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Joan Coromines (1905-1997), fill de l’escriptor Pere Coromines (i quan dic escriptor no vol dir que només fos escriptor, com es veu al magnífic retrat que li fa Francesc Pujols a Concepte general de la ciència catalana), sempre va estimar i idolatrar la figura del seu pare fins a uns extrems desmesurats, com es veu en una de les dedicatòries de la seva grandiosa catedral, per dir-ne així, perquè Joan Coromines és com un Gaudí que hagués acabat la sagrada família, però el temple d’en Coromines és un diccionari de 10 volums, cada un dels quals (excepte l’últim, d’índexs i un suplement, que ja va sortir pòstum) porta una dedicatòria a algun mestre de la llengua, i totes són emocionants i solemnes; el volum novè, l’últim que va publicar en vida, i amb el qual, arribant al final de la zeta, va concloure el diccionari, va dedicat al seu pare amb aquesta forma:
Libros que los personajes escriben, leen, regalan. Libros que saltan de una película a otra, que inspiran tramas, que se adaptan. La filmografía de Pedro Almodóvar está plagada de referencias literarias. Ha publicado numerosos relatos a lo largo de las décadas, algunos de ellos reunidos en El último sueño (2023). Pero ha esperado hasta los 77 años para publicar su primera novela: El hombre que solo escribía en los aviones (Reservoir Books), que llega a las librerías el 29 de octubre. Un libro frenético y libre, como su cine, atravesado por la pasión lectora. Lo protagoniza Flavio Guijarro, nueva incorporación al fecundo plantel de personajes almodovarianos. Un coach de autores obsesionado con escribir. Como tantos protagonistas del manchego, Flavio tiene mucho de él. Es sabido que la obra de Almodóvar es un ente poroso por el que circulan la ficción, la realidad, lo vivido, lo escuchado, lo leído. Esta entrevista discurre por esos poros y se centra en el Almodóvar lector y escritor. Recibe a Babelia en las oficinas madrileñas de El Deseo, su productora, con las paredes llenas de recuerdos y carteles de sus películas llegados de todos los rincones del mundo. Preside su despacho una gran estantería llena de libros que, advierte, son sobre todo novedades que le llegan. Su biblioteca más personal, admite, está en su casa. Sobre la mesa, eso sí, el último libro que le ha fascinado, Cosamala, de Alana S. Portero, autora hacia la que se deshace en elogios. Se enciende la grabadora y aparece un Almodóvar sereno, amable, cómodo con una conversación ajena a la clásica promoción del cine, alejado de la ansiedad que, dice, ha sido un motor de su novela.

A Paloma le dijeron que su hija, con altas capacidades, era neurodivergente. Poco después le sugirieron que su hijo, con hipersensibilidad emocional, quizá entrara también en esa categoría, que a Paloma le sonó sugestiva y misteriosa, con un toque exclusivo, como de mente fuera del rebaño. En ambos casos se lo comunicaron en el colegio donde lleva a sus retoños, durante sendas reuniones con el equipo de psicopedagogía. Paloma se lo comentó entonces a su psicóloga, quien aportó una nueva evaluación: con dos niños así, lo más probable era que la madre fuese, asimismo, neurodivergente.
Media Europa vuelve a salir a la calle este sábado. Hay convocatorias desde Grecia hasta Bélgica, pasando por Albania, Francia, Portugal y España. Son las últimas de un otoño de movilizaciones: entre el 15 de septiembre y el 23 de octubre, 12 países europeos suman al menos 177 protestas o manifestaciones. La cifra es parecida a la media de 190 protestas mensuales entre septiembre y octubre de los otoños más intensos de la crisis del euro (2010, 2011 y 2012), según los registros de PolDem, un proyecto universitario que recopila protestas a partir de noticias de agencias. Francia, España, Italia, Portugal y Bélgica concentran la mayoría de las movilizaciones contabilizadas.

Ante los incendios forestales cada vez más intensos y peligrosos, quizá haya llegado el momento de mirar más allá de la extinción y replantearnos también cómo gestionamos el territorio una vez apagado el fuego. En los últimos tiempos asistimos a un paulatino cambio de paradigma que supone abandonar la estrategia de supresión total propia de la época del “todos contra el fuego”. Empezamos a asumir que siempre va a haber igniciones, ya sean naturales o accidentales, y que cuanto más continua e inflamable sea la vegetación, menos manejables serán los incendios y peores sus consecuencias. Esa es la lógica que inspira las quemas prescritas, que no pretenden eliminar el fuego, sino utilizarlo para reducir la biomasa y, por lo tanto, la severidad de los incendios.
“Estamos a punto de perder una información única que no podremos recuperar de ningún otro sitio”, lamenta María Leunda, paleoecóloga guipuzcoana. Se refiere a lo que está sucediendo en uno de los entornos más desconocidos y únicos del mundo: las cuevas heladas de alta montaña, donde aún queda hielo fósil de hace miles de años. Algunas de las mejor estudiadas están en la cordillera de los Pirineos, una de las más castigadas por el deshielo y la subida de las temperaturas.




He de reconocer que, hasta ahora, creía que la postura escorada de los gobiernos autonómicos en favor de los centros de datos se debía a la misma injusta mezcla que nos afecta a buena parte de los españoles: la falta de información por parte de las grandes corporaciones promotoras y la diseminación por estas de algunos datos confusos y sobredimensionados en empleo e inversión. La labor que he tratado de desempeñar estos últimos meses, como investigador predoctoral del CSIC y de la UC3M, ha sido precisamente tratar de poner la información a disposición de los vecinos y las administraciones afectadas por estas instalaciones. Es por ello que recibí con ilusión la invitación de Unidas por Extremadura para comparecer en la Comisión de Economía, Empleo y Transformación Digital de la Asamblea de Extremadura con el objeto de ofrecer un análisis científico de los beneficios y riesgos asociados a los proyectos de instalación de grandes centros de datos en esta tierra. La misma tierra que cultivaron mis abuelos y de la que emigraron con la intención de que sus nietos pudieran estudiar en las instituciones en las que a día de hoy trabajo.
Tal vez celebre con su plato favorito: una tosta de alubias cocidas. O quizás se conceda alguna galleta de chocolate con naranja, el otro manjar que adora. Lo cierto es que este sábado Lara Croft se merece al menos una pequeña pausa entre tantas aventuras. Está acostumbrada a sumar hitos, pero hoy festeja uno especial: 30 años desde el lanzamiento del primer Tomb Raider. Tan apasionada de historia, la arqueóloga lleva tres décadas escribiendo la del videojuego, junto con la suya. Y, probablemente, de la cultura popular, a juzgar por los 100 millones de copias vendidas, las 2.300 portadas de revistas, las exposiciones, películas o canciones que ha protagonizado. “Te asombraría lo persuasiva que puedo ser, incluso con hombres peligrosos”, afirmaba en uno de sus juegos. Sobran los hechos para darle la razón. Ni siquiera hace falta que saque sus célebres dos pistolas.
Fue una de las muertes más sonadas ocurridas durante el confinamiento de 2020. Y eso que el asesinado era un oso, Cachou, plantígrado poco querido por los ganaderos del Valle de Arán porque en los meses anteriores a su muerte se había cebado con la ganadería equina. Pero el crimen escondía conflictos lastrados, enfrentamientos soterrados y dio pie a una investigación judicial con secreto de sumario incluido, un cóctel que ha acabado convertido en serie, Matar a un oso, liderada por los hermanos Sánchez-Cabezudo, y que Movistar Plus estrena el 10 de diciembre, aunque antes se ha proyectado, este viernes, en la primera jornada de la Seminci. Ha llegado antes un producto audiovisual que una sentencia: los dos acusados por el asesinato del plantígrado aún siguen a la espera de juicio.
Siempre he tenido un problema irresoluble con el teatro y es que pocas veces he logrado creérmelo. Tampoco acostumbra a suscitarme esa emoción, esas sensaciones, que me provoca el gran cine. El problema debe de radicar en mí. Exagero un poco. Hace infinitos años vi al extraordinario Vittorio Gassman en un escenario. Sin ninguna compañía. Recitando a Shakespeare, a Pirandello, a Herman Melville. Me resultó hipnótico. También me fascinó Albert Finney interpretando Hamlet. Fueron excepciones.