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Arroutado es una palabra gallega que significa “arrebatado”: se llama así a quien es muy impulsivo y pierde fácilmente el control. Con ella se identifica Oliver Laxe (París, 43 años): “Hay en mí algo salvaje, no domesticado. Dionisiaco, dicho de manera fina. En la modernidad, lo traduciríamos como que soy un punki”. Estamos en Casa Quindós, su vivienda de Vilela, entre Navia de Suarna y Cervantes, en la comarca de Os Ancares Lucenses. Un entorno natural sublime que forma valles verdes entre montañas de pendientes muy pronunciadas y que en 2006 fue declarado reserva de la biosfera por la Unesco. Laxe rodó aquí una de sus películas, O que arde (2019). Originalmente, Casa Quindós era una palloza —antigua construcción circular de piedra, bajo cuyo techo de centeno convivían animales y humanos— sobre la que en los años setenta se levantó una vivienda. Perteneció a sus abuelos, y en ella nació su madre. Ya en los años 70, se levantó sobre ella la casa rural de pizarra. La familia iba los fines de semana cuando él era pequeño. Después, él la compró a sus tíos con el dinero que ganó gracias a sus primeras películas, para restaurarla durante la pandemia de la covid: “Dentro de Lugo, Os Ancares es una región remota, pero dentro de lo remoto esto lo es más aún. Aquí he escrito todos mis guiones. Mi sensibilidad es muy de estas montañas. Mis valores y cultura del trabajo, y también cierto nervio, cierto pulso”. Arroutado.
La competición olímpica curling, ya saben, esa especie de petanca sobre hielo con cepillos, alcanzó en Italia un 11% de audiencia televisiva, dos millones de espectadores de media, un sábado por la noche. Qué planazo. Pero es verdad que es algo distinto, lo ponen una vez cada cuatro años, es lo bonito de los Juegos. Esto siempre ha sido así, pero en este tiempo tan loco ha generado oleadas de memes, vídeos de gente imitando el curling con el robot aspiradora y una escoba, auténticas corrientes reivindicativas, y luego todo ese pseudoperiodismo de Wikipedia que hay ahora, que te explica que ya Pieter Brueghel el Viejo pintó unos campesinos holandeses jugando al curling en 1565. Todo apasionante, no cabe duda. En la saturación colosal de información en la que vivimos siempre es bienvenido, más bien anhelado, el pequeño detalle curioso, lo que parece original, friki, que no ha sido contado (¡los medios nos lo ocultan!), y genera tendencias, debates, titulares, que compensan esa angustia de las grandes noticias que preferimos no leer. Grandes noticias que, a todo esto, quedan en segundo plano, porque no sabemos cómo digerirlas. Hay algo bulímico en todo esto, de ansia de consumo, como si la información fuera una droga más, cuando antes ponías la radio un rato, te sentabas a leer el periódico o veías el telediario y luego seguías con tu vida. No sé si se acuerdan: vivíamos desinformados la mayor parte del tiempo, pero cuando te informabas, te informabas.
Pasan las ocho de una tarde lluviosa y desapacible en Madrid (como la mayoría en las últimas semanas). Daniel (28 años), Cristina (23) y Pablo (24) están apostados a la salida de su universidad comentando los últimos detalles del máster de Diseño de Producto que estudian. Un curso que cuesta 14.000 euros en la Universidad de Diseño, Innovación y Tecnología (UDIT), que hace tan solo unos meses estrenó campus en la capital. Los tres jóvenes comparten sus motivaciones al elegir este centro privado en lugar de uno público: las mayores salidas laborales que proporciona al contar con numerosos acuerdos con empresas, los recursos tecnológicos que despliega y un profesorado bregado en el día a día del mundo corporativo. “Dinero llama a dinero”, dice Pablo, que ha venido a cursarlo desde Vitoria, como Daniel, llegado de Colombia con el objetivo de desarrollar su profesión en España, donde los salarios son superiores. Unos metros más allá, Carlos, alumno de grado de 22 años, suma a los argumentos la restringida oferta en su carrera y las elevadas notas de corte de la universidad pública para haberse decantado por la privada, donde cada uno de los cuatro cursos que recibirá sale por 12.000 euros.