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Cuando le comento que nuestra charla se incluirá en una serie estival en la que personajes célebres, como él, cuentan su paso por prisión y que ha sido bautizada ‘Un verano en la sombra’, Pablo Crespo (Pontevedra, 66 años) se ríe. “Yo utilizo mucho esa expresión ―se justifica―. Como a mí el sol me sienta fatal, siempre digo que los más de nueve años que estuve en la cárcel en régimen cerrado al menos estuve a la sombra”, añade en tono de broma. Antiguo empresario, exdirigente del PP gallego, pero sobre todo conocido por su papel de número dos en la trama Gürtel, Crespo ha estrenado en los últimos meses dos cambios relevantes en su vida. A finales de marzo, la Audiencia Nacional le concedió la libertad condicional. Hace un mes se prejubiló. Desde la localidad de la costa mediterránea donde se ha asentado discretamente, recuerda el día que ingresó en la cárcel, en febrero de 2009. “Después del shock que supuso la detención y pasar tres noches en los calabozos de la Policía, llegar a prisión fue casi un alivio. ¡Por fin me pude duchar!”, rememora. No obstante, también recuerda que tanto él como el cabecilla de la trama, Francisco Correa, vivieron aquellos primeros días en el Centro Penitenciario de Soto del Real (Madrid) “sobrepasados por el eco mediático de nuestro arresto”.

No ser madre representa para muchas mujeres una conquista. Esa conquista es, en cualquier caso, la capacidad de poder elegir, lo que supone contar con varias alternativas dadas por las condiciones materiales, los factores físicos o el capital cultural. A Victoria Bodean, su parálisis cerebral no le ha impedido poner en práctica esa capacidad de elección. Para sorpresa de su entorno, esta profesora de inglés moldava de 27 años se ha convertido en madre de una niña, una victoria con mayúscula que, además, ahora quiere coronar con una carrera de creadora de contenido para mostrar al mundo cómo es vivir con una discapacidad.
En 2011, la Unesco declaró la cultura de los cafés vieneses patrimonio cultural inmaterial de la humanidad. La descripción oficial decía: “Son lugares donde se consumen el tiempo y el espacio, pero en la cuenta solo aparece el café”. Ciertamente, por muy elevado que sea el precio de la factura, nunca llega a pagar la experiencia completa: el derecho a sentarse durante horas leyendo los periódicos, siempre presentes en los expositores de prensa de madera; el asiento de primera fila a la vida, a la gente y al modo de ser de una cultura; el ritual diario de la tarta y el café de media tarde; el poder escuchar la música de un piano o la orquesta que toca en vivo, el sol que se filtra por la ventana anunciando la primavera, la conversación espontánea con el de la mesa de al lado o la posibilidad de encontrar un amigo, un amor, un confidente.

Macarena García (Madrid, 38 años) empezó su carrera casi por el final, con premios y aplausos que suelen tardar años en llegar. Desde su debut con Blancanieves en 2012, con la que ganó un Goya y una Concha de Plata, no ha dejado de trabajar en cine, televisión y teatro, aunque aquel debut triunfal también acabó convirtiéndose, según confiesa, en una presión que le costó tiempo desmontar. Nos encontramos en Barcelona, donde rueda un proyecto del que no puede decir nada y a las puertas de uno de los escasos fines de semana libres que le ha dejado el verano. Este año ha estrenado dos proyectos: la película Un hijo y la serie Se tiene que morir mucha gente. En ellas exhibe sus dos caras: una melancolía innata, de la que da cuenta una mirada que siempre parece al borde de la emoción, y una insospechada vis cómica.


“Éramos el enemigo número uno. Recuerdo cuando Prada me invitó por primera vez al desfile. Yo estaba en primera fila y escuchaba comentarios nocivos desde atrás. Eran periodistas que creían que estaba ocupando su lugar. Yo no quería quitarle el sitio a nadie, sino hacerme uno para mí. Fue duro para alguien de 20 años recibir tantas zancadillas”. Han pasado más de tres lustros desde este momento que relata el influencer Pelayo Díaz —estudió Moda en Central Saint Martins de Londres y ha colaborado con Louis Vuitton y Dolce & Gabbana, además de labrarse una personalidad televisiva—, uno de los primeros en este país a los que se nombró de esa guisa. El término se refería entonces a alguien con presencia en redes y una fiel comunidad de seguidores, que producía contenido y recomendaciones alrededor de la moda y el estilo de vida. Aquella primera generación se estrenó como elemento disruptivo con un célebre anuncio del bolso Amazona, de Loewe, de 2012, en el que un puñado de jóvenes creativos se colocaban el complemento sobre la cabeza, escandalizando a un mundo que no sabía qué le molestaba más, si lo que hacían o no saber quién diantres eran esos chavales que lo hacían.