuento con más de ocho años de experiencia en medios de comunicación especializados en moda, belleza y estilo de vida. A lo largo de este tiempo he desarrollado una amplia experiencia en la investigación y evaluación de productos de consumo, analizando las características que realmente marcan la diferencia entre unas opciones y otras, con especial atención a la experiencia de uso y al valor que aportan al consumidor.
Para elaborar cada contenido, combino la revisión de información técnica, la consulta de fuentes especializadas y la prueba de los productos. Mi objetivo es transformar toda esa información en recomendaciones claras, rigurosas y fáciles de entender, para que los lectores puedan tomar decisiones de compra mejor fundamentadas.







Tres números y una letra abrieron la negociación en un mensaje privado: 135K. Eran los 135.000 dólares que Silvia Zhang, una empresaria de Los Ángeles, ofreció en 2023 a Tronderrica James, una mujer de Nevada, por gestar al hijo que, según le aseguró, no podía dar a luz por ningún medio. Más tarde, una asistente de una agencia de vientres de alquiler le dio más información: “Son una pareja de chinos que buscan su bebé milagro”. Un contrato selló el acuerdo.