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“La vida queda dividida en un antes y un después”, dice Vladímir Rasskazov, veterano ruso de la guerra contra Ucrania, mientras recorre el centro de rehabilitación que fundó para ayudar a otros militares que han sufrido amputaciones, Prótesis para los Nuestros (nombre con cuyas siglas hace un juego de palabras en ruso, pues coinciden con las de lo que el Kremlin llama “operación militar especial” contra el país vecino). “Se puede decir que la empresa nació en noviembre de 2022”, agrega, exhibiendo varias medallas al valor y la “picadora de carne de Bajmut”, una condecoración que entregaron los paramilitares del grupo Wagner a las tropas que participaron en aquella ofensiva sangrienta. La idea del centro en Rostov del Don, cerca de la frontera con Ucrania, nació el día en el que Rasskazov perdió una pierna por la explosión de una mina en esa batalla.
No es lo mismo recibir una carta que una tarta o hundirse en vez de fundirse; una sola alteración cambia el significado de una palabra y del posterior relato. En el ámbito biológico, si se consideran los genes como letras, la consecuencia de un error en el código genómico puede derivar en anemia falciforme (deformación de los glóbulos rojos), una predisposición al colesterol alto o en un cáncer, entre otras miles de consecuencias. Entender las repercusiones de una alteración genética y su evolución es clave para el desarrollo de tratamientos y es el paso que ha dado una alianza de los gigantes informáticos Nvidia y Microsoft, la compañía de inteligencia artificial (IA) Basecamp Research e investigadores del laboratorio del español César de la Fuente en la Universidad de Pensilvania: utilizar la IA para aprovechar y aprender de modelos evolutivos genéticos a gran escala con el fin de desarrollar terapias programables. Es decir, modificar células y moléculas a partir de una gigantesca biblioteca genética de la vida para curar o prevenir una enfermedad.
La revista estadounidense The Cut anunciaba el año pasado, en un artículo firmado por la periodista Cat Zhang, que ser un hombre calvo era —finalmente— cool: “Justo cuando se volvió normal gastarse cinco cifras para tener una poblada mata de pelo, apareció una nueva vanguardia cultural que dijo: ‘A la mierda, somos calvos”, escribía Zhang.
Antes de que Nirvana y el grunge pusieran de moda a Seattle en el mapa del rock, ya había otro grupo que había sido hijo predilecto de esta ciudad situada en el noroeste de EE UU. Heart lleva más de medio siglo de historia: se formó en 1973, ha vendido 35 millones de discos y ha conseguido estar en lo alto de las listas estadounidenses durante las décadas de los 70, los 80, los 90 y los 2010. Uno de sus factores distintivos es que cuenta con un doble liderazgo femenino, el de Ann y Nancy Wilson (ambas vocalistas, guitarristas y compositoras), que son, además, las dos únicas componentes que sobreviven desde el principio del grupo.
Antes de que TikTok se llenara de tutoriales con chicas metiendo su cabeza en recipientes de agua con hielo y de que Kylie Jenner repitiera el gesto para preparar su maquillaje en los Globos de Oro, el frío, como atajo barato y efectivo hacia la ‘buena cara’, ya formaba parte de la rutina de belleza de millones de mujeres. Mucho antes de que el ritual se hiciera viral y del auge de rodillos de hielo, piedras frías o criomascarillas, Joan Crawford, una de las grandes divas del Hollywood dorado de los años treinta, sumergía su rostro en agua helada como un paso más de su rutina diaria. Cada mañana, tras limpiar su piel, salpicaba el rostro (¡hasta 25 veces!) con agua y cubitos convencida de que el choque térmico despertaba su tez, reducía la hinchazón y le ayudaba a mantener un aspecto firme y descansado. En Mommie Dearest (1981), la película que reconstruye la figura de Crawford, quedan retratados algunos de los rituales poco convencionales que la actriz utilizaba para mantener su apariencia deslumbrante ante la cámara que incluyen, además del uso del frío, limpiarse los ojos con ácido bórico, utilizar mayonesa como mascarilla capilar o aplicar una capa espesa de crema hidratante sobre el rostro antes del maquillaje.
Sobre el periodista guatemalteco José Rubén Zamora (Ciudad de Guatemala, 69 años), beneficiado la pasada semana con arresto domiciliario, pesa la posibilidad de volver a prisión después de que este martes la Fiscalía apelara la decisión del juez. Zamora recibe a este periódico en la sala silenciosa de su casa, en un barrio acomodado de la capital, un inmueble amplio y rodeado de vegetación que vuelve a ser su refugio tras dejar la celda de 12 metros —“bartolina”, la llama— que ocupó durante más de un año. Camina con alivio, pero también con cautela: sabe que el Ministerio Público, dirigido por la controvertida fiscal Consuelo Porras, lo mantiene en la mira y que su libertad es frágil.


Como tantas ciudades rodeadas de paisajes idílicos, quienes visitan Santa Marta no siempre se sumergen en sus históricas callejuelas de edificios bajos y monumentos coloniales. En lugar de hurgar en su pasado, muchos viajeros ponen rumbo a cualquiera de los fragmentos de cultura y naturaleza en torno a la capital del departamento del Magdalena, en la costa caribeña de Colombia. Santa Marta, sin embargo, desprende por sí misma un encanto que a veces se ha visto eclipsado por la exuberancia del parque natural Tayrona, Minca o la misteriosa Ciudad Perdida, antigua población de los indígenas de la región antes de su colapso hacia 1600.

Debería haber una tienda como Casa Terra en cada esquina, por ley. Venden infinidad de especias y todo tipo de productos a granel en pleno centro de Madrid. Botes de cristal con colores abrumadores, olores que te hipnotizan; un éxtasis sensorial y adictivo, vaya. Es habitual que haya clientes que pidan “pimentón del normal”, a lo que Víctor Lozano, uno de los propietarios de la tienda, siempre responde “a ver, no hay un pimentón normal”, antes de enumerar los diferentes tipos que tiene a la venta y explicar al detalle las cualidades de cada uno.






