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En los últimos días hemos leído noticias sobre los riesgos de los parques infantiles de caucho reciclado. ¿Cómo de peligrosos pueden ser para los niños? No hay que alarmarse, pero la evidencia científica muestra que estos entornos contienen sustancias que actúan como disruptores endocrinos, cuya acumulación altera el equilibrio hormonal; aunque por ahora cumplen los límites legales, el principio de prudencia aconseja sustituirlos por otros de tierra o vegetación. Cataluña ya plantea prohibir las zonas infantiles elaboradas con este material, algo que ha incluido en su anteproyecto de ley de residuos, pero ni el Gobierno central, ni las comunidades, ni los ayuntamientos ni la Comisión Europea proponen hacer lo mismo. El sector recuerda que este reciclaje cumple la ley, mientras los expertos critican que la normativa actual es muy laxa y recuerdan lo que pasó con el bisfenol A, cuya cantidad segura se redujo en 20.000 veces.



Ni un euro. El Ayuntamiento de Madrid quiere pasar los gastos que deriven de la acampada de la Puerta del Sol ―limpieza, reparaciones, desperfectos― a quienes están durmiendo o han dormido en el campamento. Con estas palabras lo expuso la vicealcaldesa, Inma Sanz: “Por supuesto, trataremos de repercutir hasta el último euro que se vaya a gastar este Ayuntamiento a los causantes de esta situación, que son los que están allí de manera ilegal y los que lo están consintiendo por dejación de funciones [por la delegación del Gobierno]. No vamos a parar hasta tratar de que a los madrileños no nos cueste un euro”, dijo el jueves en la rueda de prensa semanal posterior a la Junta de Gobierno, sin explicar nada más al respecto. A cómo prevén hacerlo, un portavoz responde que “se está estudiando”.
Joan Coromines (1905-1997), fill de l’escriptor Pere Coromines (i quan dic escriptor no vol dir que només fos escriptor, com es veu al magnífic retrat que li fa Francesc Pujols a Concepte general de la ciència catalana), sempre va estimar i idolatrar la figura del seu pare fins a uns extrems desmesurats, com es veu en una de les dedicatòries de la seva grandiosa catedral, per dir-ne així, perquè Joan Coromines és com un Gaudí que hagués acabat la sagrada família, però el temple d’en Coromines és un diccionari de 10 volums, cada un dels quals (excepte l’últim, d’índexs i un suplement, que ja va sortir pòstum) porta una dedicatòria a algun mestre de la llengua, i totes són emocionants i solemnes; el volum novè, l’últim que va publicar en vida, i amb el qual, arribant al final de la zeta, va concloure el diccionari, va dedicat al seu pare amb aquesta forma:
Libros que los personajes escriben, leen, regalan. Libros que saltan de una película a otra, que inspiran tramas, que se adaptan. La filmografía de Pedro Almodóvar está plagada de referencias literarias. Ha publicado numerosos relatos a lo largo de las décadas, algunos de ellos reunidos en El último sueño (2023). Pero ha esperado hasta los 77 años para publicar su primera novela: El hombre que solo escribía en los aviones (Reservoir Books), que llega a las librerías el 29 de octubre. Un libro frenético y libre, como su cine, atravesado por la pasión lectora. Lo protagoniza Flavio Guijarro, nueva incorporación al fecundo plantel de personajes almodovarianos. Un coach de autores obsesionado con escribir. Como tantos protagonistas del manchego, Flavio tiene mucho de él. Es sabido que la obra de Almodóvar es un ente poroso por el que circulan la ficción, la realidad, lo vivido, lo escuchado, lo leído. Esta entrevista discurre por esos poros y se centra en el Almodóvar lector y escritor. Recibe a Babelia en las oficinas madrileñas de El Deseo, su productora, con las paredes llenas de recuerdos y carteles de sus películas llegados de todos los rincones del mundo. Preside su despacho una gran estantería llena de libros que, advierte, son sobre todo novedades que le llegan. Su biblioteca más personal, admite, está en su casa. Sobre la mesa, eso sí, el último libro que le ha fascinado, Cosamala, de Alana S. Portero, autora hacia la que se deshace en elogios. Se enciende la grabadora y aparece un Almodóvar sereno, amable, cómodo con una conversación ajena a la clásica promoción del cine, alejado de la ansiedad que, dice, ha sido un motor de su novela.

Ante los incendios forestales cada vez más intensos y peligrosos, quizá haya llegado el momento de mirar más allá de la extinción y replantearnos también cómo gestionamos el territorio una vez apagado el fuego. En los últimos tiempos asistimos a un paulatino cambio de paradigma que supone abandonar la estrategia de supresión total propia de la época del “todos contra el fuego”. Empezamos a asumir que siempre va a haber igniciones, ya sean naturales o accidentales, y que cuanto más continua e inflamable sea la vegetación, menos manejables serán los incendios y peores sus consecuencias. Esa es la lógica que inspira las quemas prescritas, que no pretenden eliminar el fuego, sino utilizarlo para reducir la biomasa y, por lo tanto, la severidad de los incendios.
“Estamos a punto de perder una información única que no podremos recuperar de ningún otro sitio”, lamenta María Leunda, paleoecóloga guipuzcoana. Se refiere a lo que está sucediendo en uno de los entornos más desconocidos y únicos del mundo: las cuevas heladas de alta montaña, donde aún queda hielo fósil de hace miles de años. Algunas de las mejor estudiadas están en la cordillera de los Pirineos, una de las más castigadas por el deshielo y la subida de las temperaturas.




He de reconocer que, hasta ahora, creía que la postura escorada de los gobiernos autonómicos en favor de los centros de datos se debía a la misma injusta mezcla que nos afecta a buena parte de los españoles: la falta de información por parte de las grandes corporaciones promotoras y la diseminación por estas de algunos datos confusos y sobredimensionados en empleo e inversión. La labor que he tratado de desempeñar estos últimos meses, como investigador predoctoral del CSIC y de la UC3M, ha sido precisamente tratar de poner la información a disposición de los vecinos y las administraciones afectadas por estas instalaciones. Es por ello que recibí con ilusión la invitación de Unidas por Extremadura para comparecer en la Comisión de Economía, Empleo y Transformación Digital de la Asamblea de Extremadura con el objeto de ofrecer un análisis científico de los beneficios y riesgos asociados a los proyectos de instalación de grandes centros de datos en esta tierra. La misma tierra que cultivaron mis abuelos y de la que emigraron con la intención de que sus nietos pudieran estudiar en las instituciones en las que a día de hoy trabajo.