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La agonía de la espera ha terminado para los aspirantes a hacerse con una plaza en la codiciada UNAM, la mayor universidad pública de México y de América Latina. Tras el escándalo por la sospecha de que parte de los mejores puntajes en los exámenes de acceso en línea se habían obtenido mediante trampas, la comisión de expertos designada por el rector ha determinado que la solución menos dañina es repetirlos a la mayor brevedad posible de forma presencial, aunque no para todo el mundo: solo aquellos que ganaron la plaza con el primer examen y aquellos que la habrían logrado de tomar como referencia las notas de corte de años anteriores. Con la decisión, la máxima casa de estudios del país ha puesto fin a una incertidumbre que amenazaba con minar su credibilidad y que dejaba en vilo el comienzo del año escolar. No resuelve, sin embargo, las cuestiones de fondo: qué falló y qué medidas se tomarán para que no vuelva a ocurrir en el futuro. De momento, ya le ha costado el cargo a la secretaria general de la institución, Patricia Dávila.


La Administración de Donald Trump ha pasado de la amenaza a los hechos. Estados Unidos ha comenzado a aplicar este viernes aranceles a los medicamentos patentados y a los principios activos importados al amparo de la Sección 232 de la Ley de Expansión Comercial, una herramienta reservada a sectores considerados estratégicos para la seguridad nacional. La medida afecta a las grandes farmacéuticas incluidas en el Anexo III de la orden ejecutiva y convierte al sector en uno de los nuevos frentes de la ofensiva comercial de Washington. Para el resto de las empresas que no figuran en esta lista, la medida empezará a aplicarse a partir del 29 de septiembre. Los productos que figuran en esta sección están exentos de las tasas anunciadas la semana pasada en virtud de la investigación sobre trabajo forzoso, lo que evita una doble penalización.

El tiempo pasa despacio en el campo y la frontera entre el pasado y el futuro se desdibuja. Los abuelos de Rosendo Castelló abandonaron a principios del siglo XX la finca familiar, situada a las afueras del pueblo barcelonés de Tordera (19.047 habitantes), porque ya no podían afrontar los costes. 300 hectáreas gestionadas por la familia desde el siglo XVI quedaron entonces abandonadas al sol y a la lluvia. Los abuelos se trasladaron a la provincia de Lleida, donde nació Castelló: “Soy hijo del éxodo rural”, se describe este economista de formación a sus 60 años. Hace más de tres décadas heredó la finca y decidió regresar a sus orígenes. Para ello, tuvo que pagar un precio caro.
En 2019 se estrenó el documental American Factory, el primero de la productora del matrimonio Obama, que puede verse en Netflix. Es un relato, que entonces era desconcertante y hoy nos lo parece menos, sobre la llegada de la inversión china a ciertas zonas desindustrializadas del Medio Oeste de EE UU. Dayton (Ohio) vivía en la depresión por el cierre de la fábrica de General Motors cuando la instalación fue adquirida por un productor chino de parabrisas, Fuyao, que fue recibido como una tabla de salvación. Toma el mando de la planta el fundador de esa compañía, Cao Dewang, llamado el Rey del Vidrio, con una fortuna actual de 5.000 millones de dólares según Forbes. Se nos cuenta paso a paso, desde una cámara omnipresente, el choque cultural entre los norteamericanos y sus nuevos jefes chinos. Estos últimos están acostumbrados a la sumisión absoluta de sus plantillas, que aceptan horarios extenuantes y practican extraños ritos de culto a la compañía. En EE UU, pronto se dan cuenta, no se funciona así. Miran al personal local como vagos con poco compromiso por la empresa, y se esmeran en reprimir el sindicalismo (eso no solo lo hacen los ejecutivos chinos, también Bezos o Musk). El propio Cao se deja grabar sin filtros en la película, despotricando de sus empleados. El documental, dijo Michele Obama, no es “editorializante”: se limita a retratar lo que pasa. No esperen sacar una moralina.
El Gobierno no vio venir la crisis de Ceuta. “Es una evidencia que no teníamos información. Si la tienes, no entran 50.000 personas de la forma en que lo han hecho en 24 horas”, reconoce un alto miembro del Ejecutivo. La dimensión de los incendios en el centro y oeste del país, que obligaron además al confinamiento o evacuación de casi 100.000 personas, acaparó durante una semana la atención de La Moncloa y de varios ministerios, entre ellos el de Interior. En medio de la tormenta de fuego, la frontera con Marruecos no preocupaba. No se tuvieron en cuenta las señales de alerta, como los avisos del presidente autonómico, el popular Juan Jesús Vivas, o los primeros informes de la Guardia Civil que apuntaban a un repunte, poco significativo en un primer momento, de las entradas a nado de migrantes irregulares. “Esos días nadie hablaba de Ceuta. Había una lluvia fina de entradas y estábamos pendientes, hasta que prácticamente de un día para otro reventó”, reconoce otro miembro del Ejecutivo.

Un triste ejército de pantalones rotos, chancletas disparejas, piernas vendadas y cabezas cubiertas con camisetas sigue una marcha cansina bajo el sol, camino de la frontera con Marruecos. Regresan vencidos. Su aventura ha sido un fracaso. Decenas de miles de inmigrantes llegados en aluvión el jueves desde Marruecos a Ceuta por el mar hicieron ayer el camino de vuelta, sin risas, sin vivas a España, sin ganas. Por la carretera, flanqueada de militares que les apremian el paso, viene cansado un joven matrimonio. El padre carga a una niña de tres años. Apenas 24 horas antes estaban braceando en el mar con la criatura bien sujeta al flotador, una peligrosa travesía que ha dejado decenas de cadáveres en las playas del Tarajal. Y todo para nada. “Nos vamos porque no hay comida, tenemos dinero, pero no nos venden, no hay leche para la niña, todo está cerrado. Y nos han enseñado cuchillos y tirado piedras. Solo queríamos un futuro para mi hija”, cuenta la mujer entre la rabia y la resignación. Nabil tiene 30 años y conduce un Uber en Marruecos y ella, Wisal, ha cumplido 23 criando a una niña que padece de asma. Con todas esas dificultades, más vale desandar el camino. Esta vez será más sencillo, las puertas de España están abiertas y las de Marruecos también. Los centenares de flotadores se acumulan en las instalaciones fronterizas de la Guardia Civil o navegan sin dueño.

El sudor se mezcla con las lágrimas en el rostro de Malak, una chica de 14 años que lleva un pie vendado. La adolescente, vestida con una camiseta de fútbol y un pantalón corto, cuenta desconsolada que le duele mucho el tobillo que se torció mientras cruzaba a Ceuta por las rocas desde la costa marroquí de Castillejos hace dos días con su hermano Zakariyya, de su misma edad. “Quiero ir al médico”, pide desconsolada. Los hermanos, oriundos de la población costera de Rincón (M’diq), a 23 kilómetros al sur de Ceuta, se han cansado de esquivar a los militares que este viernes por la tarde pastoreaban a miles de hombres, muchos de ellos jóvenes y también algunas mujeres, en dirección a la frontera. Al igual que una decena de chicos que regresaba en torno a las seis de la tarde a su país, aseguran que han intentado acudir a los centros de menores, que la ciudad les diera cobijo, pero solo encontraron saturación y rechazo. Dicen que no han comido. Algunos, que solo han bebido agua. Con la ropa manchada, cansados, caminan hacia la frontera. Algunos cojean. “Nos hemos subido al monte huyendo y nos hemos caído rodando. Los militares nos están echando”, relata Malak exaltada.


La mayor oleada de llegadas a Ceuta desde Marruecos ha durado menos de 48 horas. Desde el jueves han entrado unas 50.000 personas ante la inacción de las fuerzas de seguridad marroquíes: las autoridades cifraban en 25.000 los cruces el jueves; 40.000 el viernes por la mañana y 50.000 al mediodía. Pero a lo largo del viernes, según el Ministerio del Interior, la mayoría, unas 48.300 personas, ya había vuelto a Marruecos. Al menos 57 migrantes han muerto, en uno de los acontecimientos más letales en una frontera española.
El diminuto territorio de la ciudad autónoma de Ceuta se ha convertido en el epicentro de una gigantesca lucha internacional en la que convergen múltiples intereses y planos de lectura políticos y geopolíticos.
La cita se celebra cada año, pero el escenario y los protagonistas van cambiando. Esta vez es jueves, 30 de julio, y la temperatura invita a sacar un abanico, aunque no puede hacer mucho más que marear el aire del baño turco en el que se ha convertido Mallorca este verano. El bar del hotel Hilton Mallorca Galatzó, en una zona privilegiada de Calvià, está cerrado al público, que cada poco curiosea a través de los cristales por el trajín de cámaras fotográficas y de vídeo que se mueven de un lado a otro del vestíbulo. Dentro del bar, pertrechada por varios asesores de su equipo, se encuentra Priscilla Presley (Nueva York, 81 años), esposa del rey del rock primero y exesposa después, a pesar de que nunca se separaron del todo. Una mujer delgada, de voz delicada y de tez muy blanca que contrasta con su pelo rojo, color del vestido que llevará en la fiesta posterior. Se levanta inmediatamente para saludar. “Estuve en Mallorca en los años sesenta, pero no la recuerdo así porque era muy joven”, dice casi en un susurro.