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De repente, el motor se paró. Se hizo el silencio en medio del mar Egeo y la embarcación neumática dejó de avanzar. A bordo iban unas 20 personas hacinadas, entre ellas dos hermanas sirias, Yusra y Sara Mardini, que habían abandonado Damasco en 2015 por la guerra en Siria con el sueño de encontrar un lugar donde pudieran vivir sin miedo.


En el verano de 1976, el clima de odio en el Reino Unido estaba ascendiendo por encima de las temperaturas. El partido ultraderechista National Front no dejaba de crecer -en la ciudad de Blackburn acababa de obtener el cuarenta por ciento de los votos-, y la violencia racista estaba cada vez más implantada en las calles. El 5 de agosto, durante un concierto en Birmingham, Eric Clapton lanzó desde el escenario un infame discurso a favor del líder fascista Enoch Powell. Muchos consideran que el alcohol o las sustancias a las que Clapton era adicto (él lo relató en sus memorias y en varias entrevistas) pudieron tener parte de responsabilidad.
Desde hace unas pocas semanas existe en Granada un oasis de calma alejado –física y conceptualmente– del bullicio turístico. Se llama Silentia y consiste en visitas inmersivas, a la caída del sol, por la Cartuja de Granada. “Queremos relatar, más que la piedra o la historia, el día a día de un monje cartujo”, explica Lola López, directora de Viajes San Cecilio (agencia oficial del Arzobispado). Para ello, los participantes han de permanecer callados mientras escuchan música y reciben los estímulos audiovisuales que se encargan de mostrar las diferentes estancias del monasterio. La iniciativa va dirigida a todo aquel que, independientemente de su credo o procedencia, “quiera quedar tocado por la profundidad del silencio”.
Para el conservador de la Cartuja de Granada, Cefe Navarro, un proyecto como Silentia es importante también porque posibilita un espacio de «silencio y soledad» en una ciudad con tanto volumen de turismo como Granada. «La Cartuja está fuera de los itinerarios y el foco turístico, y permite aproximarse a la serenidad con la que vive un cartujo», aduce. Una espiritualidad que interpela directamente desde el siglo XI, y que no es posible comprender rodeados de ruido. «Necesitamos silencio para entendernos», concluye.

Cuando buscamos una maleta de cabina, o incluso una mochila de viaje, nos solemos fijar en aspectos como el tamaño, el peso o la facilidad para moverla por el aeropuerto. Al fin y al cabo, todas parecen ofrecer más o menos lo mismo: cuatro ruedas, un asa telescópica y un interior con compartimentos para organizar el equipaje lo mejor posible. Sin embargo, de vez en cuando aparece algún modelo que incorpora un detalle pensado para resolver esos pequeños inconvenientes que terminamos normalizando cada vez que viajamos.



