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Los ochenta fueron una hipérbole. Después de décadas de vivir en el ascetismo de las costumbres y la represión de los deseos del franquismo, toda una generación se dedicó a derribar lo aburrido, lo normativo, lo prohibido, lo de antes. Los jóvenes rompieron con el pasado sin anestesia y sin saber que algunos acabarían rotos en el empeño. Carlos Caballé fue un destacado representante de aquella hornada sensible, inconformista y rebelde que se quedó por el camino. Cada uno había accedido a la rebelión por su propia puerta. La suya fue la necesidad de sedar el sufrimiento que le provocaba crecer en una casa zarandeada a todas horas por la tormenta. Esta historia arranca en una familia catalana, numerosa, burguesa e infeliz, y concluye en una escritora que ha dedicado lo mejor de su vida a escudriñar con afán de entomóloga las vidas de los otros. Así que comienza en Carlos y acaba en Anna, los hermanos Caballé que protagonizan El soñador de refugios (Galaxia Gutenberg), uno de esos libros caleidoscópicos donde se pueden encontrar múltiples paisajes: los vaivenes de un poeta politoxicómano, la memoria de una biógrafa que rehuía su propio pasado y, también, las pinceladas sociológicas de la hipérbole de los ochenta.
¿Cómo sabe alguien que ha alcanzado la inmortalidad? En el pasado era obvio: uno daba su nombre a un queso, un instituto o un tramo de circunvalación. Es signo de los tiempos que, en nuestro presente, la pervivencia pase necesariamente por las pantallas. Algunas veces sucede al modo de Julio Iglesias: multiplicándote como un meme. Y otras veces Netflix posa sus ojos sobre ti, decide que tu vida forma parte del canon y te dedica una serie. Les ocurrió a Isabel II y a Michael Jordan. Les ocurrió a Luis Miguel y a Ana Bolena. Y le acaba de ocurrir a Ferran Adrià (L’Hospitalet de Llobregat, 64 años), que este otoño estrena Gènesi y pasa así a formar parte de una cierta cremita de lo humano. La gesta quizá solo pueda compararse a conseguir una mesa en El Bulli en esos años —2004, 2005— en que había demanda de “dos millones de personas” y hueco para siete mil.

“El crecimiento allí es una mierda”. Así describió Alex Karp, consejero delegado y cofundador de Palantir, el desempeño de la empresa en Europa. Lo dijo el 3 de agosto ante los accionistas, mientras defendía un trimestre “extraordinario”. Palantir vende softwares que cruzan enormes cantidades de datos de fuentes muy distintas, y Karp sostuvo que ese continente estaría peor sin su empresa: “Apoyamos muchísimas instituciones en Europa, incluso instituciones clandestinas. Sin nuestros productos tendrían terrorismo desatado y su problema migratorio sería diez veces mayor.”
Follow The Money y sus medios colaboradores presentaron los hallazgos de esta investigación a Palantir, además de catorce preguntas detalladas. Palantir no ha entrado a contestar a esas preguntas, sino que ha remitido el mensaje de un portavoz: “Es necesario un debate serio sobre cómo salvaguarda Europa su soberanía tecnológica. La soberanía tecnológica debe medirse, en última instancia, por quién controla los datos, las decisiones y la misión, y no solo por la nacionalidad del proveedor de software”. Según Palantir, el control sobre los datos y sobre lo que se hace con ellos corresponde al propio cliente.
Y añade: “Desde 2011, Palantir trabaja con los gobiernos e instituciones de Europa elegidos democráticamente para aumentar la capacidad hospitalaria, acelerar el diagnóstico del cáncer, reasentar a refugiados de forma segura, combatir el crimen organizado, proteger a las víctimas de violencia doméstica y responder con mayor rapidez a inundaciones y otras emergencias”. Señala además que más del 20 % de los empleados de Palantir trabaja desde centros en Europa y que la compañía ayuda a empresas europeas a competir y crecer en sectores como el aeroespacial, el manufacturero y las ciencias de la vida. Palantir afirma además apoyar a los gobiernos europeos en la protección de su seguridad nacional, incluso en Ucrania.
En una respuesta anterior a este mismo consorcio de medios, Palantir negó las acusaciones de implicación en violaciones de derechos humanos.
La inteligencia artificial parece muy lista, pero no aprende sola. Miles de humanos han guiado su aprendizaje, corrigiendo y ajustando sus respuestas. Un informe publicado este jueves por las plataformas de investigación DiPLab y Reversing.Works da nuevos detalles sobre cómo miles de trabajadores europeos trabajan a ratos sueltos para Outlier, una plataforma de Scale AI. En junio de 2025, Meta pagó 12.400 millones de euros por el 49% de Scale AI y su fundador, Alexandr Wang, pasó a ser director de IA de la compañía de Mark Zuckerberg. Antes de esa adquisición, Outlier ayudaba también a entrenar los modelos de empresas como OpenAI o Google.
Desde las remotas sabanas del parque nacional del Valle del Kidepo, en la frontera con Sudán del Sur, hasta las selvas montañosas donde sobreviven los gorilas de Bwindi, Uganda reúne una diversidad de paisajes difícil de igualar en África. Entre montañas cubiertas de niebla, aldeas donde el café se seca al sol, humedales habitados por aves y las inmensas aguas del lago Victoria, el país se ha convertido en uno de los destinos más sorprendentes del continente. Un lugar que durante décadas vivió a la sombra de sus vecinos más famosos, pero que hoy ofrece algunos de los paisajes y experiencias más auténticos de África.
Más información en la web lonelyplanet.es.
Cuando George Orwell llegó a la isla escocesa de Jura para aislarse del mundo en 1946, escribió en su diario: “Este es un lugar extremadamente inaccesible”. Basta con intentar llegar hasta su casa en Barnhill para comprender que no exageraba: Jura está al otro lado de Islay y, una vez en esa isla, todavía hay que seguir avanzando hacia el norte por carreteras y caminos que parecen empeñados en devolver al viajero al punto de partida. Tengamos en cuenta este dato: en Jura viven 250 personas y 5.000 ciervos. Jura es la hermana pequeña de Islay, una de las islas más narcóticas de las West Highlands escocesas (las tierras altas del oeste) y donde viven 3.000 personas que gozan del lujo medioambiental yendo a donde el viento quiera, un viento con propiedades altamente saludables, que despeja y ventila como una verdad incómoda y con el que uno acaba empatizando porque, al fin y al cabo, él también parece tener prisa por detenerse a contemplar.

Sofía Andrujóvich (Ivano-Frankivsk, Ucrania, 1982) escribió en 2020 quizá la novela más importante sobre el Holocausto que han dado las letras ucranias. Amadoca es una obra de tres volúmenes que ha recibido múltiples premios literarios en Europa. Ahora llegan al público en español sus dos primeras partes, con el título La historia de Romana y Uliana.


