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El teólogo y pastor Doug Wilson lleva desde los años 70 predicando desde su rincón, literal y metafórico, de Estados Unidos. Es cofundador de su propia denominación cristiana, que lleva el nombre de Comunión de Iglesias Reformistas Evangélicas y cuenta con unas 170 congregaciones por todo el país. También es líder de un emporio de ideas ultraconservadoras que cuenta con una pequeña universidad y una escuela de primaria y secundaria, un servicio de streaming y una editorial. Todo ello lo maneja desde la localidad de Moscow, en Idaho, uno de los Estados más conservadores de la Unión.
En 2003, en una oscura lista de correo, un grupo de profetas del apocalipsis tecnológico se mandaba mensajes sobre cuánto les importaba “si la humanidad desaparecía”. Uno consideró que prefería estar con criaturas más listas y creativas, aunque no fueran humanos. Otro respondió que le parecería bien si no fuera porque esas máquinas no tendrían ninguna cualidad humana: “Serían solo pura inteligencia computacional dedicada a fabricar una cantidad infinita de clips”.
Dicen que “a Santo André de Teixido vai de morto quen non foi de vivo”. ¿Y eso es malo? Respondamos gallegamente: depende. Si para ir allí, uno se reencarna en una babosa y se arrastra a cámara lenta por un camino abarrotado de peregrinos, corriendo el serio peligro de acabar espachurrado bajo una suela Vibram, no es bueno. En cambio, si se reencarna en una bolboreta, en una mariposa macaón o en una blanca esbelta –por citar dos especies habituales en el extremo norte de la Península–, y se va parando en cada flor a libar y copular, no está mal.
Maravall lamenta profundamente la incapacidad de la clase política, hoy en día, para llegar a acuerdos entre distintos. Acodado en el sofá de su casa frente al Retiro madrileño, paliando el calor sofocante con el aire acondicionado, cuenta cómo en los años ochenta, en un momento en que UCD, el partido gobernante, se estaba desintegrando, desde el PSOE se le propuso a Leopoldo Calvo Sotelo un gobierno de coalición para asentar la democracia. Y el entonces presidente del Gobierno dijo no. Sabía que el PSOE era el partido que le sucedería, el único que podía conseguir que se avanzase por la senda democrática, y no quería que se quemase en una coalición con la UCD. “Es algo que le honra”.
Creo que la frase que más he leído este año, casi a diario, es: “Trump dice ahora que…”, y sigue lo contrario de lo que dijo el día anterior. En cambio, ya sabrán que las dos palabras que uno más ansía oír cuando es joven son “te quiero”, y ya más mayor, “es benigno”, pero este verano yo añadiría otras dos: “frente frío”. Sueño con oír algo así en las noticias: “Mañana entra un frente frío polar que causará una brusca caída de las temperaturas. Será necesaria mantita por la noche”. Pero hace tiempo que sueño con otro mensaje, que voy a lanzar antes de irme de vacaciones. Es para aquellos conductores con un cochazo de esos enormes y caros, casi siempre oscuros, de las mismas tres o cuatro marcas extranjeras, humanos de alta gama que van lanzados por el carril rápido a mil por hora, y me encuentran a mí adelantando dentro del límite de velocidad consentido: pues bien, que sepan que este verano no solo no me voy a apartar, por mucho que me den cien veces las luces largas y se me peguen a tres milímetros, sino que además iré aminorando la velocidad adrede, para ponerles nerviosos, y si insisten llegaré a detenerme, bloquearé la autopista y comenzaré a bailar entre los coches como en La La Land. Y ojalá se unan a mí en un musical liberador todos los conductores hartos de estos energúmenos prepotentes, mientras ellos se agitan entre convulsiones dándose cabezazos contra el volante. Hala, ya lo he dicho.

Hay cosas que están presentes en todo verano que se precie: el olor a protector solar, el gazpacho, las sobremesas eternas en la terraza... y esa vela de citronela que muchos colocamos cuidadosamente en el centro de la mesa con la esperanza de mantener a raya a los mosquitos. Nadie recuerda quién la compró ni cuándo apareció por primera vez, pero ahí sigue, año tras año, como un miembro más de la familia. Y, año tras año, alguien -lamentablemente, suelo ser yo- termina acribillado.




Una red de hilos invisibles conecta a los directivos y consejeros de las grandes compañías españolas. El haber pasado por ciertas consultoras empresariales de élite, escuelas de negocios o puestos de la Administración abre más puertas que cualquier agencia de cazatalentos. Abogados del Estado en excedencia en los consejos de administración de empresas del Ibex, exdirectivos de la firma McKinsey en los despachos más poderosos del sector financiero y antiguos alumnos de Icade o del IESE ocupando puestos relevantes en multinacionales muestran esa red de influencias —tan sutil como tenaz— que se ha ido tejiendo en las élites empresariales.
La formación de las élites económicas y administrativas sigue patrones distintos según los países, pero en todos los casos existe una combinación de mérito académico, redes de contactos y mecanismos de selección social. Francia representa el ejemplo más acabado de un sistema de reproducción de élites a través de instituciones educativas específicas. Durante décadas, la École Nationale d'Administration (ENA), clausurada en 2022 y sustituida por el Institut National du Service Public, y la École Polytechnique actuaron como auténticas canteras de la alta función pública y de la dirección empresarial. De sus aulas han salido presidentes de la República, ministros, altos funcionarios y dirigentes de algunas de las mayores empresas del país. La singularidad francesa radica en la estrecha conexión entre Estado y grandes empresas. Muchos graduados de estas grandes écoles comienzan su carrera en la Administración y más tarde pasan a ocupar puestos de responsabilidad en grupos industriales, energéticos o financieros. Grupos como AXA, Société Générale, BNP Paribas, Carrefour, Orange o Vivendi han tenido como máximos directivos a personas formadas en estas escuelas.
Este fenómeno ha llevado a numerosos sociólogos e historiadores a describir estas instituciones como una suerte de "nobleza de Estado" o "nobleza funcionarial": una élite legitimada por exámenes competitivos y el rendimiento académico, pero que al mismo tiempo concentra una parte importante de las posiciones de poder. El sociólogo y profesor de Economía Andrés Villena considera "natural" que cada país cree sistemas específicos para acceder al poder, "como una de herramienta para garantizar la pervivencia del Estado". Según explica, "los primeros en desarrollar estos métodos de selección de élites fueron los chinos, con la figura de los mandarines hace 15 siglos".
En el Reino Unido, la lógica es diferente, aunque también existe una fuerte concentración. Las universidades de Oxford y Cambridge, conocidas conjuntamente como Oxbridge, siguen desempeñando un papel central en la formación de las élites políticas, jurídicas y empresariales. Su influencia se ve reforzada por la tradición de los colegios privados de prestigio, como Eton o Winchester, que sirven con frecuencia como antesala de las universidades más selectivas. A diferencia de Francia, donde el Estado ocupa una posición central, el modelo británico está más vinculado al peso de las finanzas, las profesiones liberales y las redes sociales construidas durante la formación. En Alemania, las élites económicas proceden con frecuencia de universidades técnicas, escuelas de ingeniería y de un sistema de formación profesional muy desarrollado. El acceso a la dirección empresarial suele estar menos concentrado en un pequeño grupo de instituciones.
Estados Unidos presenta una estructura más abierta y descentralizada, aunque no por ello menos jerárquica. Universidades como Harvard, Stanford, Princeton, Yale o el MIT mantienen una influencia considerable en las firmas de Wall Street, las empresas tecnológicas de Silicon Valley y las grandes corporaciones. Sin embargo, el emprendimiento y la movilidad geográfica permiten trayectorias más diversas que en Europa.