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Durant una estada a Buenos Aires, Marcel Duchamp va assabentar-se del casament de la seva germana Suzanne amb el pintor Jean Crotti. Com a regal de noces, va enviar-li un paquet a París. “Era un llibre de geometria que havia de penjar amb cordills al balcó del seu apartament de la Rue Condamine; el vent havia de travessar el llibre, triar els seus propis problemes, girar i arrencar les pàgines”. Així en parlava el mateix Duchamp dècades més tard en una entrevista en què rememorava aquella “idea divertida”. I és que amb el Readymade Malhereux [Readymade Infeliç] (1919), aquell tractat científic que representava el coneixement humà s’abandonava a la intempèrie i se’l condemnava a desaparèixer per l’acció atzarosa de les forces de la natura. Una provocació que qüestionava l’ordre establert. D’aquesta acció dadaista només va sobreviure un petit quadre que va pintar la mateixa Suzanne, un grapat de fotografies i una reverberació reveladora: els llibres també podien ser artefactes artístics.
A Gustavo Petro se le acaba el tiempo. El próximo 7 de agosto dejará de ser presidente de Colombia. En cuatro años, muchas de sus promesas se han quedado por el camino. A veces por errores suyos, otras por la resistencia y los miedos de un país en el que no había gobernado la izquierda en décadas. Ahora, el desgaste del poder ha caído a plomo sobre él. A veces se le ve irritado y de mal humor, pero esta mañana un Petro sonriente y en impecable traje azul entra acompañado de su comitiva presidencial por la puerta del Pabellón 8 de la Fira de Barcelona. Petro participa en la IV Reunión en Defensa de la Democracia junto a los presidentes de España, Brasil y México, un combo progresista con el que se siente a gusto. En la entrevista con EL PAÍS, el presidente colombiano, que el domingo cumplirá 66 años, defiende el multilateralismo y la lucha contra el cambio climático, al tiempo que no puede dejar de lanzar dardos sobre el sistema electoral, abriendo incluso la duda sobre si reconocerá los resultados de las elecciones si considera que hay irregularidades. Sus esperanzas se centran en que su candidato, Iván Cepeda, por ahora el favorito en las encuestas, sea el siguiente en ocupar su despacho. Reconoce que no conseguirlo sería un fracaso personal.


“Me tenía que subir a un tanque y me había hecho unas pruebas médicas. Después de la pausa para cenar, mientras me estaban poniendo la peluca, tenía a un médico al teléfono que me dijo: ‘Parece que tienes un aneurisma cerebral”, explica la actriz que ha protagonizado algunas de las escenas más memorables del cine de las últimas décadas, dentro y fuera de España. Pero Penélope Cruz (Alcobendas, 51 años) otorga un doble matiz al adjetivo inolvidable cuando relata lo que le ocurrió en su primer día de rodaje de La bola negra, la esperadísima próxima película de Javier Ambrossi y Javier Calvo (que competirá por la Palma de Oro en el Festival de Cannes), mientras se forjaba una de esas escenas que prometen grabarse en las retinas de los espectadores: su personaje tiene que unirse a un grupo de unos 300 figurantes e interactuar con ellos mientras canta y baila. “Yo nunca me olvidaré de esa escena. Primero por la libertad que dan ellos. La energía de ese momento no se puede construir de otra manera, no se puede ensayar de más, tenía que tener algo muy salvaje. Y después por esa llamada del médico. Yo empecé a llorar, intentando que no se me estropeara demasiado el maquillaje, mientras al otro lado había 300 personas esperando para seguir con el número musical. ‘¿Cómo que parece?’, le contesté. Y me dijo que no era seguro, que había que repetir las pruebas. Yo solo le pregunté: ‘¿Puedo hacer ejercicio ahora mismo? Porque tengo que bailar y cantar toda la noche’. Y me dijo: ‘Sí, tranquila, lo puedes hacer’. Entonces me subí al tanque, y siempre recordaré la sensación de estar escuchando el inicio del número musical, pensando que tenía que darlo todo, y a la vez con un miedo… Mi cabeza iba a mil por hora, combinada con la adrenalina del número musical, que es impresionante”.
Juan Cebrián
Pablo Iglesias (NS Management) para Chanel.
Virginia Sancho.
Cristina Serrano.
Marcos Jiménez y Mario Val.
Orlando Gutiérrez.
Paula Alcalde y Carmen Cruz.
Marina Marco.
Laura Hurtado
El pasado domingo, cuando aún no había amanecido, Arelis Jiménez se descolgaba por la ventana de un tercer piso en Pamplona con una sábana. Intentaba huir de su expareja, un hombre al que había denunciado y que tenía una orden de alejamiento en vigor. Pero cayó al vació, y murió. El lunes, en Córdoba, iba a producirse un juicio rápido contra un hombre que tres días antes había entrado con un martillo en casa de Tulia Ester, su exmujer: le destrozó el equipo de música, la agarró del pecho y la amenazó con destrozarle toda la casa. La policía lo detuvo y un juez decidió imponerle una orden de alejamiento. Sin embargo, lo dejó en libertad hasta que tuviera lugar un juicio que nunca se produjo: la mató esa mañana en el portal de su casa.
La violencia machista es uno de los problemas estructurales más complejos de sociedades de todo el mundo, entre otras razones, por la bolsa oculta de denuncias. Vicente Magro, magistrado del Tribunal Supremo, señala que las cifras son “de unas 200.000 denuncias al año” pero que desde la justicia se calcula “que hay alrededor de 600.000 hechos anuales, es decir, que puede haber un 60% que aún no se denuncia, y eso tras los enormes avances de los últimos años”. Según las cifras oficiales, desde que hay registro, se ha pasado de las 135.539 que se interpusieron en 2009, a las 204.342 del pasado año. En 27.030 de esos casos se activaron órdenes de protección y en 4.420 casos se decidió la activación de una de las llamadas pulseras antimaltradores.
Esos dispositivos, aún presentando múltiples fallos, han sido hasta ahora la única medida 100% eficaz para impedir los feminicidios. Ninguna de las más de 22.000 mujeres que la han llevado desde que se implantaron en España en 2009 ha sido asesinada mientras lo llevaba. ¿Sería viable que todas las mujeres con medidas de protección la llevaran? No de momento. Ni el sistema técnico está preparado, ni sería posible por el factor humano gestionar y responder ante las incidencias de un volumen casi siete veces mayor. No habría suficiente personal técnico ni agentes de las fuerzas y cuerpos de seguridad. Magro recuerda que eso solo podría hacerse si se pudiese garantizar que no habrá errores. Además, “hay mujeres que no quieren llevarlas por diversas razones, y aunque es importantísima la concienciación de las víctimas en la necesidad de que el Estado las proteja, ellas tienen derecho a decidir”.

Aspira alto y trabaja duro. Es la premisa que apuntala el sistema educativo de Estonia y que, según su ministra de Educación, Kristina Kallas (Kiviõli, 50 años), es uno de los motivos que lo ha llevado a triunfar en los exámenes de calidad educativa de PISA. Es el primer país europeo y cuarto del mundo (tras Singapur, Japón y Corea del Sur), pese a un ligero retroceso. La poca diversidad de alumnos en las aulas, la gran autonomía de los centros y profesores ―que implica un Gobierno poco intervencionista―, una gran plantilla y unos profesores bien preparados y respetados completan el caleidoscópico de su éxito. También presentan una realidad opuesta a la de España. Kallas, que lleva tres años en el cargo, recibe a EL PAÍS en Barcelona, antes de participar el 10 de abril en el European Pulse Forum 2026, donde presentó el plan para desplegar con seguridad la Inteligencia Artificial en las escuelas.


En un campo agrícola a 57 kilómetros de Madrid, tres personas montan una mesa, se sientan en unas sillas pleglables y se ponen a contar pájaros. “Equipo 34, haciendo avistamientos en Villarejo de Salvanés”, manda un mensaje de voz uno de ellos con su móvil para avisar del comienzo del conteo, a las ocho de la mañana del pasado sábado. Esta cita de muestreo resulta relevante porque dos de los participantes son los principales responsables de los estudios de la Universidad de Alcalá para el seguimiento de fringílidos (un tipo de aves cantoras) criticados por cuestiones metodológicas y éticas por una treintena de científicos en las revistas Science y Ecological Indicators. “Ahí tenemos dos jilgueros, ¿estamos de acuerdo?“, comenta señalando al cielo Cristóbal Vega, sanitario jubilado que en un año realiza al menos ocho de estas salidas al campo para contar aves cantoras. ”Sí“, valida junto a él Pablo Luis López Espí, ingeniero de Telecomunicaciones y director de este proyecto de la Universidad de Alcalá. “Sí”, confirma el tercero de los integrantes, Lorenzo Marazuela, ingeniero de Montes de la Universidad Politécnica de Madrid que ha ideado la metodología. Acto seguido, cada uno apunta en sus papeles.




Empieza el buen tiempo, los días se alargan, apetece salir más y, casi sin darte cuenta, tomas una decisión: “Voy a empezar a hacer ejercicio”. Te marcas un objetivo. Quizá caminar 10.000 pasos al día, ir al gimnasio tres veces por semana o salir a correr. Los primeros días todo va bien, incluso sientes orgullo, pero pasan las semanas y algo cambia: un día fallas, luego otro, y, sin darte cuenta, abandonas. Si te identificas con esta historia, no eres la única persona. Es una historia extraordinariamente común que nos lleva inevitablemente a una pregunta incómoda: ¿Qué ha fallado?

Durante los 41 minutos que la tripulación de Artemis 2 se escondió detrás de la Luna, el mundo entero contuvo el aliento. Después del lanzamiento, se trataba del siguiente momento más delicado de toda la misión. En la cara oculta del satélite, expuestos al vacío y a la radiación solar, incomunicados y sin posibilidad de ayuda, la vida de las cuatro personas que más lejos han estado de la Tierra dependía de la precisión quirúrgica de unos cálculos que ya no podían corregirse. Durante esos minutos estaban solos en el universo. Es difícil imaginar la carga dramática, la emoción e incluso el vértigo que el equipo de la NASA sintió al oír la voz de Christina Koch en sus receptores de radio: “Es maravilloso volver a escuchar a la Tierra”. Estaban ante la hazaña más reciente de la humanidad.


