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El presidente vuelve a ser candidato. Y se le nota. Habla con soltura, esquiva dardos, se planta con una sonrisa. Pedro Sánchez, a quien, tras la condena de su hermano y la crisis de Ceuta, se le veía debilitado, da la impresión de haber renacido con el 29-N, sus sextas elecciones generales. “Estos comicios se pueden resumir en una idea muy sencilla: o avanza el pasado o avanza España”, afirma.





Son las nueve en punto de la mañana en Los Ángeles, California. Judeline, Lara Fernández Castrelo en el DNI, se acaba de levantar y está despeluchada y con cara de sueño. Por eso, aunque la rutilante foto que ilustra esta entrevista se hizo en Madrid, en vísperas de su viaje, prefiere no activar la cámara en la llamada telefónica que hemos acordado a esa hora y que inicia ella misma como un clavo. La cantante, gaditana de Barbate, se marchó hace una semana a Los Ángeles sin billete de vuelta y pasa los días probando en el estudio sus nuevas canciones mientras, en la misma ciudad, los Javis y parte del reparto de La bola negra, promocionan a destajo la película en su carrera a los Oscar. La versión de Judeline del clásico pasodoble Soldadito español para la banda sonora del filme se ha convertido en una de sus señas más reconocibles. Eso, junto a que la canción BbYWOW, en colaboración con Karol G. y Rusowsky, la convirtieron en septiembre en la cantante española más reproducida de la historia en Spotify, pueden hacer parecer mayor de lo que es a una chica que solo tiene 23 años. Por algún sitio hay que romper el hielo.

Lara Fernández Castrelo eligió de jovencita llamarse Judeline, en recuerdo de Hey, Jude, la canción de los Beatles. De más jovencita, se entiende, porque Lara (Barbate, Cádiz) acaba de cumplir 23 años, aunque algunos no alcanzan sus hitos en toda una vida. Ella misma ha contado que salió de una depresión severa, causada por el acoso y el aislamiento escolar que sufrió de niña, gracias a la música. Hoy, quiere comerse el mundo.

“No estamos pidiendo que se prohíba a los adultos comer en un McDonald’s. Preguntamos si es adecuado instalar una macrohamburguesería de estas características frente a un colegio con 2.200 alumnos”. Esta es la queja que un grupo de vecinos del centro de San Sebastián y padres de alumnos del Colegio Aldapeta María han planteado contra la próxima apertura de un establecimiento de la citada multinacional de comida rápida a escasos metros del mayor centro educativo de Gipuzkoa. “Entre todos tenemos que hacer algo para impedirlo. Está en juego la salud de nuestros menores”, afirma Ramón, vecino de la calle Lizarra, donde se ubicará el citado restaurante.
Estaba destinado a convertirse en uno de los mejores guitarristas de la historia, pero de chaval Brian May no tenía dinero para comprarse una guitarra. Fue así como construyó, con 16 años y junto a su padre, la Red Special. Con ella compuso algunos de los temas más memorables de la historia del rock: We Will Rock You, Who Wants to Live Forever?, I Want it All o The Show Must Go On. Queen revolucionó la música. Freddie Mercury era un rockero con el repertorio vocal de un tenor. May hacía algo similar con su guitarra: a veces sonaba contundente y rasgada, otras conseguía los efectos de un violín o un chelo.
“Pongan los brazos en cruz, cúbranse los ojos y separen las piernas”, ordenó con voz de ultratumba el sargento de la Brigada Paracaidista a través de la máscara de protección MS-87 que le cubría el rostro. Sin previo aviso, nos roció con una mezcla de hipoclorito de sodio y agua a presión. O, lo que es lo mismo, nos sumergió en lejía. Sentí que mi mascarilla de celulosa y algodón empapada con aquel mejunje se deshacía, me costaba respirar y se me nublaba la vista. Busqué como un poseso en todos los bolsillos mi libreta de notas aterrorizado ante la posibilidad de que se hubiera mojado, corrido la tinta y, con ella, días de entrevistas y anotaciones. Mientras se liaba un pitillo, un paracaidista nos observaba con curiosidad y masculló guasón: “Qué, jode, ¿eh? Se llama descontaminación operativa, nos la hacen todo el rato; aunque salgas del espacio que estás desinfectando solo a mear, te tienes que volver a descontaminar entero”. Aún conservo en algún armario la machacada chupa surcada de desteñidos chafarrinones que llevaba esa mañana de marzo de 2020. Y también me he preguntado a menudo si aquellas miserables mascarillas con las que pretendíamos protegernos en los primeros días de la pandemia formaban parte de los lucrativos negocios sin fronteras de José Luis Ábalos, el hermano de Ayuso o el aristócrata Luis Medina.

Las páginas de El País Semanal están abiertas a todos los temas. Esa libertad es un privilegio para una revista y también un reto, porque las opciones son infinitas: más cine, otro cine, más política, otra política… Jamás se ha buscado contentar a todos, simplemente se ha tratado de hablar de todo y estar en la conversación.

Todo en aquella portada resulta hoy incómodo. Las letras azul claro sobre el fondo naranja pican en los ojos. En la foto, una mujer y un hombre con una inquietante tira negra sobre los ojos. Y luego está el titular: ‘¿Deben casarse los subnormales?’. Y el subtítulo, casi peor: ‘España tiembla ante el problema’. Para rizar el rizo de lo chocante, el otro titular de portada no puede ser más moderno: ‘David Bowie, la estrella que cayó del cielo’.









A comienzos de la década de 1980, Interviú mandó a Pilar Eyre a cubrir un acto de los Reyes en Barcelona. La periodista nunca había tratado con el monarca y su consorte y estaba un poco nerviosa. Antes del encuentro, una experta en protocolo del palacio le explicó cómo debía comportarse. Tenía que hacer una genuflexión ante el jefe del Estado y su esposa, no debía tocarles ni mirarles fijamente a los ojos y, sobre todo, no podía comentar ninguna incidencia en su crónica. Eyre hizo exactamente lo contrario. No se agachó, les dio la mano, los miró a la cara y en la pieza que publicó al día siguiente en la revista reveló que Juan Carlos I había pedido un whisky en pleno besamanos.


Fathi, de 19 años, relata con un leve hilo de voz la odisea que le tocó vivir cuando, con 13 y en contra de su familia, fue casada por la fuerza en Somalia. El marido impuesto era un hombre unos 30 años mayor que ella y terrorista de Al Shabab, grupo perteneciente al entramado terrorista de Al Qaeda, que controla importantes zonas de este país del Cuerno de África. Según su testimonio, no participó en entrenamientos ni en actividades militares, pero esta muchacha representa el eslabón más débil de una cadena difícil de romper, la de la participación de menores en conflictos armados. “Yo era muy joven. Crecí en una localidad que controlaban [los terroristas]. Con 13 años vinieron a buscar a mi padre para casarme con el miliciano ”, detalla durante una entrevista en Mogadiscio, la capital de Somalia.
