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Macarena García (Madrid, 38 años) empezó su carrera casi por el final, con premios y aplausos que suelen tardar años en llegar. Desde su debut con Blancanieves en 2012, con la que ganó un Goya y una Concha de Plata, no ha dejado de trabajar en cine, televisión y teatro, aunque aquel debut triunfal también acabó convirtiéndose, según confiesa, en una presión que le costó tiempo desmontar. Nos encontramos en Barcelona, donde rueda un proyecto del que no puede decir nada y a las puertas de uno de los escasos fines de semana libres que le ha dejado el verano. Este año ha estrenado dos proyectos: la película Un hijo y la serie Se tiene que morir mucha gente. En ellas exhibe sus dos caras: una melancolía innata, de la que da cuenta una mirada que siempre parece al borde de la emoción, y una insospechada vis cómica.


España se queda sin geólogos. En nueve años —entre el curso 2015-2016 y el 2023-2024—, la carrera ha perdido el 26,7% de los alumnos de primero, que han pasado de ser 613 a 449, y el 37% de los graduados (de 302 a 190). No hay duda de que se vive una auténtica pérdida de vocaciones que pasa factura al mercado laboral y supone un peligro para la sociedad. Si se escuchase a estos profesionales, los costes humanos en la dana de Valencia o los materiales de los terremotos en Granada y en el volcán de La Palma hubiesen sido menores. “El problema está en secundaria. La geología apenas se estudia y nadie escoge en la carrera lo que no conoce”, resume Albert Soler, decano de Ciencias de la Tierra de la Universidad de Barcelona.

Se conoce que la cocina de casa es un espacio cuya propiedad ostenta, oficiosamente, la persona que maneja los fogones y alimenta a su tribu. Dada la monumentalidad de la misión, el cocinero o cocinera de la familia debería gozar de una autoridad dictatorial en su territorio, sobre todo cuando está con las manos en la masa. Pero nada más lejos de la realidad: en muchas casas, al chef lo torean como si fuera una vulgar vaquilla de feria.




Elena Laguía me recuerda a mí y a otras como yo de aquellos tiempos en los que podíamos enfrentarnos muy pronto a la vida laboral. Recién salidas del horno. Sin másteres, haciendo oficio con la propia experiencia. Me reconozco en esa mezcla de candor y aplomo y quisiera decirle que lo que está viviendo ahora será la base de toda su vida profesional. Ella lo intuye. Cuando Elena estudiaba psicología en Teruel jamás se le pasó por la cabeza especializarse en los vaivenes emocionales de la vejez. A los ancianos se les nutre de pastillas, ya se sabe, la tensión, el colesterol, el sueño, el dolor, pero parece que a cierta edad uno está amortizado y no hay terapia que pueda quebrar la materia rocosa del carácter que se ha forjado durante toda una vida.


“Éramos el enemigo número uno. Recuerdo cuando Prada me invitó por primera vez al desfile. Yo estaba en primera fila y escuchaba comentarios nocivos desde atrás. Eran periodistas que creían que estaba ocupando su lugar. Yo no quería quitarle el sitio a nadie, sino hacerme uno para mí. Fue duro para alguien de 20 años recibir tantas zancadillas”. Han pasado más de tres lustros desde este momento que relata el influencer Pelayo Díaz —estudió Moda en Central Saint Martins de Londres y ha colaborado con Louis Vuitton y Dolce & Gabbana, además de labrarse una personalidad televisiva—, uno de los primeros en este país a los que se nombró de esa guisa. El término se refería entonces a alguien con presencia en redes y una fiel comunidad de seguidores, que producía contenido y recomendaciones alrededor de la moda y el estilo de vida. Aquella primera generación se estrenó como elemento disruptivo con un célebre anuncio del bolso Amazona, de Loewe, de 2012, en el que un puñado de jóvenes creativos se colocaban el complemento sobre la cabeza, escandalizando a un mundo que no sabía qué le molestaba más, si lo que hacían o no saber quién diantres eran esos chavales que lo hacían.
Cristina Pérez, directora de Innovación en Kantar, lleva más de 30 años dedicada a investigar el lanzamiento de nuevos productos. Ha sido testigo de espectaculares éxitos y de fracasos inesperados, y por encima de todo defiende que los consumidores, antes y ahora, tienden a manifestar un comportamiento similar: “Siempre pongo el ejemplo de Brad Pitt. Yo estoy casada con mi marido, y soy fiel. Pero, claro, si aparece Brad Pitt… esa fidelidad puede no ser un compromiso ante determinados estímulos”, sonríe. “Puedes observar que un consumidor ha comprado un mismo producto nueve de las últimas diez veces que ha ido al supermercado, pero eso no te garantiza fidelidad. Igual lo compra porque es accesible en su establecimiento de confianza. Pero si un día desaparece, no le importará pasarse a otra cosa”.
Las redes sociales son terribles para niños y adolescentes. En una época marcada por la polarización, esta idea genera un abrumador consenso; es más popular que las croquetas. Un Eurobarómetro del pasado mes de julio señalaba que el 72% de los padres están preocupados por el contenido online que consumen sus hijos. La idea es transversal y va en aumento, así que gobiernos de todo signo y tribunales de medio mundo han empezado a actuar. El diagnóstico es compartido, pero las recetas difieren. Estos días, las dos más importantes se han visto en los tribunales.

El año 1989, Fleur Jaeggy, la misteriosamente salvaje, críptica, genial escritora suiza que ha escrito siempre en italiano, publicó una novela que acabaría siendo su novela más famosa. ¿Su título? Los hermosos años del castigo (Tusquets). A menudo, su trama se liquida considerándolo un libro de internado —oh, chicas en un internado, ya saben, claustrofobia, ritos, mundo real por completo anulado— cuando sobre todo es una novela sobre el abismo que constituye el otro cuando se es, y el otro también, adolescente. Fíjense en la descripción que hace la narradora de su futura mejor amiga —o deseable amiga, su, se diría hoy, crush—: “Tenía quince años, los cabellos rígidos como cuchillas, brillantes, los ojos graves y fijos, sombreados. La nariz aguileña, los dientes, cuando reía, y reía poco, eran puntiagudos. Una hermosa frente alta donde podían tocarse los pensamientos, donde generaciones pasadas le habían transmitido talento, inteligencia, fascinación. No hablaba con nadie. La apariencia era la de un ídolo, despreciativa. Tal vez por eso deseé conquistarla. No tenía humanidad”.
Pan
Michael Clune
Traducción de Javier Calvo
Anagrama, 2026
336 páginas. 21,90 euros
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Los hermosos años del castigo
Fleur Jaeggy
Traducción de Juana Bignozzi
Tusquets, 2026
128 páginas. 18 euros
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Las vírgenes suicidas
Jeffrey Eugenides
Traducción de Roser Berdagué
Anagrama, 2024
264 páginas. 13,90 euros
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Un retrato del artista en su juventud
James Joyce
Traducción de Máximo Aláez Corral
Akal, 2024
640 páginas. 42 euros
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Carrie
Stephen King
Traducción de Gregorio Vlastelica
Plaza & Janés, 2024
288 páginas. 21,75 euros
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La campana de cristal
Sylvia Plath
Traducción de Eugenia Vázquez Nacarino
DeBolsillo, 2024
256 páginas. 14,20 euros
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Menos que cero
Bret Easton Ellis
Traducción de Mariano Antolín Rato
DeBolsillo, 2023
176 páginas. 12,30 euros
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La flor
Mary Karr
Traducción de Regina López Muñoz.
Periférica & Errata Naturae, 2020.
440 páginas. 23 euros).
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El guardián entre el centeno
J. D. Salinger
Traducción de Carmen Criado
Alianza, 2018
264 páginas. 17,95 euros
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Puro fuego. Confesiones de una banda de chicas
Joyce Carol Oates
Traducción de Montserrat Serra Ramoneda
DeBolsillo, 2015
464 páginas. 12,30 euros
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Los excluidos
Elfriede Jelinek
Traducción de Carmen Vázquez de Castro García
DeBolsillo, 2006
256 páginas. 12,30 euros