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Así transcurre la historia. Así acelera, por raíles de AVE, imprevisible y segura. Y siempre la incertidumbre de la esperanza, la impaciencia del ay, quizás, la dialéctica de las emociones. Así la construye Tadej Pogacar, emperador de la década, que mira hacia atrás y contempla una primavera casi perfecta desde el más alto cajón del podio de Lieja, donde el príncipe de Mónaco, el soberano que le perdona los impuestos, le regala un gigantesco osito de peluche.
Marc Márquez dijo el viernes que no bailaba encima de la moto desde el GP de Japón del año pasado, cuando ganó su séptimo título mundial en MotoGP. “¿Me habré olvidado, quizás?”, bromeaba. Este sábado quedó claro que no. En una jornada caótica, el campeón del mundo desplegó su navaja suiza de habilidades para llevarse la pole y la victoria al sprint, superando incluso una caída. Ante la afición entregada, que aguantó primero el chaparrón matutino y luego otro vespertino en Jerez, el piloto español de Ducati bailó de lo lindo sobre el asfalto mojado y pilotó de manera espectacular y astuta para ponerse a tiro este domingo (14.00 horas, DAZN y Telecinco) de su victoria mundialista número 100.
Álex Márquez necesitaba como agua de mayo esta victoria. Y lo celebró como merecía ante los 97.000 fieles reunidos en su querido Circuito de Jerez. El vigente subcampeón del mundo se llevó con contundencia y maestría el GP de España, repitiendo el triunfo que le llevó a lo más alto del podio aquí, por primera vez en MotoGP, el año pasado. El menor de la saga familiar de campeones navegaba algo perdido, lejos del nivel demostrado el curso pasado, en los primeros compases de la nueva temporada. Pero ya no. Con la llegada del certamen a Europa, y los aires primaverales, demostró que sus éxitos de 2025 no fueron ni serán flor de un día.