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La libertad de expresión protege el derecho a manifestar opiniones, incluidas aquellas que son provocadoras, ofensivas o profundamente equivocadas. Pero protege, exactamente con la misma fuerza, el derecho de periodistas, investigadores, verificadores y ciudadanos comunes a examinar esas afirmaciones, aportar pruebas y señalar públicamente: esto es falso.
Muchos hombres homosexuales dejaron el balón en la infancia o la adolescencia al sentir que estaban en territorio hostil. Sin embargo, los valores que ha defendido ahora la selección española con jugadores como Borja Iglesias o Lamine Yamal han llamado su atención.
Durante el viaje de tres semanas de Tadej Pogacar hacia su quinto Tour ha habido tantos momentos extraordinarios —récords de ascensión del Tourmalet y a Alpe d’Huez, ascensiones en solitario de kilómetros aniquilando a los mejores ciclistas del mundo, los sueños del futuro— que científicos y entrenadores se han pasado un rato cada día haciendo operaciones con la calculadora del móvil. Tantos metros de desnivel, tantos minutos de ascensión, tanto peso, tanta altitud, uno por otro, partido por el siguiente y un resultado en vatios, 430 en 40 minutos, 450 en 20 minutos, y así, números que los dejaban admirados, con la boca abierta, y creerían equivocados si no fuera porque pertenecen al único e inimitable esloveno que domina el ciclismo mundial en todas sus conjugaciones desde hace seis años.
Este año no he visto La Velada del Año, ese espectáculo parecido al boxeo que organiza Ibai Llanos. No la he visto porque no tiene ningún sentido verla si no has seguido las pullas previas entre ellos. ¿Para qué? En Pressing Catch -y en combates de boxeo de verdad- hay y había momentos previos en los que los contrincantes prometían machacar al otro. Es una forma de avivar el espectáculo, de generar un interés cafre por una pequeña batalla. En el caso de lo que organiza Ibai, todo el espectáculo está en las rencillas entre los principales contrincantes. También hay peleas de relleno, como hay concursantes de relleno en Masterchef Celebrity, gente que llegará y se irá sin pena ni gloria, pero con la paga de la abuela en el bolsillo.

Hay expertos que dan el cine de superhéroes por amortizado. Se apoyan, por ejemplo, en las cifras catastróficas de la reciente Supergirl o de algunos de los estrenos de Marvel. El exceso de series que han llegado estos años a las plataformas tampoco ha ayudado. Los superhéroes seguirán muertos en la mente de esos analistas al menos hasta que este miércoles llegue la inminente Spider-Man: Brand New Day, dispuesta a arrasar y marcar nuevos récords en taquilla. Pero, mientras tanto, hay una serie que está haciendo semana a semana un alegato de por qué el género todavía tiene cosas que decir: se llama X-men ‘97 y su éxito creativo ha sido una de las mayores sorpresas que ha dado la televisión de los últimos años.
Farah Abu Qneis no se atrevía a mirar su pierna izquierda. Entre una nube de polvo y escombros y en medio de un profundo dolor, solo escuchaba a su amiga gritar: “¡Tu pierna, tu pierna!”. Era la noche del 28 de junio de 2024, ambas estaban en casa de su abuela, en Deir al Balah, cuando una violenta explosión sacudió la zona. Poco después, esta joven de 23 años perdió el conocimiento. Fue trasladada en coche, en una camilla improvisada, al Hospital de los Mártires de Al-Aqsa, desbordado por la llegada masiva de heridos. Aunque necesitaba una intervención urgente, los médicos no pudieron operarla hasta dos días después debido al colapso del centro sanitario. Cuando le comunicaron que tendrían que amputarle la pierna, sintió que su mundo se derrumbaba.
El escritor Javier Reverte afirmaba en su libro El sueño de África (Debolsillo, 2004) que “el viajero nunca puede decir que ha estado en África hasta que no ha alcanzado a verlo”. Se refería al Kilimanjaro, un volcán dormido enclavado en Tanzania que, con sus 5.895 metros de altitud, es el techo del continente. Su cumbre nevada, vigilante de la infinita sabana que lo rodea, representa para muchos un mito geográfico y literario.
Es la gran dama del aceite español. Rosa Vañó (Madrid, 63 años), economista de formación, abandonó una exitosa carrera como directiva de Coca-Cola, donde se dedicaba al desarrollo de nuevas líneas de negocio, lanzamientos y reposicionamiento de productos, para dedicarse, junto a su hermano Francisco, al sueño que inició su padre, Luis Vañó: impulsar Castillo de Canena, una explotación olivarera con almazara situada en Canena (Jaén), propiedad de su familia y reconocida con numerosos premios nacionales e internacionales. Anteriormente trabajó en las discográficas Warner Music y Universal, “donde aprendí a gestionar egos y a entender que hay que contar con los medios de comunicación como embajadores y transmisores de la creatividad y el valor añadido de los músicos”. Ejerce también como tesorera de la Real Academia de Gastronomía.