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La movilización de decenas de voluntarios para localizar a Boro, el perro perdido tras el terrible accidente ferroviario de Adamuz, refleja el cambio en la relación con las mascotas, cada vez más consideradas parte esencial del hogar. “Es familia”, explicaba emocionada Ana García, una de las supervivientes, que viajaba en el tren junto a su hermana, aún ingresada en la UCI, cuando pedía ayuda para buscar a Boro. Finalmente, el jueves agentes del Servicio de Protección de la Naturaleza (Seprona) de la Guardia Civil lograron capturarlo y devolverlo a los suyos. “Gordo, ya nos vamos a casa”, le decía su dueña al reencontrarse con él.
En su deslavazado discurso del miércoles ante el Foro de Davos, en Suiza, Donald Trump arremetió otra vez contra las renovables, la Unión Europea y el Pacto Verde, que tiene como objetivo la transformación del sistema energético y de movilidad para romper con la dependencia de los combustibles fósiles, principales causantes del cambio climático. Trump, al igual que hace la ultraderecha europea y española con Vox a la cabeza, desdeñó ese pacto, al que llama “nueva estafa verde”. Pero lo cierto es que, a pesar de los ataques, las renovables siguieron creciendo en 2025 y marcando récords mientras el consumo fósil para generar electricidad se estanca.
Cada año se presentan varios prototipos de robots humanoides. Su impacto suele ser mayor cuanto más se parecen a las personas. Pero hay excepciones. Un grupo de investigadores de la Southern University of Science and Technology ha desarrollado un ingenio con aspecto de flotador con patas extensibles (de hecho, eso es lo que es) cuyo diseño podría ser de ayuda en labores de asistencia tras catástrofes naturales: el robot puede contraerse y reptar por espacios estrechos, para luego inflarse y andar de forma estable. También puede flotar, nadar y volar.

En estos tiempos en los que gran parte de la ficción televisiva que se produce está basada en marcas o historias preexistentes (precuelas, secuelas, extensiones de franquicias, adaptaciones y remakes hay a patadas cada año), no parece sorprendente que la saga de películas españolas más taquilleras de los últimos años terminara por tener su versión televisiva. Padre no hay más que uno, los filmes dirigidos y protagonizados por Santiago Segura, arrancaron en 2019 su camino triunfal en los cines y en 2025 se estrenó su quinta y última entrega, con lo que ya se podría considerar una serie (con capítulos largos) en sí misma.

“¿Quieres ser la telonera de Taylor Swift?”. Con esa pregunta, cuya respuesta se antoja obvia, se despertó una mañana la cantante Sofia Isella, que descubrió a través de su madre que una de las figuras más importantes del pop quería que fuera la responsable de abrir su concierto en Wimbledon. La propuesta de Swift sorprendió a muchos. ¿Cuán malévola puedes ser en la gira Eras? Sofia Isella está abriendo un nuevo y oscuro camino en el pop, titulaba August Brown a un artículo publicado en Los Angeles Times en el que comentaba que la desconfianza de Ia cantante hacia las instituciones se extiende a su carrera discográfica, pues pese a estar en el radar de Swift, sigue siendo independiente. “He conocido a muchos peces gordos, y son gente muy amable, pero me encanta la sensación de ser independiente”, dijo Isella. “Quizás cambie de opinión, pero estoy intentando comprender completamente un sello y cuáles son sus funciones, así como qué es lo que le ofrece al artista en la era de las redes sociales. Estoy intentando evaluarlo a fondo antes de firmar ningún contrato”, explicaba la cantante, nacida en California y residente en Los Ángeles.
Pablo Muñoz Gabilondo (San Sebastián, 53 años) y Pipper (Urnieta, 9 años) son compañeros de vida y de viaje desde 2018, cuando este Parson Russell Terrier se convirtió, según presume su tutor, en el primer perro turista en dar la vuelta a España. Juntos viajan para documentar planes en la web Pipper on Tour y divulgar los retos y avances del turismo pet friendly.

Se terminaban los años setenta y Sophie Calle se inventó un juego: “He pedido a algunas personas que me concedan unas horas de su sueño. Que vengan a dormir a mi cama”. A cambio, los extraños durmientes tenían que dejarse fotografiar. Su habitación propia estuvo ocupada sin interrupción por sueños ajenos durante casi una semana entera. Sophie tomaba notas de posturas y abrazos, como una etnógrafa de la vida íntima.
La imposición, como forma de liderazgo, ha saltado estos días al primer plano de la mano del presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Él se ha propuesto, desde la presión, ordenar la escena geopolítica bajo su criterio y mando. Un patrón, el de ejercer el poder desde el ultimátum y la asimetría de fuerzas, incluso con el rechazo explícito del interlocutor, que se repite en algunas organizaciones. Pero encajar un no y atreverse con él exige una estrategia para impedir romper puentes, menoscabar la autoridad del superior y proteger las relaciones laborales. En la empresa, como en la geopolítica, el poder se negocia.
Un trabajador no está obligado a cumplir la orden de un jefe si es ilegal o vulnera un derecho fundamental. “El poder del empresario encuentra límites en la ley cuando atañe, por ejemplo, al respeto a la dignidad e intimidad de sus empleados. Es el caso de las denuncias formuladas por dos empleadas de Julio Iglesias al expresar que el cantante, presuntamente, solicitaba su acceso a efectos personales, como el móvil”, declara la presidenta de la Asociación Nacional de Laboralistas, ASNALA, Ana Gómez. La abogada aconseja documentar siempre y dejar por escrito el motivo de la oposición, incluido el formato en audio.
Si eres de mi generación –en el límite entre la X y la milenial– seguro que recordarás una de las escenas más míticas del clásico viejuno de Parchís La guerra de los niños. Esa en la que Carlitos se colaba en una pastelería, soltaba “no van a quedar ni las vitrinas, voy a estar comiendo hasta que se me gasten los dientes” y procedía a zamparse todos los dulces del mostrador antes de terminar en urgencias. Todo; menos la indigestión, claro, fue uno de los sueños más recurrentes de mi infancia. Me pierden los pasteles, qué le vamos a hacer.


