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“Lo llaman democracia y no lo es”, rezaba uno de los lemas del 15-M. En torno a 2012 un estudiante llamado Andrés Villena Oliver quería realizar una tesis doctoral sobre aquel movimiento que llenó las plazas e impugnó el sistema, pero su director le “impuso” otro tema: las redes de poder en España.
A Chen Bangxian la fama le llegó tarde y de golpe, como sobreviene la celebridad en nuestros días. El runner chino había cumplido ya los 50 cuando una publicación canadiense especializada en las cosas del correr reparó en él durante el popular ultramaratón de Xinjiang, en noviembre de 2022: había logrado completar los más de 42 kilómetros de la prueba en poco menos de tres horas y media —puesto 574º entre más de 1.500 competidores— fumando lo que se dice vulgarmente como un carretero. El mundo supo así del llamado Tío Chen, el deportista que encadenaba pitillos zancada a zancada hasta dar cuenta de una cajetilla por carrera, y las redes sociales echaron humo.
Ver a María Guardiola hablando del feminismo de Vox, con la expresión aséptica, sin rastro alguno de todo lo que dijo antes, de todas las veces que señaló el machismo de los de Santiago Abascal, es ver en vivo y en directo cómo se doblega a una mujer hasta la humillación. Como si una mano en la nuca le hundiera la cara en el barro. Se la somete a ella, pero en esa degradación pública también hay un mensaje para todas: un ahorcamiento en la plaza pública para que quede claro quién manda y qué le va a pasar a la que se atreva a desafiar el poder patriarcal. Que en este caso viene de Génova por mandato de los ultras.

Circulan últimamente canciones, películas, videojuegos, eventos musicales de temática religiosa que son interpretados como la vuelta de algo que había desaparecido. Por supuesto que nada de ello tiene la densidad y coherencia de una cosmovisión religiosa completa, pero suscita diversos interrogantes en cuanto a su sentido y, sobre todo, acerca de nuestra condición humana. En el fondo se trata de símbolos descontextualizados que hoy sirven más de adorno que para simbolizar aquella totalidad que significaban en otros momentos de religiones omniabarcantes.
Cuando mi padre supo la verdad, quedó desolado. Totalmente hundido. Como si su último refugio, el que creía inconquistable, hubiese sido saqueado. Aquel cantante de blues al que llevaba un mes escuchando cada noche en YouTube para desconectar no era real, sino una diabólica creación de la inteligencia artificial (IA). “Entonces... ¿Qué va a pasar ahora?“, suspiró en su sillón.

Hay días en los que, antes incluso de abrir los ojos, sé que al levantarme entraré en una alucinación. Así que me incorporo despacio, pongo los pies en el suelo y ya estoy dentro de ella: las paredes, las cortinas, no digamos los sanitarios del cuarto de baño, así como la taza del desayuno, todo se organiza con el carácter de una infausta ficción. Salgo a la calle y el mundo me recibe con su acostumbrado despliegue de naturalismo aparente: tráfico desabrido, aceras rotas, personas que caminan hablando o fingiendo que hablan por teléfono (una escena típicamente onírica), y ese aire general de coreografía repetida hasta el tedio. Todo encaja en el delirio general, como si una mente superior (o inferior) se hubiera pasado la noche escribiendo un nuevo capítulo de esta realidad paralela (¿pero paralela a cuál?).
Nueve mujeres han sido asesinadas por violencia machista en España en lo que va de 2026, y aún no ha acabado febrero. Las tres últimas, junto a una niña de 12 años, en menos de 72 horas. La cifra deja una alerta preocupante por el fallo institucional. La mayoría de las mujeres estaban (o debían estar) bajo vigilancia: cinco de ellas habían denunciado previamente a su agresor y, en un sexto caso, lo había denunciado una tercera persona. Uno de los datos más preocupantes que se repite año tras año en las estadísticas es que la mayoría de las asesinadas nunca dieron la voz de alarma: apenas lo hicieron una de cada tres. Pero esta vez muchas sí lo habían hecho. Y el sistema les falló.
La inspectora que denunció por agresión sexual al director operativo de la policía (DAO), el máximo responsable uniformado de la Policía Nacional, no acudió a la vía interna para informar de su situación, a pesar de que existen protocolos específicos que recogen cómo actuar en situaciones en las que tanto la víctima como el denunciado son funcionarios de la Policía. Uno recoge “situaciones de acoso sexual, acoso por razón de sexo, género, orientación o identidad sexual” y un segundo “ante supuestos de violencia de género en la Policía Nacional”, que es el que aplicaría a esta inspectora, ya que denunció ante el juzgado que mantuvo una “relación de afectividad” con el ahora investigado. Sin embargo, y como en todos los ámbitos, aunque los protocolos existan no siempre las mujeres confían en que vayan a aplicarse o que vayan a hacerlo según marcan sus propias directrices. Este caso, además, afecta al policía de mayor rango en un cuerpo de 76.700 agentes. “El DAO es Dios todopoderoso en la Policía, no me extraña que se fuera directa al juzgado, yo haría lo mismo si me viera en una situación así”, justifica una agente que ha trabajado en las Unidades de Atención a la Familia y Mujer (UFAM) de la Policía y que pide no ser identificada.

Cuenta Celia Villalobos, malagueña de 76 años, que si su carrera política empezase hoy se lo pensaría dos veces. La exalcaldesa de Málaga, exdiputada y exministra de Sanidad con el PP cree que su oficio se ha convertido en “el tuit permanente” y lamenta que sus colegas en activo dediquen poco tiempo a “los problemas de verdad”. En un partido que presumía de disciplina, votó a favor del aborto y del matrimonio gay. Hoy cree que la corriente interna que empujaba a su formación política a lo contrario ha perdido peso: “Se han pasado a Vox”.
Vox ha conseguido marcar la agenda parlamentaria de esta semana con su iniciativa para prohibir bajo amenaza de multa el burka y el niqab, dos velos tradicionales en algunos países islámicos que cubren íntegramente el cuerpo de la mujer. La propuesta no ha prosperado, pero ha conseguido recabar el apoyo del PP y ha empujado a este partido y a Junts a presentar sus propias proposiciones sobre el tema siguiendo la estela de Vox.