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Messi se va; se va y, durante años, será el espejo de cada novedad: bueno, este sí podría ser el nuevo Messi. Pero muy pronto él dejará de ser quien siempre fue. Muy pronto —unos meses, un año— los medios ya no hablarán de él todos los días, los millones ya no hablaremos de él todos los días: tendrá que sucederle algo importante —ir a la playa con sus hijos, cenar con su señora— para que lo nombremos. Será un cambio brutal: su vida fue que lo miremos y lo comentemos, que lo envidiemos y lo veneremos desde hace más de 20 años, cuando tenía 16 o 17. Va a ser raro para él vivir un poco lejos de nosotros; va a ser raro para nosotros vivir casi sin él. Raro, y nos acostumbraremos. Lo extrañaremos cuando las cosas vayan mal. Miraremos sus goles en YouTube, cada vez menos. Lo iremos olvidando.

Las altas temperaturas que ha registrado mayo han tenido un impacto directo en la salud: 101 personas han muerto por el calor, según el Sistema de Monitorización de la Mortalidad diaria (MoMo), que nunca desde que empezó a usarse (en 2015) había registrado una cifra tan alta un mes de mayo.
La cara de preocupación de decenas de alumnos de la Universidad Complutense de Madrid cambió a susto ante la frase: “Los que tengáis cascos, relojes inteligentes o gafas inteligentes, tendréis que entregarlos. Vamos a pasar con un detector, eso pita y, si vemos que hay motivo de fraude, eso significa cero en la evaluación”. Los detectores de frecuencias han sido la novedad en las Pruebas de Acceso a la Universidad (PAU) de 2026. Siete comunidades autónomas —Galicia, Murcia, Cataluña, Aragón, Comunidad Valenciana, Asturias y Cantabria— anunciaron su uso para combatir el fraude en los exámenes. A las que en la práctica se les sumaron Andalucía, Baleares, Canarias, Castilla y León, La Rioja y Madrid —Euskadi ha advertido al alumnado de que podría usarlos—. Pero, en Madrid, el cambio es todavía mayor: de la detección a la grabación como prueba de posible trampa, una práctica que los expertos advierten que amenaza la protección de datos.

Ha cumplido un mes en su nuevo plató y Marc Giró (Barcelona, 51 años) no conoce la calma. “Nací nervioso, soy nervioso, vivo nervioso sin importar qué ocurra”, aclara el presentador de Cara al show, el late night que conduce los martes en La Sexta. Tras comentar su sonado paso por la Casita de Bad Bunny en su primer concierto en Europa (“No imaginé la exposición que tendría, lo pasé fenomenal”), sentado en en el bar de la zona alta de Barcelona donde nos ha citado, Giró encarrila el mensaje al inicio, al ser preguntado por su estado de ánimo ahora que Cara al show ha visto la luz.


Veronica Akabondo había trabajado de sol a sol durante meses en su granja del sur de Zambia y estaba segura de tener una abundante cosecha de maíz. Pero un día se despertó y descubrió que todo se había esfumado. ¿El culpable? Un grupo de elefantes hambrientos. “Vinieron y se comieron el maíz durante toda la noche”, dice Akabondo, desolada, de pie entre los restos pisoteados de su campo. “Ni siquiera las calabazas que planté en el mismo campo se salvaron. Nos tomaron por sorpresa”, agrega esta mujer de 60 años.
Adrián Núñez (Langreo, Asturias, 40 años) ha seguido a España en casi todos los grandes torneos desde la Eurocopa de Francia de 2016. Es de los afortunados: consiguió sus entradas para el Mundial en diciembre, en la primera ronda de venta reservada para los socios de cada federación, entre las más baratas disponibles —los asientos de esta categoría son muy limitados y están ubicados en las esquinas superiores de los estadios—. Irá a los dos primeros partidos de España en fase de grupos, ambos en Atlanta, y se desplazará en coche de alquiler desde Miami, alojándose en ciudades cercanas más baratas para amortiguar el golpe.

Las casi 600.000 entradas que Bad Bunny ha vendido en nuestro país han traído consigo un impacto económico que los expertos cifran en más de 200 millones de euros solo en Madrid, donde el artista actuará un total de diez veces. En Barcelona, lugar de arranque de la gira española, ofreció dos shows consecutivos el 22 y 23 de mayo. Y en ambas ciudades el ambiente de jolgorio, perreo y celebración ha sido la tónica habitual, con decenas de miles de fans entregados a la música, pero también a la moda.
En los primeros días de 1975, David Bowie era un juguete roto. Enclaustrado en su grotesca mansión de Los Ángeles, el británico pasaba sus días leyendo oscuros ensayos sobre esoteria nazi, viendo el televisor tumbado en un amplio camastro con dosel victoriano y practicando rituales de magia negra inspirados por su nuevo héroe, el farsante magufo Aleister Crowley.