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En un hilo cualquiera de algún foro, o en una discusión sobre política en Reddit que parece un cosplay de una barra de bar, “chud” aparece como aparecen hoy las palabras (más) útiles: sin definición estable, con un aire de clave y/o broma compartida y con la promesa de ahorrarte una explicación demasiado larga. Como un atajo para no acabar en el “mucho texto”, vaya. ¿Alguien recuerda 6/7?
Parece que todo lo que acontece en Venecia lo hace en horizontal. La cadencia hipnótica de la luz en los canales que atraviesan la ciudad italiana, la silueta de los gondoleros junto a unos postes que asemejan varas de caramelo, el reflejo del Palazzo delle Prigioni, donde estuvo preso Casanova… Pocos son los que alzan la vista y advierten unas pequeñas estructuras de madera posadas sobre los tejados, en algunos casos más acondicionadas y, en otros, tan solo cuatro vigas irregulares sin funcionalidad aparente. Son las altanas, unas terrazas de madera que se escondían en las azoteas, donde las mujeres venecianas pasaban horas aclarando su cabello al sol. Todo un manifiesto a la belleza capilar de la región del Véneto.
La utilización del poder económico como poder político ya no es invisible; se expresa continuamente y con total impunidad. Ello conduce al mundo hacia un nuevo orden en el que no sólo manda el más fuerte, sino también el más rico. Esta reflexión forma parte de modo implícito de la intervención de Mark Carney, primer ministro de Canadá, en el Foro de Davos, que ha causado sensación por su voluntad de resistencia. El planeta está en medio de una ruptura, no de una transición.

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La clase obrera se ha dividido. El trabajo ha dejado de ser el eje que articulaba la identidad y la comunidad. El sentido de pertenencia se ha desplazado hacia el consumo, el género, la edad, la raza, la nacionalidad o la orientación sexual: formas legítimas de identidad que, sin embargo, han relegado la cuestión de clase a un segundo plano. Hoy el trabajador vive en una burbuja que le impide reconocer a sus semejantes.