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En muchas familias, las chucherías y la bollería industrial no llegan como un plan: se instalan en la rutina. Una bolsa de chuches “por si acaso”, un caramelo o una chocolatina para acortar la espera o para calmar una rabieta son gestos habituales, dicen pediatras y psicólogos. Los dulces dejan de ser un capricho y se convierten en un recurso doméstico: rápido, barato, disponible y, sobre todo, eficaz a corto plazo. Según el pediatra y nutricionista Carlos Casabona, el consumo de dulces no solo se da en los cumpleaños, celebraciones o días especiales: “Hablamos del goteo diario. Basta con mirar cualquier día las papeleras de colegios e institutos, llenas de envases de bollería, briks de bebidas azucaradas y latas de bebidas estimulantes mal llamadas energéticas”. ¿Cómo se gestiona ese exceso de dulces en casa sin convertirlo en un tabú? ¿Cómo salvar desayunos y meriendas sin caer, por inercia, en ultraprocesados y bollería industrial?

Cuando pensamos en aprender de la historia, solemos centrarnos en evitar que vuelvan malos tiempos —“aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo”, escribió el español George Santayana—. El filósofo público Roman Krzanaric (Sídney, 55 años) ha querido darle la vuelta al argumento y se ha pasado cuatro años buscando ejemplos históricos positivos para enfrentarnos a los retos actuales, de la emergencia climática o el agotamiento de los recursos a la Inteligencia Artificial. El resultado es Historia para el mañana (Capitán Swing), recién publicado. “No se puede conducir un coche sin mirar el espejo retrovisor. He intentado mirar lo que ha salido bien para superar crisis o resolver problemas. La historia está llena de sabiduría oculta”, explica por videollamada.

Cuando conversas largo rato con Raül Refree (Barcelona, 49 años) sales con la sensación de que a veces has hablado con un músico y otras con un gurú al que no se le ha atravesado ninguna ínfula. Para quienes a lo largo de dos décadas de carrera han trabajado intensamente con él, reúne ambos dones. El primero de ellos, orgánico y estructural; el segundo, labrado a base de experiencia, estudio, una continua y profunda reflexión acompasada con intuiciones que sigue sin miedo a equivocarse, incluso para errar y, de ahí, aprender. A todo eso hay que añadir una extrema disposición a recibir lo mejor que la vida y el arte le puedan dar.